TERCIOPELO AZUL.- Capítulo XXVI

TERCIOPELO AZUL.- Capítulo XXVI

Calipso
Calipso

July 13th, 2004, 2:29 pm #1


Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&






Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&






Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
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Guiomar y Celia
Guiomar y Celia

July 13th, 2004, 3:09 pm #2

que eres buena y que vas a hacer que se queden juntos, nos fastidia que ahora que Armandito es un ejemplo a seguir, el viejo amargado de don Hermes, venga a estropearlo todo.
¿No está el buen señor en edad propicia para un infarto?, no nos gusta desear el mal, pero el viejo se merece un sustillo. Y si no, seremos muy buenas y le deseamos que se le aparezca un pendón desorejado, que le alegre las pajarillas y le haga olvidarse de hacerle la pascua al yerno. Nos gustó el capi. Besos
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mcarmenb
mcarmenb

July 13th, 2004, 5:52 pm #3

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
d. hermes no incordiara, creo que betty no deberia ceder al chantage,y velar por su FELICIDAD, que ya es hora.
saludos
mcarmenb
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eternidad
eternidad

July 13th, 2004, 6:37 pm #4

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
o que al menos le diga la verdad a Armando para que su marido sepa lo que sucede...aunque claro...también habria otra solución...podemos hacer que Danielito...no llegue a ver esas acciones nunca. Que D. Roberto con un interlocutor anónimo, consiga en nombre de "Daniel" hacerse con las acciones de DHermes para su hija...y asi todos felices. Ecomoda a salvo, a DHErmes le da un patatús del disgusto y todos contentos. Espero que me hagas caso, porque por muy felices que sean al final yo no quiero pasarme capitulos sufriendo por culpa de ese viejo desgraaaaaaaaaaaciado. Tu verás que haces. Besitos.
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Sandra
Sandra

July 13th, 2004, 7:51 pm #5

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&




Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&






Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
pero es que este hombre no descansa?!! Me imagino q comeran perdices al final, mas te vale mijita! pero como lo resolverá Betty? no hay nada para chantajearlo a él tambien?

BESOTES PERO ME TIENES DE LOS NERVIOS!!
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Mar (mex)
Mar (mex)

July 13th, 2004, 7:52 pm #6

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
Es que la verdad ya yo me canse de verlo intentar una y otra vez separar a nuestros bellos bobos.. pero el parece que nunca se cansa yo no se que podria pasar pero estoy segura que Betty tratara de luchar contra viento y marea por su amor.. por estar junto a Armando y una muetra de que el la ama por sobre cualquier cosa es dejar de la do su empresa y luchar por Betty!!

Muchos besos

Mar
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Sara G.
Sara G.

July 13th, 2004, 8:27 pm #7

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&




Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&






Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&






Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
para que Hermes no venda sus acciones a Daniel, porque lo que tampoco deben hacer es acceder a su chantaje.
Bueno, ya veremos como salen del atolladero.
Besos.
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Cata
Cata

July 13th, 2004, 9:10 pm #8

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
¿No los va a dejar nunca en paz? Espero que ellos no cedan y se mantengan unidos.

Besitos, Calipso.
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mari
mari

July 13th, 2004, 10:37 pm #9

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
espero que Betty no ceda, a tomar viento la empresa y el viejo, y la verdad espero que no lo perdone, porqu epor muy padre suyo que sea lo que esta haciendo es asqueroso!!

besos!!!
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Gala
Gala

July 13th, 2004, 11:18 pm #10

Arquea el cuerpo en respuesta a las caricias anhelando más, y levanta la cabeza de la almohada para fundir sus labios con los de Armando.

Él desliza las manos acariciándola y Betty gime de placer, temblando. Después los labios siguen a las manos en ese itinerario de amor y siente que se abrasa, hunde las manos en el pelo de Armando y ruega:

- Por favor… ya…

La obedece, se coloca sobre ella y poco después intensas llamaradas recorren sus cuerpos estremeciéndoles.





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Capítulo XXVI.- Caballitos, fuegos artificiales... y borrasca.



Rato después le recomienda.

- Armando, no olvides ponerte el pantalón del pijama.

