Dos Liberians Rebeldes

Aquí los Liberian se reúnen para conversar, investigar, descansar y esperar que llegue el momento de ir en ayuda de todo aquel mundo que lo necesite. Todo aquél que requiera de ayuda o bien quiera conocerlos es libre de franquear las puertas de esta noble y altruista institución.

Moderator: Lucy

Dos Liberians Rebeldes

Fénix
Con derecho a Apodo
Fénix
Con derecho a Apodo
Joined: Dec 10 2015, 10:23 AM

Nov 9 2017, 08:51 PM #1

Un instante daba para valorar todos los errores que Wuskater había cometido en su larga y triste vida. No había capítulo alguno que no terminara con un final amargo y no diera pie a una historia posterior con un principio aun más derrotero si cabe. Ni siquiera el amor había tenido alguna oportunidad. El destino lo había obligado, hasta en dos ocasiones, poner en una balanza el peso de su amor por Sakura en contraposición al cariño hacia su madre adoptiva, y dictaminar hasta qué punto era vital y necesario partir en busca de su figura materna incluso en el más absoluto de los silencios. De esta forma, pondría fin a una relación de más de ¿dos años? -el tiempo era tan confuso- rodeada de la filarmonía de la amistad.

Para entonces, el adolescente ya había sido informado que aquella fructífera relación estaba abocada al fracaso, igual que todo aquello que tocaba.

A sus ochenta y siete años, ya era un hombre mayor que pintaba demasiadas canas como para estar valorando todos los aspectos y errores cometidos en su convulsa pubertad. Daría igual las veces que cavilara sobre los eventos sucedidos décadas atrás: todo se remontaba en el hórrido instante en que Duncan reveló la cruda realidad que provocó rechazar un arma de doble filo. Nunca jamás volvería a aceptar el destino de la luz o la oscuridad, desentendiéndose de dicha batalla y centrándose en mantener unidos los retazos que aun daban sentido en su vida. Pero las desgracias nunca venían solas.

Ahora, aquel anciano estaba poniendo fin a su vida y dando a luz una nueva, en mas de un sentido. Ya no había sitio para él en un planeta partido en tres fracciones, fruto de sus estúpidas -aunque acertadas, en parte- decisiones. En un arrebato de creer poder destruir aquello que lo había atormentado durante años, había condenado un mundo entero . Por entonces en su agotada mente el cuadro aun era perfecto y, el plan, estupendo. Nada daba a entender que lanzar una bomba directa a uno de los portales de oscuridad que abrían aquellas horrendas criaturas apuntaría al centro del planeta, caldo de cultivo donde se gestaban. Ahora, donde estaba, lo que antes era el jardín botánico más bonito del universo se había convertido en un desierto en el que ultimaba dentro de su tapiada cabaña los últimos preparativos de su experimento. Una última misión con la que Wus esperaba aportar algo de paz a su dolida y apenada alma.

Le pesaban los años, los fallos, las continuas idas y venidas, los numerosos intentos de derrotar a la oscuridad y cuyo destino simplemente era empeorar aun más sus planes. Los parches puestos a posteriori. Ni siquiera la creación de esas unidades robóticas había aportado el resultado que esperaba y solo le habían proporcionado una más que hermosa bancarrota. De ella heredaría tan solo los conocimientos obtenidos, una gabardina para cubrirse, las herramientas necesarias y la suerte de encontrar en ese pueblo abandonado todo lo que necesitaba para terminar su proyecto. Y si eso no funcionaba, entonces sabría que su final estaba tan próximo que no se merecía ni siquiera una segunda oportunidad.

Se lo merecía por desgraciado, por destinar a más de treinta millones de vidas a una muerte ineludible, por ser consumido por la sed de venganza. De Wuskater sólo quedaba un nombre que no merecía ser portador.

El pelaje de la unidad en forma de zorro tenía un tacto sedoso y suave, y su color -marrón y naranja- resultaría de la mezcla de varios pelos con una variedad cromática muy distinta entre ellos. Las temblorosas y atrofiadas manos del ingeniero habían destrozado gran parte de su creación al retirar numerosos componentes que tal vez echaría en falta una vez se iniciara. Lo hacía por un bien común, se decía. Pediría disculpas por adelantado en un susurro convaleciente mientras sus dedos jugueteaban con una de las gigantescas orejas resultantes de numerosas horas de fabricación. En general tenía un aspecto infantil, nada serio. Pero aun con la suma de los continuos errores al trabajarlo la unidad había salido bastante bien del horno. Sólo necesitaba una pieza más, la guinda del pastel, y por fin sabría si había valido la pena o no el viaje y el tiempo invertido.

