Memories and Tears [King of Fighters] [G]

Memories and Tears [King of Fighters] [G]

Lina_Inverse
Suzuki-san
Registrado: 17 May 2008, 10:10

14 Oct 2013, 19:29 #1

El día daba paso a la noche. La luz del anaranjado astro era engullida por las purpúreas tinieblas de la luna. Dos tristes ojos castaños la miran hoy a través de una ventana. No la miran con romántica admiración sino con añoranza, angustia y tristeza. Añoranza por el tiempo pasado, Angustia por no querer vivir sin él y tristeza porque sabe que jamás le volverá a ver. Se viste con la misma ropa que aquel día. Sus pies le llevan por calles poco iluminadas pues su corazón está más cómodo en las púrpuras tinieblas de la noche. Mirando a los lados y a ninguna parte en particular mientras en su cabeza se agolpan los recuerdos y por sus ojos pasan escenas por aquellos rincones vividas. Tantos sentimientos y tantas sensaciones de las que ahora sólo queda el recuerdo.

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Ya he llegado al lugar. Pasen los años que pasen siempre vendré aquí el día de tu cumpleaños. El bar no ha cambiado en absoluto. Me siento en la misma mesa y pido lo mismo que aquella primera vez que vine a verte. Quería ver esa parte de ti que emocionaba y apasionaba a jóvenes de ambos sexos por igual con la perfecta armonía que formaban tu cuerpo y tu voz sobre el escenario mientras acariciabas las cuerdas de tu guitarra, quería ver cómo eras fuera de los combates y entender si mi ansia y mi angustia por no verte eran simplemente afán de superación, el querer escapar de la rutina en la que me veía aprisionado o tal vez algo más. La camarera se demoró un poco pero al fin trajo lo que le pedí, un Jack Daniels con hielo. Di unos tragos al vaso como si lo necesitara para recuperar las fuerzas y seguir con mi dulce tormento.

La primera vez que te vi sobre el escenario me sentí como si me hubieran abierto las puertas del mismo cielo. Pantalones de cuero negro atados por los lados, una camisa de seda negra abierta hasta el segundo botón dejando ver tus fuertes pectorales, dejando ver algo más de tu nívea piel. Tu pelo rojo, tus ojos púrpuras y tu profunda voz te daban ese toque tan salvajemente sensual y arrebatador que me dejó extasiado desde aquel momento. Estuve todo el concierto sin hacer otra cosa que escuchar tu profunda voz y observar cada uno de tus movimientos. Te veías perfecto, sublime y eso me gustaba a la vez que hacía crecer en mí una gran inquietud. Tras esa ascensión a los cielos, en mi purgatorio se hacía cada vez más larga la espera hasta nuestro próximo encuentro. Las peleas se iban haciendo cada vez más infrecuentes, con lo que sólo me quedaban los conciertos. Pasaba el tiempo hasta que un día comprendí lo que crecía cada vez más en mi interior: un amor ardiente por el deseo y la pasión por hacerte mío.

Una noche celestial entre tantas me enteré de la fecha de tu cumpleaños, me armé de valor para ir a verte a tu camerino para saber si te apetecía algo especial para ese día, pero al llegar al pasillo de los camerinos creí morir… Estabas en brazos de otro hombre, bueno, más bien un jovencito de unos 18 años que se te acercó en el momento adecuado. No lo podía creer, no podía creerme que hubiera alguien más en tu corazón. Salí de allí rápidamente, dando tropezones con lo que había por el corto pasillo, tropezando en la pista con la gente y lo mismo en la calle. No paré de correr hasta llegar a mi apartamento. Aun hoy ignoro si me viste entonces, pero ahora ya no importa. Lágrimas rebeldes escapaban de mis ojos aun en contra de mi voluntad. No entendía la razón de esas lágrimas, no entendía cómo podía amar a quien me habían inculcado que debía odiar por el maldito pasado de nuestros clanes. No podía, no debía amarte, pero sin embargo ya no podía hacer nada, era como si me hubieras envenenado, porque el no poder tenerte me dolía en el corazón. Al poco tiempo me enteré de que una de tus aficiones eran los jovencitos y jovencitas que al pie del escenario clamaban por tu amor y que usabas para divertirte una noche. Un aplauso Iori, muy típico de ti.

Sabiendo eso mi corazón ya no se encogía tanto por el dolor pero no se recuperaba, pues aunque fuera por una noche, quería ser tuyo. Tu cumpleaños llegó y fui a verte cantar con un regalo en las manos. Cuando bajaste del escenario fui a los camerinos a toda prisa para que nadie más se me adelantara y lo logré, incluso llegué antes que tú y decidí esperar a que entraras, en silencio, sentado en una silla, con la mirada fija en la puerta y con el corazón desbocado. Cuando entraste y me viste allí tan sólo pronunciaste “Kusanagi” y al ver mi falta de reacción decidiste ignorarme. Reaccioné lo más pronto que pude, decidido a darte tu regalo.