- Vas a ser vergonzosa ahora, picarona? – Pregunta sorprendido.

- No, pero ya sabes que puede entrar Laura.

- Es cierto. Siempre lo olvido. – Se dispone a ponérselo.

- Falta de costumbre. Por favor, déjame la camisa de tu pijama que voy al baño.

- Pues mira que acabas de descubrirme la utilidad de esta prenda. – Dice alcanzándosela con sonrisa pícara y añade al verla abotonarse. – Y me gusta más que la baby-doll. Mucho más...

- Pues a partir de ahora, te la pediré. - Le sonríe. - Luego iré a ver si ya se retiró Teresa, y te aviso por si quieres bajar a tomar algo.





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Los tres continúan con su vida familiar placentera y feliz, y hasta llegan a olvidarse del cansón de don Hermes y de sus reiteradas amenazas.

Un día que están comiendo en Le Noir, Armando pregunta.

- Dónde podemos llevar hoy a Laura?

- Con motivo de las fiestas, han instalado una feria que ocupa gran parte del aparcamiento del centro comercial. Estará muy concurrido, pero si quieres…

- Como somos dos para estar pendientes de ella, la recogemos al volver de la empresa y la llevamos a montar a los caballitos. O no la gustarán por no ser de verdad?

- Se pondrá tan contenta, pues la gustan mucho. Igual que subir a los coches de choque con su papá. - Le recuerda.

- Ya! Pues no te ofendas mi amor, pero no entiendo porqué le gusta montar conmigo en los coches de choque, si la que conduce bastante… ejem… eres tú. - Bromea para picarla.

- Ya ves. - Haciéndole una mueca. - Digo yo que será porque tú eres más temerario y no evitas los topetazos, sino que los provocas. Ella es tu hija, y en eso ha salido a ti.

- Ja, ja, ja! Y grita: “Otro, papi! Otro!”

- Luego llamaré a Teresa para que la tenga preparada, y ella podrá disponer de la tarde libre si quiere.







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Armando y Betty contemplan sonrientes a una Laura feliz, subida en el cochecito de los bomberos y tocando la campanita con verdadero entusiasmo.

- Mira a tu hija, desmelenada, dándole a la cadenita del badajo y disfrutando tanto que da gusto verla. - La estrecha por la cintura.

En estas situaciones es cuando más se arrepiente de haber estado distanciado, y piensa en todos los buenos momentos que se ha perdido. Para que ahora venga su suegro con imposiciones!

Suena la sirena que avisa del final de la atracción y Betty hace señas a Laura para que espere tranquilita, pero Armando pasa de decirla nada porque sabe que su hija, como él, no tiene paciencia y antes de que se detenga el tiovivo… ella ya estará corriendo para subirse a un barco, o un avión, o un elefante… así que él también se apresurará para protegerla de una caída, aún a costa de llevarse algún golpe.

- Al “licótero”, papá! Súbeme al “licótero”!

Y Armando la sube al helicóptero y regresa a esperar junto a Betty hasta que la niña haya montado en tres objetos distintos. Ese es el trato: TRES!

Luego van a los coches de choque infantiles.

- Papá, tú también.

- No puedo, cielo. Estos cochecitos son pequeños, sólo para niños. Pero sé prudente y juiciosita que vas sola.

- Laura, piensa que si eres alocada no podrás volver a montar. - Le razona Betty.

La niña tuerce el morrito y se conforma pero la gusta más ir con papá. Es más divertido.

Tan pronto como empiezan a moverse los coches, pone cara de fiera al volante de su bólido y conduce hasta la parte de la pista más alejada de sus padres, para “olvidarse” de las recomendaciones de sensatez que le han hecho.

- Armando, no te rías. Esta hija nuestra va a ser un peligro al volante. Mejor la contratamos un chófer en vez de dejarla sacar el permiso de conducir.

- Tienes razón. Es una “polvorilla” clavada a mí cuando era pequeño. Ja, ja, ja!

Cuando termina y paran los coches, llega junto a ellos y dice:

- Me gusta más con papá porque los coches grandes chocan más fuerte.

Ellos dos se miran sorprendidos, y consideran seriamente lo del chófer.