Una de sus temblorosas manos se posó en el pecho de la unidad, y la sonrisa del ingeniero se ensanchó, acentuando aun más sus arrugas bajo la capucha. En esa unidad solo quedaría una parte de él, aquella que aun se podía salvar. Lo poco que la oscuridad no había conseguido fustigar a base de numerosas desdichas en varias ocasiones de su vida. Eso sería lo que depositaría en aquel títere, que tendría la difícil tarea de desarrollar una identidad, una persona y un objetivo aprendiendo a pensar por sí mismo. De la mayor de las tareas que podías dejar a una inteligencia artificial, Wus lo haría con su propia alma. La desesperación llamaba a su puerta, pero ya no había hueco para dar un paso atrás.

De nada servía un cuerpo sin un corazón. Una cáscara vacía que no tenía motivo de existencia. El anciano Wuskater sentiría su figura desintegrándose en minúsculos pedazos semejantes a la más oscura de las arenas. Un último vistazo a una pared de corcho -¡Esas fotos tan desgastadas- le permitiría volver, por un segundo, a los viejos tiempos. A un breve espacio de tiempo en el que la felicidad se unía con la inocencia de cuatro individuos que luchaban por una causa justa, creyéndose invencibles, tocados por la luz. Su inversión habría dado para más que un ejército robot: habría dado para crear una máquina del tiempo y postergar esa felicidad por el fin de los tiempos. Pero el decrépito humano, en un momento de lucidez, aceptaría humildemente no cambiar jamás ese breve lapso. Ni un solo segundo. Ni una sola décima. Al fin y al cabo, esa época resultaba ser todo lo que una vez fue, y sería, hasta el día de hoy, la mejor amistad que había visto jamás el multiverso.

Segundos después, la figura senil habría aceptado su horrible destino y moriría en la más miserable de las desdichas. Polvo al polvo, cenizas a las cenizas, Wuskater habría dejado encima de la mesa de trabajo una figura menuda con la creencia que reconstruiría y uniría los pedazos de lo que una vez fue su esperanza. Un acto de desesperación en busca de una oportunidad para comenzar de nuevo y comprender los entresijos de la amistad. Un concepto que, desde su punto de vista, había sido un cúmulo de mentiras.

Ojalá Fénix le pudiera decir lo mucho que estaba equivocado.


-----------

• WINS reiniciado. Reseteo forzoso realizado con éxito. Iniciando…
• Usuario 1 detectado. Tabla de emociones con numerosos conflictos entre ellos.
• Sistema FENIX iniciado. Atención: Errores en [MEMORIA][AMISTAD] y otros. Aislando.
• Iniciando comprobación física de todos los dispositivos. Numerosos errores. Aislando.
• Se ha detectado clima no compatible con los estándares de Athalasia. Bloqueando Artes.
• Hay datos defectuosos en CORAZÓN.exe ¿Restaurar versión de fábrica? {SI}{NO}
• Esto causará conflictos entre el HPU y el BPU. ¿Continuar? {SI}{NO}
• Restaurar parte de la información dañada durante el día anterior? {SI}{NO}
• Esto causará daños en la tabla de emociones ¿Despertar de todas formas? {SI}{NO}

Fénix no encontraría nunca la forma de agradecer a Xiron todo lo que había hecho por él. Ya no por el hecho de que su amarga actitud impedía que fuera respetuoso y cálido con los que se preocupaban por él. No iba a entrar en detalles, no los necesitaba ni él ni nadie. Se los guardaría dentro, allá donde debían quedarse. Ni siquiera había tenido la oportunidad de poner pie en la calle. No había visto todo lo que el Profeta les había regalado, o la maravilla de las estrellas. Atrapado en la más vital de sus funciones Fénix había ido tratando a todo tipo de seres, uno tras otro, como si fuera una fábrica de artes curativas. Y aun por esas, las limitaciones habrían sido suficientes para demostrar que no estaba a la altura de lo que se necesitaba en el búnker.

