Post matri 28: “Mi amor, siento que esta que esta noche será especial”

Post matri 28: “Mi amor, siento que esta que esta noche será especial”

Sara
Sara

February 14th, 2008, 3:16 am #1



A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
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Gaby
Gaby

February 14th, 2008, 4:06 am #2

otra cosa que suspirar y embobarme...jejejejeje
Sara, no había tenido oportunidad de felicitarte por tus excelentes escritos...son relamente maravillosos y con un lenguaje esselente..!!!
Este fue maravilloso..!!!
....Por cierto, que pena la tardanza, pero felicidades por tu beba..!!!.:P

Gaby
....solo 7
....**suspiros**
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jose
jose

February 14th, 2008, 4:06 am #3


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
hola mi sari un gusto verte por estos lados saludos desde Costa Rica!!!!!



jose
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Joined: April 8th, 2007, 11:47 pm

February 14th, 2008, 4:26 am #4


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
uhsss Dios mio..genial....simplemente espectacular,,mil gracias...
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Joined: February 1st, 2007, 3:14 pm

February 14th, 2008, 4:27 am #5


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
Amiga....GRAAAAACIAS!! ya esto me hacia faltaaa!!!
Esta hermoooosoooooo....

tina...emocionadisisisisisisma!!!
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Rosi
Rosi

February 14th, 2008, 4:54 am #6


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
Me emocione tanto, de verdad es un capitulo muy hermoso.
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adely
adely

February 14th, 2008, 5:47 am #7


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
capítulo...qué romántica eres....qué manera de escribir...muy pulida...gracias SARITA..por fin aquí nuevamente, te extrañamos muchísimo, lo importante es que tu bebita está creciendo sana y fuerte...verdad????DIOS los bendiga.

Besos....Adely
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karencilla
karencilla

February 14th, 2008, 6:30 am #8


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
me dieron ganas de llorar fue a mi..que lindo¡¡ me encantó¡¡¡
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midalma
midalma

February 14th, 2008, 10:21 am #9


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
escribir, que belleza, que talento y que buen uso del idioma, felicidades, Sara
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Lore_py
Lore_py