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Después cenan excepcionalmente una hamburguesa, y por último, cuando ya se retiran hacia el coche, comienzan los fuegos artificiales, así que se quedan a verlos.

Armando coloca a Laura sobre sus hombros y rodea la cintura de Betty con un brazo, al igual que hace ella con él. Así los tres contemplan complacidos las figuras de luminosos colores que se forman en el cielo.

Suena la traca final cuando Betty, de pronto, da un respingo quejándose.

- Ay!

Los dos se vuelven a mirarla sorprendidos, y la ven llevarse la mano al hombro izquierdo, de donde se despega ella misma una pequeña ascua que le cayó encima antes de apagarse.

- Betty, te quemó? Déjame ver. - Exclama Armando.

- A ver? - Dice Laura desde su atalaya inclinándose sobre el hombro.

- Betty, te ha agujereado la blusa y quemado la piel. Vamos al coche.

- Sí, vamos. - Acepta.

Una vez en el interior del auto con ellos sentados en sus lugares habituales y Laura asomándose entre los respaldos, Armando aconseja:

- Quítate la blusa para poder ver la importancia de la quemadura.

- Cómo así? Acá, en el aparcamiento?

- Hazme caso. Tenemos que saber si hay que llevarte a curar a urgencias o si podemos hacerlo con el botiquín de casa.

- Mami, sé obediente. - Mete baza su hija.

- Lo ves? Hasta la niña lo comprende.

- Pero, cómo me voy a quedar en sujetador?

- Estás dentro de tu coche, y te puedes tapar por delante con la blusa. Vamos, no discutas! Si no fuera necesario, yo no te lo aconsejaría. Parece que no me conoces...

Le mira a los ojos, y le ve tan serio que se decide a hacer lo que la ha sugerido.

Entonces Armando toma la linterna que lleva en la guantera y la apunta al hombro con el haz de luz.

Examina la gravedad de la herida, y Laura también escudriña y señala con un dedito la zona enrojecida, y en parte despellejada.

- Aquí, papá!

- Sí, hija. Ya lo veo. Betty, no parece importante aunque imagino que te duele, porque en definitiva es una quemadura. Es una pena no tener una crema para untarte.

- Mamá lleva cremita en el bolso.

- Es crema de manos. Quizá valga pues es hidratante… - Afirma Betty mirando a su hija admirada.

- Dámela, Laura, corre! - Pide Armando.

La niña saca una pequeña cajita redonda, la abre y la mantiene en su manita mientras su papá aplica una buena capa sobre la piel quemada, y apenas la extiende para que cubra la quemadura.

- Espero que así no se te haga ampolla, mi amor. - Luego mira sonriente a su hija. - Has sido una niña muy lista y nos has ayudado mucho.

La da un gran beso en cada mejilla, y Laura sonríe muy orgullosa.

- Gracias, cariño. - La dice Betty girándose para besarla.

- De nada. - Contesta con voz cantarina muy satisfecha.

Armando arranca y conduce hacia casa.

- Y cómo sabías tú que mamá tiene crema en el bolso?

- Qué pregunta! - Contesta Betty abrochándose la blusa. - Porque siempre está jugando con él y cotilleando lo que llevo dentro.

- Y también me doy cremita en las manos para tenerlas suaveciiitas como tú.





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Don Hermes no ha dejado de vigilarles un solo día, y termina convenciéndose de que no conseguirá que Armando ceda a sus pretensiones, y se aleje de Betty por temor a sus amenazas de desheredarla o desterrarla lejos.

Él mismo le hará frente y protegerá su familia impidiendo que los separe.

De modo que comienza a planear una nueva maldad: presionar a Betty intimidándola con la idea de perjudicar a Armando.

Espera pacientemente una ocasión propicia para hablar con su hija a solas, sin que el yerno pueda interferir o interrumpirle. Y esa ocasión llega el día que Armando debe acudir sin remedio a una reunión con unos nuevos proveedores, y no regresará a la empresa.

El señor Pinzón se presenta en Ecomoda y solicita ser recibido por Betty.

- Betty, su papá desea verla. – La anuncia Aura Mª por el teléfono interno.