Los cristalinos ojos azules de Fénix aun podían visualizar con detalle el suelo de azulejos que tenía enfrente. Por la gravedad y la posición dedujo que se encontraba sentado en el suelo, con su pelaje iluminando su alrededor de forma intermitente, indicando una carga de batería necesaria. A la mente vendría el infeliz recuerdo de la cesión de la piltra, mientras se retorcía como una serpiente en los bajos a la búsqueda de un escondite donde recargarse sin que nadie pudiera averiguar su secreto. Esa memoria, tras ser analizada en busca de un instante que le aportara algo de felicidad, quedaría archivada , pero tan solo encontraría humillación y estupidez a escala de sus desproporcionadas extremidades.

No había roturas en su sintética piel, pero tampoco había quedado perfecta e impoluta como lo había sido en ocasiones anteriores. Aquel brillo naranja y blanco en su pelaje, digno de los mejores baños de Athalasia, daba paso a ligeras marcas de quemado que oscurecían algunas zonas. Esos coloretes de ceniza quedarían por siempre como un altar a todo lo que se había esforzado para nada, pero resaltarían el brillo azul de sus ojos, que resultarían inexpresivos como los de un peluche roto. Su pelaje, alborotado, despeinado, le daba un aspecto de zorro salvaje algo endemoniado. La reparación de sus orejas había sido en parte un intento a la desesperada de conseguir hacer algo decente. El resultado, lejos de satisfactorio, otorgaba a su apariencia un diabólico aspecto que daba juego a su clásica personalidad, carca y bruta, en ocasiones insensible y en ocasiones incoherente.

Varios movimientos le confirmaron que todas las piezas seguía en su sitio y que las partes móviles no estaban especialmente dañadas. Una serie de confirmaciones internas en la terminal del sistema indicaban que todos los engranajes habían sido debidamente engrasados y puestos al día, y un gesto tan simple como alzar una mano para ver si habían daños colaterales le permitió confirmar que había una buena coordinación mental-sistema locomotor. Todos estaba en orden, y aun con la reducción drástica de su esperanza de “uso” -calculada ahora en 6745 horas- podía darse con un canto en los dientes por estar operativo. O que sus baterías, desgastadas por las continuas horas en uso curando a gente en el búnker hasta dios sabe cuando, aun parecían seguir almacenando el preciado maná que necesitaba para sus Artes.

Con todo, procedió a incorporarse lentamente, con movimientos secos, lentos y solemnes en los que no hacía ni el menor de los ruidos. Sus ojo escudriñaron el alrededor, reconociendo partes del mismo. Era como ver una cinta del revés, en la que porciones de historia estaban colocadas estratégicamente, listas para saltar en la memoria del zorro mientras giraba su cabeza con una amplitud natural de ciento ochenta grados de izquierda a derecha. El silencio permitía que el ruido de fondo llegara hasta él, pero hasta un límite. Y es que sus oídos aun continuaban siendo igual de sensibles que antes, a nivel humano. Igual que el olfato.

Recopilada la información, su programación encontraría un conflicto en la existencia de su persona en ese lugar. El desplazamiento no estaba registrado en su memoria, cuyos últimos datos indicaban claramente una desconexión del sistema tras quedarse conectado a la red eléctrica para recargarse al cien por cien. Reparar parte de sus sistema había sido dificultoso y complejo y el resultado era lejos de espectacular. Pero si la memoria no fallaba aquello era el Cuartel de los Liberian. Y entonces la primera pregunta se formuló en su cabeza.

“¿Quién me ha traído hasta aquí?”

Dado su peso y su forma, era obvio que alguien lo había cogido y lo había desplazado sin pedir permiso. Debía encontrar al individuo e indicar que su función residía aun en un búnker mientras hubiera heridos. Así estaba estipulada en su programación, artículo 13.4, párrafo 56, archivo 3, en el que, como escrito en sangre, dejaba claro que no podía abandonar su puesto hasta que todo el mundo se encontrara en una situación estable física y mentalmente. Y en su registro constaba que había gente aun con necesidad de sus servicios a los que debía atender inmediatamente. Pies en el suelo y enderezado por completo, la unidad detectaría algo más.

Apenas había prendas de ropa en él. Los retazos debían de haberse quedado en alguna parte de los callejones, y otros tantos posiblemente en el búnker. Habían algunos registros que indicaban que había estado usando trozos de la tela que le cubría innecesariamente para cerrar heridas y cortar hemorragias, desinfectar otras lesiones y resto de tratamientos necesarios. La unidad permanecía totalmente desnuda, con todo el vello que lo cubría de arriba a abajo, oscurecida por las quemaduras en algunas partes, y desordenada, casi erizada, por todos lados. Su gigantesca cola, densa y suave, objeto de muchas bromas y característica de él, reposaba suavemente sobre la cama mientras la unidad hacía una última búsqueda de respuestas.