February 14th, 2008, 10:54 am #10


A muy altas horas de la noche, la rumba está por terminar en un lugar muy bonito en Cartagena, donde los esposos MM parecen un par de adolescentes moviéndose al ritmo de todas las cumbias. Alejandra, oyendo esos tambores, toma su pollera, abre los brazos como en un vuelo de ave, y se siente feliz, se siente nueva, inmortal, enamorada, feliz. Baila con entusiasmo ese ritmo contagiante de alegría y sazón. Rafael la acompaña contento, mientras sigue conociéndola a su “eterna novia” y sorprendiéndose por cada detalle que aprende de esa misteriosa y atractiva personalidad que recorre cada tipo de actitud, emoción y sentimiento de polo a polo. Él mueve su cuerpo tratando torpemente de llevar el ritmo con ella, admirándose de esos pasos de bailarina de salón mal acompañados por él, que había aprendido a bailar lejos de las escuelas de danza.
Alejandra: Mi amor, nunca te vi bailar así, excepto por…
Rafael: ¿Por?
Alejandra: Por aquella vez que habías bailado tanto con la niña en Barú, ¿recuerdas?
Rafael: ¡Ah! ¡No! ¡Cómo olvidarlo, si tú en un ataque de celos casi rompes los huesos de un caderazo a esa pobre niña!
Alejandra ríe con ganas, disfrutando de ese recuerdo, pero como defendiendo una idea contesta: ¡Claro, claro! ¡Si usted siendo mi esposo se pone a bailar totalmente alocado con esa niña!
Rafael: ¿Siendo su esposo, doctora? ¡Estábamos actuando! (Alejandra lo mira sonriente mientras mueve las caderas entre las manos de él. Él la ve tan contenta, y mira al cielo agradeciendo a Dios con un gesto por todo eso que está viviendo, porque él sabe que Dios lo escuchó y sabe también ser agradecido, y vuelve a hablarle a ella después de pensar en su fortuna) ¡Estábamos soñando!
Alejandra lo rodea con sus brazos, traspirada de tantas vueltas, y besa a Rafael con ternura en los labios. Rafael no mueve sus manos de las caderas de ella, sino simplemente se deja halagar por ese beso, y lo corresponde con los ojos cerrados. Ella luego lo mira fijamente, con las pupilas dilatadas por la penumbra de los colores sicodélicos que se vivía en aquel lugar, con el cabello despeinado y los labios pintados ya no del color del lápiz labial sino de la sonrisa plena que le brotaba no tanto de sus lindos músculos faciales como del alma.
Rafael: Pues yo tampoco te vi bailar así nunca. Siento al verte que bailo con una de esas niñas que bailan en esos shows de la televisión… Te confieso que yo… no sé bailar.
Alejandra ríe a carcajadas: Ya me había dado cuenta. (Rafael la mira como molesto, se siente burlado, a lo que ella se pone seria pensando en que había hablado por demás, pero él, totalmente acostumbrado, se venga de ella clavándole los índices en las costillas, y ella se desarma en sus brazos rogando que detenga esas cosquillas)
Rafael: ¡Claro, es fácil cuando uno ha tenido la oportunidad de tomarse clases de baile!
Alejandra: En realidad, eso se trae de nacimiento, Méndez. Es un talento. Un don.
Rafael: ¡Ay! ¡Tan modesta la señora!
Alejandra: Pues, déjeme darle clases de baile, Méndez… Venga, cójame.
Rafael recuerda la noche que ella le pidió con las mismas palabras que él la tomara para bailar con ella en Barú, unos instantes antes de aquel glorioso primer beso: Y también quiere que la abrace, doctora, ¿verdad? ¡Que la abrace duro!
Alejandra sonríe notando lo que Rafael recordaba: La verdad, Méndez, mi amor, ganas no me faltan. ¡Pero esto es cumbia! ¡Venga, baile conmigo que esto se está por terminar!
Rafael: ¡Pues qué bien, porque se me le está desarmando el esqueleto! ¡Despacio, despacio!
Alejandra: ¡Venga, Méndez, muévase! ¡Oiga esas viejas canciones!
Rafael se mueve como una cobra encantada, con más velocidad, y canta con la letra de la canción mirando con fijo a los ojos de Alejandra y señalándola con ambos dedos índices, disimulando que moviéndolos hace unos pasitos de baile: …Ay, vamos a la playa, ay, ya voy, súbete en el auto, y me subo, bájate del auto, y me bajo, tírate en la arena, yo me tiro, ponte el traje’e baño, y me lo pongo…