Ésta, algo escamada y temerosa, tarda unos segundos en contestar, pero no la queda otra y le invita a pasar a su despacho.

- Buenos días, papá. – Le saluda de pie desde su mesa de trabajo. – Pase, y tome asiento.

- Buenos días, hija. Cómo están usted y mi nieta?

- Estamos bien, pero dígame a qué se debe su visita. – Sigue hablándole fría y suspicaz.

- Pues vea que vengo a insistirle sobre la falsedad y mala condición de su marido, y convencerla de la urgente necesidad de separarse de él. No tema, porque yo la protegeré a usted y a Laura de cualquier treta que pueda tramar ese sinvergüenza para vengarse. No estarán desamparadas!

- Pero, papá, Armando es un buen marido y buen padre. Ahora estamos juntos y somos muy felices. Y Laura, también! – Está alucinando con los argumentos del padre.

- Hasta cuándo? Hasta cuándo cree usted que le durará el marido modelo?

- Él cometió errores, pero don Roberto y usted le forzaron a hacer cosas en contra de su voluntad. Ustedes dos también se equivocaron... y se les perdonó. Por qué entonces, usted no piensa perdonar nunca a Armando, si está demostrando que es una persona nueva, juiciosa y responsable?

- Nunca! Él la fue infiel y yo nunca le perdonaré esa infamia! Y si de pronto volviera a enredarse con la vagabunda esa de su amante?

- Si volviera a hacerlo, yo decidiría. YO! Ni usted, ni ningún otro, pero como de momento no se ha dado esa circunstancia, no voy a amargarme la vida “por si...”

- Bueno, hija. Puesto que veo que la tiene sorbida la voluntad, y no es capaz de razonar, ni tiene dignidad... la comunico que su adorado maridito sufrirá un revés que le golpeará donde yo sé que más le duele: ECOMODA. Sí, no se engañe. Lo que más ama Armando Mendoza es esta empresa. Por ella la cortejó, se casó con usted sin amor, y dio un heredero a su padre para continuar la dinastía. Por Ecomoda! Y por ahí le castigaré!

- NO! Qué va a hacer? – Betty reacciona bruscamente muy asustada.

- Vender mi 30% de la empresa a Daniel Valencia. Yo no haré nada más. No hará falta, pues ya conoce a ese hombre, y sabe las ganas que tiene de vender y conseguir liquidez para sus turbios negocios. Imagina la desesperación de su Armando? Jamás levantará cabeza. Ni siquiera usted y Laura podrán compensarle de la pérdida.

- Papá, cómo así? No puede dejar hundir una empresa por vengarse de Armando! Aquellos motivos que dio ya no existen, pero aunque persistiesen, no justificarían destrozar las vidas de tantos empleados y sus familias.

- Sí, es una lástima, pero eso será lo que suceda si usted no le bota de su vida para siempre.

- Papá... esa obsesión con vengarse de él es patológica. Usted no está bien, y sería recomendable que acudiera a la consulta de un psicoterapeuta.

- Señorita, acaso me está insinuando que estoy trastornado?

- No, pero ese afán de revancha, puede acabar resultando peligroso para usted mismo, o para cualquier otro.

- Respete, jovencita! Le doy veinticuatro horas para pensárselo y responderme.

Se levanta despacio y sale de presidencia más que satisfecho... exultante. Tiene la seguridad de que Betty no va a permitir que los trabajadores pierdan su medio de vida, ni que Armando pierda la empresa y la vea desaparecer si puede ella evitarlo...



CONTINUARÁ...





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Queridas amigas, lo siento...

Yo sé que la magia de Laura no nos compensa, ni logra hacernos olvidar al perturbado de don Hermes, pero palabrita... éste es el último coletazo del metiche, cansón, rencoroso, resentido, desgrrraciado en definitiva, del señor Pinzón.

Me perdonáis si os prometo que al final comerán perdices? Porfa...

Besos.
tengo ganas de morderte la nariz por mala , vaya contigo , quien hubiera imaginado esa veta de maldad en alguien tan bueno , pero coasa vereis .... Besotes y no te demores
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