Un calzado en el suelo, un detalle insignificante para muchos pero importante para él. Su análisis estructural permitiría obtener varios datos como el color, la forma y el aspecto desgastado de los mismos; la cincha no estaba pasando por sus mejores momentos, desgastada por algún derrape hecho por el suelo; la lengüeta desaflojada, movimiento necesario cuando un huma llevaba demasiado tiempo con los pies dentro. Reconocía algunas rascaduras y marcas que no podía asociar a distintos momentos de la batalla pasada.

Alzaría la cabeza lo suficiente para encontrar parte del cuerpo de Xiron, dormitando en la parte superior de la litera. La imagen del individuo y su nombre recorrerían parte de la base de datos en su memoria, asociado a breves momentos y experiencias del día anterior que iban más allá de las palabras o las imágenes que podían suscitar. Cada una de las tablas estaba enlazada a un momento clave, una emoción, un sentimiento y un lazo que hacían latir su maltrecho corazón. Despertaban en él sensaciones confusas que contradecían su programación y alteraban las órdenes explícitas del mismo. De repente, la misión prioritaria de asistir a gente en el búnker ya no lo era tanto, suplantado por un requisito tan egoísta como responder a sus propias preguntas, que pasaron a ser mucho más importantes.

Cualquiera que lo viera -a saber, por el sueño reparador que muchos estaban experimentando en sus camas- diría que la expresividad frívola con la que se había iniciado daba paso a una más efusiva y directa, reconocible en su caso. Sus orejas no mentían y se alzarían por completo con la velocidad a la que rememoraba cada uno de los minutos de su vida , resultado de abrir la caja de pandora de la memoria. Pero aun había más y ese momento que tendría el zorro de mirar a lado y lado con una confusión clara en su rostro, identificable por su ceño fruncido o por sus bigotes levemente izados.

“Pero… ¿No estábamos en la plaza central?”

La consulta no daría resultados en su cabeza por muchas veces que repitiera el ciclo, y la necesidad de una respuesta se antojaba cada vez más prioritaria. Todos los indicadores señalarían al mercenario como una figura clave en la búsqueda de información complementaria. Colapsaría por unos segundos en emociones encontradas, en esa necesidad continua de querer saberlo todo y el requisito psicológico de Xiron de abrazar continuamente a la gente. Se le activó un tick en el ojo, que se iría de la misma forma que vino, y necesitó de toda la voluntad posible para poder subir hasta su litera.

Poner sus desnudas patas en los escalones de metal le trajo retazos de información que había quedado archivada a pesar del formateo parcial que había sufrido. Datos de su huésped anterior, averiguados durante un periodo de tiempo inexistente. La laguna mental era lo suficiente grande para que un elefante se bañara en él y cada escalón reafirmaba su teoría que algo le había ocurrido. Por eso, cuando su diminuta estatura no fue impedimento para poder visualizar los ronquidos del mercenario, se plantearía si despertarlo. Y no por que le tuviera cierta rabia a su felicidad inocua y constante, o a sus temeridades constantes. No: Básicamente por que no llevaba ropa alguna.

No era tan tonto. En el breve periodo que había realizado una captación de datos a su alrededor no había pasado por alto la ropa bien doblada que residía en la cama de abajo. Si bien el pudor no existía en una unidad como él, cuestionó la necesidad personal humana de ir siempre con prendas encima para evitar situaciones incómodas. Descartaría ese detalle como un inconveniente, empujado por la curiosidad de entender como había llegado ahí. No era el momento. Su peluda mano oscura se colocó en el hombro derecho de Xiron y lo sacudió.

-¡Eh! -el susurro era lo suficiente bajo para mirar de no despertar a nadie, y lo suficiente fuerte para que lo escuchara -. ¡Encima de pegajoso, dormilón! ¡Pero serás vago! ¡Levanta el culo!

Era agradable saber que Fénix seguía teniendo el tacto donde la espalda perdía su castro nombre. La reparación no había escatimado en ningún detalle, por innecesario que pareciera. Y su larga, espesa cola le permitía seguir conectado a la corriente. Como si fuera un gusiluz. Pero no serían esos los detalles que al zorro le sorprenderían. Más bien sería que, en algún momento de la reparación, su voz había pasado a ser más grave, menos chillona. Ahogada incluso.