Alejandra, que entiende el mensaje de esos índices moviéndose de un lado al otro y señalándola en un descuido, para y lo mira. Entonces Rafael, haciéndose del tonto, fingiéndose inocente, como si no entendiera nada, cierra los ojos y da una vueltita mientras sigue su movimiento de dedos al ritmo de los tambores. Entonces, a Alejandra se le disipa el brío del momento, y se dispone a seguir bailando, hasta que ve a Rafael volviéndola a señalar disimuladamente mientras repite con la canción: …ay qué mujer, me quiere gobernar, que por qué será, me quiere gobernar…
En ese instante Alejandra sí se detiene, levanta ahora ella su índice derecho y se acerca a Rafael: ¡Méndez! ¡¿Usted está queriendo insinuar algo?!
Rafael, que se hace el completo desentendido, responde: ¡¿Yo, doctora?! ¡Nooo, nooo, naaada!
Entonces Alejandra se aleja como tranquilizándose pero mirándolo amenazante.
Rafael se acerca a ella como para que escuche bien y agrega con un gesto pícaro fingiendo una actitud de disculpa hacia ella: María Cristina, doctora. Usted no. (Y vuelve a darse una vueltita con los índices oscilando en el aire rítmicamente)
A Alejandra sólo le nace reír y reír, reflejando sin una pizca de reparo el amor que siente por Rafael, más que tratando de comprender, más que aceptándolo tal cual es, disfrutando de todos los pormenores de la tierna naturalidad de su esposo en cada gesto. Mayor alegría no puede entrar en ese corazón. De pronto para y mira a Rafael, que está salerosamente concentrado en sus desplazamientos. Ella siente algo como orgullo, como gratitud al cielo por la suerte de tener a ese hombre. Entonces le nace abrazarlo, y lo sorprende en medio de la rumba rodeándole con fuerza los brazos al cuello, aprisionándolo, diciéndole con ese estrujón sin ninguna palabra lo feliz que se sentía con él. Él corresponde con sus brazos en la cintura.
Rafael: ¿Ahora sí ya quiere que la abrace duro?
Alejandra cierra los ojos y responde en su oído: Por favor, Rafael.
Los esposos se quedan enajenadamente apretados balanceándose lentamente contrastando como blanco y negro con el ritmo de esos tambores. Alejandra mantiene sus ojos cerrados plácidamente, mientras arriba del mentón que apoya en el hombro de Rafael se esboza levemente una deleitada sonrisa. Rafael frunce el seño, cierra los ojos con fuerza, mientras la tiene entre sus brazos, diciendo en su mente “¡Gracias Dios, gracias!”.
Alejandra: ¿Vamos al hotel, mi amor?
Rafael: Vamos, ¿no? No sea que se nos haya escapado tu papá.
Alejandra abre grande sus ojos y dice: ¡Ni lo diga, Méndez! ¡Vayámonos ya!
Rafael balbucea melódicamente mirando hacia arriba: …que por qué será, me quiere gobernar… (Y así provoca que Alejandra lo mire otra vez con reproche, pero entendiendo que se trata de una provocación bromista)
Los esposos caminan hasta el hotel que no está lejos del lugar que los albergó para la rumba. Van por las calles cartageneras abrazados, serpenteando como dos viejos compadres borrachos. Todo es excusa para reír. Cualquier ente atractivo en el paisaje de ese paradisíaco lugar que surgiera a su vista en el camino es un buen motivo para un beso.
Alejandra: ¡Méndez! ¡Necesito una ducha!
Rafael: ¡Doctora, casi se me desarma allá!
Alejandra: Ay, Méndez, Méndez… usted casi me desarma, ¡pero de la risa!
Rafael la mira con sorpresa: ¡Claro, claro! ¡Yo le provoco nada más que eso, risa!
Alejandra acelera el paso adelantándose unos centímetros y le habla de espaldas con bravura: ¡No, no, no Méndez! ¡No se me haga la víctima, señor, porque aquí la que quiere gobernar soy yo! ¡¿No?!
Rafael calla y la mira de atrás con congoja. Entonces ella se voltea y lo abraza casi le quiebra los labios con un enardecido pero efusivo beso. Y cuando después de un corto instante lo interrumpe, dice: Méndez, siga desarmándome, pero de amor…
Rafael la mira embobado, sintiendo a llama viva ese amor exacerbado por el contexto de lo que les envolvía en ese viaje, por los recuerdos de hace unos meses en ese mismo lugar, y por todas las vivencias que en un futuro serían románticas anécdotas para contarlas a los amigos o para recordarlas entre las paredes de su dormitorio.

En el restaurante Venezia, Jiménez e Isabel esperan que uno de los camareros retire sus platos con semillas de aceitunas y la bandeja llena de migas de la pizza de la que no dejaran ni un pedazo, mientras se toman unos tragos escuchando la melodía serena que emana como llovizna de las teclas del piano, dirigida por una joven elegantemente vestida de negro brillante, que después de varias canciones hace descansar su aguda voz frente micrófono que se asoma a su boca.
Jiménez: Y dígame, Generala, ¿quién es el nuevo jefe? ¿Ya lo ha presentado Bernal?
Isabel: Fíjese que no, compañero. Y cómo cree que es nuevamente una mujer. Nos habló de ella, hasta nos dijo su nombre, ahorita no lo recuerdo. Es una niña que se formó desde abajo, que surgió de la clase media, como la Susanita, y se pagó los estudios, y ahora pertenece a la burguesía después de casarse con un poderoso de la ciudad, según me ha dicho Rosaura. Ella lo conoce al marido, pero a la muchacha, la nueva jefa, no.
Jiménez: Bueno, pues qué bien. Habrá que rogar que no les venga brava como la doctora, ¿no?
Isabel: Pues, fíjese que bien o mal, compañero, la doctora hizo su trabajo como debía, y le confieso que, aunque ella es de arriba y nosotros de abajo, me quedé con un sentimiento de profunda admiración hacia ella. Siento que en más de una ocasión fuimos injustos con ella al juzgarla mal. ¡Al final no resultó tan arrogante, fíjese que hasta se nos fue casada con uno de los nuestros! Bueno, pero ¿usted qué cuenta? ¿Cómo le está yendo el negocio después de estas semanas?
Jiménez: Pues yo tengo algo que contarle, Generala.
Isabel: No, no, no… no me diga compañero que va a tener que cerrar porque esto no funciona.
Jiménez. Al contrario, Generala. Fíjese que esto salió tan bien que me alcanzó para pagar la deuda que hicimos con mi socio en su totalidad, a parte de la manutención que paso a mi ex esposa cada mes por los niños y los honorarios del abogado que tiene mi divorcio en proceso, qué pena hablarle de esto. Pero como ya no hay deuda, con la plata que sobre desde ahora, planeo este mes reabrir mi estudio de arquitectura.
Isabel mira sorprendida a Jiménez provocando que él se impresionara por esa mirada tan dura: ¡¿Arquitectura?! ¡¿Y cómo es que piensa hacer dos cosas a la vez?!
Jiménez habla inseguro después del énfasis de la expresión de su comensal: Bueno, pienso trabajar duro de día en mi estudio y de noche pues, seguir con esto (y sus palabras van adquiriendo seguridad al ver la admiración de Isabel mientras él relata). Después de todo, lo de las noches es sólo de administración. Es sólo venir y controlar esto un momento, y hasta turnarme con mi socio para venir noches de por medio. Esto trabaja sólo. Y yo lo haré en mi estudio.
Isabel: ¡Eso sí se llama “agallas”, compañero! ¡Mis respetos!
Jiménez, que se sonroja por el cumplido de Isabel, sonríe con la mirada gacha. Pero entonces ella acerca lentamente una mano a la de él, y mueve suavemente sus dedos sobre el dorso de los dedos de él, hasta que él la mira ya sin poder sonreír, envuelto por una emoción incontrolable al sentir esa caricia. Isabel lo mira profundamente a los ojos: Jiménez, cuente conmigo para lo que sea. ¡Saque la artillería pesada y luche, que yo estaré ahí si me necesita!