Mi ficha y mi diario. Las intrigas caninas siempre hablan en color=sandybrown. Cuando quieren.
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Xiron
Con derecho a Apodo
Xiron
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Joined: Dec 18 2015, 08:10 AM

Nov 15 2017, 06:38 PM #2

La expresión cansada se reflejaba en el espejo del baño del cuartel, cansada, desmotivada, mirando a través del espejo el hueco ensangrentado en su ropa, pasando la mano por ahí, le parecía increíble seguir vivo pero seguía viéndose jodido. Se quedó en el baño para darse una ducha y al salir se pararía frente a Fénix, sentándose frente a él, mirando el cuerpo inerte del robot.

-Este es el final, ¿eh? Al final te saliste con la tuya y te libraste de mi de alguna forma… Cabezota… Después de todo lo que hemos pasado en tan poco tiempo.

Pasaría una mano por los restos de pelaje de la cabeza de su compañero, aguantando las lágrimas del dolor que le producía perder a alguien.

-Gracias por protegerme y salvarme… Aún siendo un gruñón desde el principio fuiste un buen amigo. Te echaré de menos... Dudo que sirva de algo enchufarte...

Dudaba que el zorro volviese, sobre todo en ese estado tan estropeado, en silencio, le dejaría ahí apoyado contra la pared mientras él doblaba su ropa y subía a su litera para dormir.

Oscuridad… Lo mismo que sintió aquella vez, flotando en un sitio oscuro, tranquilo y vacío, sin una sola luz. No se sentía cansado, no se sentía mal, todo era tranquilidad. Hasta que comenzó a sentir como su brazo ardía, le hervía la sangre. No podía hacer nada, cerró los ojos aunque, ¿alguna vez los había tenido abiertos? Viendo como, en un color sepia podía ver a Fénix, desaparecía y aparecía la calle en la que había luchado, había solo una persona, de espaldas, de pelo blanco y con una chaqueta a rombos como la de Fénix. Sentía que era familiar, cercano a él, pero no conocía a nadie así.

Todo comenzó a dar vueltas y entonces si abriría los ojos realmente, con un brillo a su lado que hizo que cerrase un ojo. Mágicamente estaba tapado por una sabana hasta la cintura. Gruñiría un poco hasta adaptarse a la luz y mirarle como si hubiese visto un fantasma.

-¿Fén?

No podía creerlo pero estaba ahí, hablándole aunque su voz había cambiado y su aspecto un poco, pero estaba ahí, era real. No tardaría en hacer acoplo de eso que tanto odiaba Fénix, abrazarse efusivamente, como si no le hubiese visto en años.

-Fén… Creía que habías muerto. No mola nada, no habías pegado un susto de los grandes...
"Con una sonrisa, camino hacia mi destino, pues no hay vuelta atrás"

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Fénix
Con derecho a Apodo
Fénix
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Joined: Dec 10 2015, 10:23 AM

Nov 18 2017, 11:07 PM #3

Permanecer tan solo dos segundos con la intriga canina era suficiente para conocer las tres constantes universales por las que se rige el mundo: la gravedad, la estupidez huma y el rechazo de Fénix a cualquier gesto de afecto. Es de locos pensar levantarse un día y decir “Hoy voy a desafiar la gravedad por mi propio pie”. Pero la historia contradice esos hechos, y las pruebas irrefutables confirman que así fue como se inventaron los aviones. Por lo tanto, no era nada descabellado pensar en la hipotética posibilidad que Xiron quisiera pasar a la historia por ser el primero en recibir un guantazo que lo remataría una cuarta vez y sin necesidad de entrar en ninguna batalla final apocalíptica. Pese a que, tal como suena, también pasaría a los anales de la historia como el óbito más indigno jamás escrito.

Pero a Xiron le vendría la diosa de la fortuna a hacer horas extra mal pagadas. Si más bien la primera reacción básica del falso estaba cantada, no ocurriría. Y habría dos buenas razones para que el mercenario no recibiera el premio solicitado de forma indirecta: su último comentario realizado, y un detalle en un lateral que le llamaría la atención de forma suficiente para esquivar las quejas. Era más: el fulgor era tal, que durante el achuchón y la aproximación de los dos cuerpos saltaría a la vista. Aunque la suerte le duraría bien poco. Tres o cuatro segundos serían suficientes para que saliera de su estupor. Nervioso por el roce físico, Fénix actuaría como de costumbre, y no necesitaría más que un leve empujón para sacarse de encima al humano.

–Pero ¡¿qué haces?! –su cambiada voz, sin embargo, no ocultaba para nada ni su incomodidad ni tampoco su mala ostia como signo vital de su propia existencia –. ¡Quita, quita! ¡Que no soy un peluche, carajo! Tú vas necesitado de amor por la vida, definitivamente.

Su rostro mostraría un característico malestar, típico de él, y que no debería sorprender demasiado a su compañero; a aquel con el que había intercambiado numerosas experiencias eliminadas en su cabeza. Curiosamente, el afecto mostrado por Xiron no sería la primera causa. Ni la segunda. Pasaría directamente a la posición de bronce, todo un récord que exhibiría la capacidad evolutiva de su carácter, pese a girar de forma constante alrededor del protocolo “hacerse el duro” incluso en las situaciones más comprometedoras. Sus ojos, puestos en el brillo del antebrazo, daba a entender que existía una cierta discrepancia con su mera existencia. Normal, teniendo en cuenta que las dos veces que habían coincidido había sido con ropa. Un detalle que no tenía demasiada importancia para él, pero ahora le permitía contemplar con mayor detalle pequeños aspectos como ese que habían pasado por alto. Y su programación como unidad de soporte no impediría que agarrara el antebrazo del mercenario con cierta firmeza para verlo más de cerca.

–… ¿Ahora te van los tatuajes con función linterna? -arquear una ceja sería suficiente para acentuar aún más su sarcasmo –. ¿O es que te alegras de verme? No recuerdo que mencionaras tu relación familiar con una bombilla.

O sí.

¿Lo había hecho? No lo recordaba. Maldita sea, no sabía ni la misa la mitad. Tenía suficientes preguntas para llenar una biblioteca entera. ¡Y se suponía que acababa de acudir al mercenario para que se las resolviera, no para que añadiera más! El gruñido que soltó fue más sonoro y descarado -además de animal- que todos los susurros que había intercambiado con él. Pero no perdería más tiempo en distracciones. Un vistazo global era suficiente para llegar a la conclusión que, ahí, iban a acabar despertando a medio equipo. Eso, y que, como siempre, las paredes tenían orejas.

–Arg, qué más dará dedo. –su dedo índice se pondría en el pecho desnudo del mercenario, pero nada de eso causaría rubor en el androide –. ¡Te vienes conmigo fuera! Esto… Esto no va bien, y eso que los dos conocemos de sobras como funciona tu cabeza.

Un coletazo sencillo pero causada por la furia interna fue suficiente para desconectarlo de la red, y su luminosidad corporal se apagaría hasta coger el mismo tono que su humor habitual. No se demoraría demasiado en deslizarse escalera abajo hasta acabar en el suelo, sintiendo en su espalda el roce de su recién coleta creada. Pero la necesidad de resolver toda esa confusión creada en cuestión de segundos le podría, y sería suficiente para que le lanzara la ropa a la cara con bastante descaro. Teniendo en cuenta que era –y no era– el mismo Fénix de siempre, aquel gesto no debía de sorprender en absoluto.

Y aunque él no gozaba de la misma cantidad de prendas que su compañero, eso no lo detendría en su imperante camino hacia la sala principal. Abriría la puerta sin necesidad de comprobar quién se encontraba al otro lado. ¿Para qué? pensaría. Tampoco es que estuviera cometiendo ningún delito, más que el de existir.

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Xiron
Con derecho a Apodo
Xiron
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Joined: Dec 18 2015, 08:10 AM

Nov 25 2017, 01:45 PM #4

El abrazo más largo dado a Fénix, ese record lo tenía él desde luego y era todo un logro, tanto que había olvidado su problema, que no era precisamente pequeño. Al menos esa era su distracción hasta que el zorro le empujase, soltándole mientras aguantaba las lágrimas de felicidad.

-Fíjate, que ya echaba de menos tu mala leche...

Bromeó sin quitarle un ojo de encima, no podía creer que seguía ahí con él y prácticamente no había cambiado, quitando el color tostado y la voz. Apartaría la mirada a su brazo, mirando la marca y expresando su amargura, aunque sonreiría algo burlón escuchando lo de la función linterna.