En el hotel en Cartagena, Rafael verifica que Jaime esté en su cuarto y que Jorge siga bien dormido, mientras Alejandra se cerciora de que Julieta y Leonor estén bien en el suyo. Olvidan que es de madrugada, pero despiertan a sus invitados sólo para confirmar que “todo esté bien”. Entonces entran a su cuarto y se preparan para dormir entre risas y comentarios de la rumba de la que llegan.
Rafael: ¿Están dormidas?
Alejandra: Profundas. ¿Y ellos?
Rafael: Tu papá, como un bebé.
Alejandra sonríe y se pone sentimental: ¡Ay, qué bonito cuarto, Rafael! ¡Qué belleza de hotel!
Rafael, que percibe el romanticismo de ella, responde: Más bello porque tú estás dentro.
Alejandra: Me voy a dar una ducha, mi amor. Necesito una ducha.
Rafael, abriendo las cortinas, llama a Alejandra: Ven, mi amor. Acércate. Mira el mar allá afuera. Fíjate qué belleza.
Alejandra se acerca y se pone enfrente de él, esperando que él la abrace por la espalda. Él le rodea los brazos y cruza los dedos en el vientre de ella.
Alejandra: Mi amor, siento que esta que esta noche será especial.
Rafael: Todas las noches son especiales a tu lado, mi vida. En realidad esto es hermoso, pero me importa muy poco dónde esté, mientras esté contigo.
Alejandra se deja engalanar por el romanticismo de su esposo. Luego lentamente se suelta de sus brazos y se dirige a la ducha. Sin vergüenza alguna, por el camino se saca la ropa, y pisando encima, la deja tirada en el suelo tras de sí.
Rafael: ¡Ah!, doctora, casi olvido decirle, gracias por volverse a poner ese vestido. (Y susurra) Pero más agradezco a Dios por lo que queda para mi al sacárselo.
Rafael se apresura y va atrás de ella. Ella, al verlo metido en el baño, se pregunta qué hará ahí.
Rafael: ¿Me permite, mi princesa, que la bañe?
Alejandra sonríe seduciéndolo y asintiendo con ademanes. Rafael también se saca la ropa y se mete a la ducha con ella, y después de románticas travesuras en el agua y entre las burbujitas de jabón, él sale, se lía una toalla blanca a la cintura, extiende otra toalla también blanca para ella y se la envuelve al cuerpo. Ella se deja consentir, totalmente entregada a lo que él siempre llamaba “saber cositas” desde el día de su matrimonio. Entonces él la carga y se la lleva hasta la cama como era ya costumbre, donde la acuesta y se tira a su lado. Apoyado sobre su codo y con su mano en la mejilla, la mira a ella, que está extendida sobre las sábanas blancas.
Rafael: Soy tan feliz, Alejandra. Nunca creí sentir esto.
Alejandra acerca su rostro al de Rafael, rodea su cuello con sus brazos, y lo vuelca sobre ella. Él se queda con su rostro a pocos centímetros del de ella, y con su cuerpo desplomado sobre el cuerpo de ella.
Rafael: Te veo más hermosa que nunca.
Alejandra: Y yo… estoy más enamorada que nunca de ti.
Rafael acerca sus labios lentamente a los de Alejandra. Ella cierra calmosamente los ojos y se alista a recibirlo, dividiendo la lozanía de sus labios rozagantes a los de él como coloridas alas de mariposa al primer vuelo de primavera. Rafael acaricia despacio con su mano derecha el hombro izquierdo de ella que guarda algunas gotas de agua como una flor guarda en secreto las gotas de rocío hasta la media mañana. Él escurre esas gotas con la tersura de sus dedos que recorren su camino a la seducción con total delicadeza. Alejandra apoya sus manos en los hombros de Rafael, y desde ahí también ella recorre la espalda fresca aún mojada de él desde las escápulas, lentamente pasando todo el tórax, llegando hasta el surco que se forma en su cintura hasta abrazar las caderas de él. Él llega con sus dedos enloquecedores hasta el pecho de ella, desde donde con todo cuidado deslía la toalla del cuerpo de ella desde una punta. Ella a su vez le responde desliando la toalla que la estorba en la anatomía de él. Desde ese momento se hablan un lenguaje que no necesita de participio ni gerundio, sino de conjugación de cuerpo, alma y amor que ellos sienten de sobremanera. Ella tiene afán, no puede esperar. Él se deja llevar por la prisa de ella, aunque no tiene ningún apuro. La siente más apasionada que otras veces, como ella misma le había declarado hacía unos instantes, “más enamorada que nunca”. Disfrutan cada milímetro del infinito amor que se tienen, hasta llegar al cansancio, hasta destilar la última molécula de pasión, hasta que sus fuerzas se esfuman en la placidez y finalmente quedan gozando de una paz invasora que se enciende entre ellos como el fulgor de un sol e ilumina toda la habitación.
Rafael, después de una breve inercia, toma fuerzas, levanta la vista y mira el rostro de su esposa. Ella lo mira fijamente sin ninguna expresión más que la de plenitud.
Rafael susurra: Te amo.
Alejandra siente que pierde agudeza visual. Se le humedecen los ojos: Rafael, tengo ganas de llorar.
Rafael: Mi amor, ¿por qué? ¿Estás bien?
Alejandra: Estoy bien. Estoy feliz. Sólo… (Alejandra no puede contenerse y unas lágrimas corren por sus sienes hasta ir a mojar la almohada. Rafael besa muy delicadamente una mejilla de Alejandra.) Sólo estoy emocionada.
Rafael: Nunca te había sentido así, mi amor.
Alejandra: Es que… Ay, me siento un poco boba.
Rafael besa otra vez una mejilla de Alejandra mientras se pone a un costado de ella, en la misma posición que antes, apoyado sobre su codo y atajando su cabeza con una mano en la mejilla. Ella se da una vuelta y se coloca de costado mirándolo a él, y secándose con la punta de su toalla las lágrimas, pero sin poder parar su pequeño llanto.
Alejandra: Es que no quiero que nos ilusionemos, pero yo creo que es totalmente posible que nos llevemos un bebé de Cartagena.
Rafael, que tiene la desesperante sensación del “entiendo pero no entiendo”, responde: ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Cómo lo sabes?
Alejandra: No lo sé, lo supongo por la fecha.
Rafael: ¿Y qué sientes? ¿Sientes que algo se te mueve aquí? (Rafael señala el ombligo de Alejandra)
Alejandra, que ríe entre su llanto, contesta: Es que, simplemente siento que mi embarazo no se ha dado antes porque tenía que darse aquí… y siento que tal vez hoy…
Rafael se pone ávido. Tiene también una sensación de llanto inminente: ¿Que tal vez hoy Dios haya dado un pequeño soplo a tu barriga?
Alejandra: Tal vez por eso tenga ganas de llorar… (Alejandra sigue sonriendo entre sus lágrimas) Tocará esperar unas semanas, ¿no?

Continuará.
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