-No… Es de lo que quería hablar contigo...

El mercenario acabaría abriendose de brazos tras la orden del zorro, ir fuera sería mejor que quedarse ahí dentro y acabar despertando a la gente que quedase ahí durmiendo. Recogería la ropa cuando el otro se la tirase y lo primero que haría sería taparse lo que viene siendo cintura hacia abajo, ponerse las botas y salir de allí mientras se ponía la camisa, que tapaba perfectamente esa marca.

Ya a partir de ahí le hizo una señal a Fénix para que fuese con él a la cocina, sería el mejor sitio para hablar.

-Nada va bien, Fénix, nada va bien… ¿Empiezas tu o empiezo yo?
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Fénix
Con derecho a Apodo
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Joined: Dec 10 2015, 10:23 AM

Dec 1 2017, 12:09 PM #5

[…]-Iba a decir que esto me resulta paralelamente familiar a lo ocurrido en Crisa…  
 
No llegó a finiquitar la frase. Aquella criatura, su esencia, no tenía parangón alguno. Ni siquiera se parecía a los sincorazón que llegaron a aparecer en su mundo en un momento de crisis total, llevándose ciudades por delante y desolando otros tantos.[…] 
 
[…]-… ¡Ok, esto es nuevo! ¡Tal vez se han emocionado un poco haciéndolo la mar de impresionante! 
Entonces miró el entorno, su sistema operativo calculando probabilidades de supervivencia de todos los presentes sin que fueran datos 100% fiables. No tomó ninguna decisión, pero eso no evitó que instintivamente hubiera metido la mano en su espesa cola y de ahí hubiera sacado el arco que hasta ahora había mencionado y nunca había enseñado.[…] 
 
[…]”Hay que frenar este desastre.” –luego miraría a Xiron, y una leve presión sentiría en su pecho. Si él desaparecía, le daba exactamente igual… Pero Xiron no. Ese era el último mundo que tenía, sin posibilidad de regreso a casa por el momento. Y como él, muchos otros. Ilusiones, sueños, risas, discusiones… Futuros perdidos en la inmensidad de la oscuridad, todos consumidos en segundos. La presión molesta se convirtió en fortaleza, luego en determinación y finalmente, en valentía. Fuera lo que fuera su huésped antaño, valor no le faltó. Y a él tampoco.[…]
 
Nada podía definir mejor la frustración que el zorro estaba experimentando en esos instantes. Odiaba tener ciertas dudas: era como poner piedras en sus funciones. Segundos antes que la oscuridad invadiera su mente, estaba listo para la acción. Lo recordaba bien. El resumen de los problemas que había realizado Edward mientras estaban en la biblioteca había motivado a Fénix hasta el punto de pillar a Xiron por banda y obligarlo a que le echara un cable. Horas después, estaba más perdido que un gallifante, y si bien todas esas dudas se resolverían de una forma tan rápida y sencilla como ir directos a la plaza central (Y lo haría, aunque fuera desnudo) prefería no poner un pie en la calle hasta tener una base sólida que explicara todas esas lagunas mentales. Tampoco le iría mal, ya que estaban puestos, que alguien explicara su nuevo look adaptado a una moda en que la gente se revolcaba sobre cubos de basura, al parecer. 
 
Eso iba a ser lo siguiente que vería al encender la luz de la cocina. Bajo los focos, el zorro observó de reojo que su color naranja butanero había cogido un cierto toque más “urbanita”. De forma automática alzó las manos, con una expresividad facial que mezclaba de forma magistral el terror y la sorpresa, mientras se acariciaba las almohadillas de los dedos con una delicadeza nada propia de él. No tan solo su pelaje había oscurecido dos tonos, si no que habían emergido marcas de quemado aquí y allá. El suave tacto sedoso de su piel ahora era más bien áspero y con pinta de evolucionar a erizo si no se metía una buena dosis de suavizante. Si le dijeran que había sido pasado vuelta y vuelta por la plancha, se lo creería a pies juntillas. Daba la impresión que se había convertido en el desollador (que no Desolador) de Bastión Hueco: entre ese tono de pelaje y su vieja ropa, ya solo necesitaba usar su cola de escoba para hacer limpieza en toda chimenea que se preciara. 
 
Sus orejas, que se habían puesto de punta adquiriendo así el aspecto de un viejo demonio por la forma de su desordenado pelaje, se encogieron un poco hacia atrás y su espesa cola se reunió entre sus patas. No hacía falta sumar dos más dos ni ser un experto en animales para comprender que estaba asustado. Y lo que te contaré, moreno.   
La pregunta de Xiron no obtendría respuesta inmediata. Con la tontería, Fénix mantendría el silencio mientras fuera descubriendo todos los cabos que le quedaban por unir. Eso sí, el mercenario no tardaría en encontrarse con esos ojos azules tan artificialmente brillantes que, si uno se fijaba, vería el material cristalino con el que habían sido creados. Eran más apagados, pero a la vez resultaban ser muchísimo más expresivos y humanos que antes, como si estuvieran humedecidos. Si ya al zorro le costaba mentir por unas orejas que parecían dispuestas a delatar todo lo que pasaba por su cabeza, la mirada iba a ser la guinda del pastel. 

Abrumado por la oleada indiscriminada de ideas que surcaban por toda su mente y la cantidad abrumadora de espacios en blanco dentro de su base de datos, Xiron tendría la oportunidad de contemplar cómo actuaba un robot cuando sufría una crisis existencial del tamaño de un elefante. Con las manos en la cabeza, tirándose ligeramente del pelaje, procuraba mantener el control. Pero lo más parecido a unos nervios que podía llegar a tener estaban cuestionando todo lo que sabía del mundo, y la sensación de encontrarse fuera de lugar empezaba a invadir su mente. La respiración agitada venía por nada menos que por la exigencia de cierta maquinaria en su pecho que empezaba a sufrir excesos de calor, y las porciones de su corazón amenazaban con fragmentarse un poco más. 
 
– ¿Sí? –sería la respuesta, incoherente a todas luces –. ¿Qué carajo acaba de pasar aquí? 
 
Oh, bien, el filtro de tacos aun existía. Por favor, que nadie se lo quitara. 

–¡Todo lo que recuerdo es estar a punto de enfrentarnos a nuestra peor pesadilla y tras eso, sólo recuerdo desmayarme y… caer redondo al suelo y… despertar! –no parecía una teoría demasiado loca. Tal vez a Xiron le iría bien tenerlo en cuenta y valorar si era mejor seguirle el juego o contar la pura verdad, dependiendo del grado de trauma que quisiera provocar en su amigo en pos de su sinceridad –¡Y estoy como recién salido de la fábrica, pero sin pasar por la pulidora, casi como tu ayer!   
 
¿Ayer? 
 
El zorro dudó de esa última palabra, pero no autorizó a Xiron a abrir la boca aun, y ese dedo alzado era un claro indicativo. Descalzo y desnudo, pero con la crispación de alguien que no le casaban las cuentas, dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta que les llevaba directos hacia el patio exterior. Solo haría el gesto de abrirla, puesto que nunca pondría un pie fuera. No le haría falta, tampoco: ver aquel cielo despejado y la luz del sol que aún no emergía por el horizonte -pero ya daba claros indicios de hacerlo en breve- era suficiente para que no le casaran las cuentas. 
 
Fénix apartó la mano del manillar, temblando casi como un flan. Si en algún momento, en aquel fatídico combate que habían tenido la noche anterior había logrado ver al zorro mientras moría por primera vez, sabría qué ese rostro de terror infundado y el que tenía ahora eran exactamente parejos. Rara vez habría tenido la ocasión de ver a la intriga canina fuera de lugar. Ahora, había una serie de detalles que lo estaban colocando lejos de su zona de confort, y eso no hacía más que traumatizarlo. Con gran pesar, y seguramente llevado por el miedo de olvidar, recurriría con la mirada al mercenario, casi suplicando que lo pusiera al día. 

–… Hay… fichas en blanco en mi base de datos. -su voz, rota y tambaleante, era también algo nuevo en él –. ¿Qué he olvidado? 
 
La pelota pasaría sobre el tejado de Xiron. Sin duda, estaba poniendo a prueba su amistad. El mercenario era la única persona a la que podía acudir en esos instantes, o al menos, con la que más confiaba. Decir la verdad podía ser traumático para él; mentir sería más liviano, pero a saber cuándo tardaría en descubrir el pastel. Todo quedaba en manos del huma, tanto el hecho de ponerlo al día si quería como la responsabilidad de sus actos. Y eso que aun no se había dado cuenta del cambio de su voz.

Mi ficha y mi diario. Las intrigas caninas siempre hablan en color=sandybrown. Cuando quieren.
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