“Iori. Me gusta mucho como tocas la guitarra y como es tu cumpleaños pensé que esto te gustaría.”

Fue todo lo que fui capaz de articular cabizbajo para intentar ocultarte el rubor de mis mejillas. Cogiste la pequeña cajita que te ofrecía, con algo de extrañeza pero al abrirla sé que te sorprendiste un poco. La tomaste en tus manos y la examinaste unos instantes. Una púa plateada con una luna creciente grabada en uno de los lados y en el otro tu nombre. Un vago “gracias” salió de tu boca. Me quedé clavado en el suelo, sin saber que hacer, pero unos acordes de guitarra me sacaron de mi mundo interno. Me giré y te vi probando la púa. Un tímido “¿Te gusta?” salió inconscientemente de mi boca antes de que me diera cuenta. “Has sabido elegirla, te felicito Kusanagi” fue tu sarcástica respuesta. Cerraste los ojos y te pusiste a tocar. Escuchaba los acordes de tu guitarra con los ojos cerrados, intentando imaginarte y conocerte más allá de tus impuestas fronteras. Ignoro cuanto tiempo pasé con los ojos cerrados perdido en mis imaginaciones pero tras un leve y distraído suspiro de deseo algo realmente inesperado me devolvió a la realidad: tus labios.

Tus finos labios, de los que tantas veces salían insolencias e insultos y dibujaban en tu rostro crueles y sarcásticas sonrisas siempre que nos encontrábamos, ahora me inspiraban algo totalmente distinto pero igual de intenso que el odio: eran amor y pasión ardientes como nuestras llamas y yo intentaba luchar inútilmente contra las que ahora ardían en mi corazón. Entre mis fugaces divagaciones noté tus fuertes brazos rodeando mi cintura y tu lengua adentrándose en mi boca, desafiante, retándome a una nueva lucha y decidido a no perderla. Te atraje más hacia mí pasando los brazos por encima de tus hombros y me entregué al combate, dejando a mi autocontrol ser pasto de las llamas de un incendio provocado por una chispa de color púrpura y que crecía más y más a cada momento, llevándome al punto de desear poseerte y ser yo poseído por ti.

Te detuviste y te separaste de mi escasos instantes que a mi me parecieron horas en los que sólo podía mirarte a los ojos desafiante, listo para tomar lo que deseaba en caso de que me lo negaras ahora, más lo que hiciste fue desabrochar mi camisa con tus poderosas manos mientras me mirabas con lascivo deseo. Con la caída del último botón te lanzaste a besar, lamer y mordisquear mi cuello. Suaves gemidos escapaban de mi garganta a cada uno de tus movimientos. Aprovechándome de tu cercanía fui desabrochando tu camisa poco a poco para poder disfrutar del tacto de tu nívea piel, el firme contacto de tus pectorales y sentir lo más cerca posible el calor de tu piel. Te diste cuenta de mis intenciones, me lo hiciste saber con un mordisco algo más fuerte que los anteriores.

“¿Tanto me deseas Kusanagi?”

Fue lo que salió de tus labios al separarlos de mi cuello. Ese tono sarcástico, esa sonrisa malévola, fue como un resorte que me hizo saltar.

“No sólo te deseo sino que te haré mío lo quieras o no.”

Fue mi respuesta, en un tono acorde con el tuyo. Me miraste divertido, como si fuera una marioneta bailando a tu compás.

“Entonces abróchate la camisa y sígueme"

Con el final del primer acto de mis recuerdos, el Jack Daniels de mi vaso desapareció, dejando paso a una nueva escena, la del camino hacia tu casa y lo que ocurrió allí. Mientras me dirijo a la siguiente parada me recreo en la sensación que me produjeron tus palabras.

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“Abróchate la camisa y sígueme.”

Tus palabras resonaban en mi cabeza mientras obedecí mecánicamente a tu orden y también mientras te seguía hacia el coche. Estaba sumido en una especie de trance, fuera de mí, como si me viera a mi mismo a través de los ojos de otra persona. Salimos por la puerta trasera del bar, donde nos esperaba tu coche. Subiste y me abriste la puerta desde dentro. Durante el camino nuestra conversación tenía nombre de silencio. Te observaba mientras conducías y, aunque lo intenté, no conseguí averiguar lo que pensabas y sentías en ese momento. Tal vez fuera por la poca luz que entraba en el coche que te dejaba en la penumbra de la noche, igual que cuando a la luna la envuelven las nubes, privándonos de su belleza y su luz.

Pasados unos minutos detuviste el coche en oscuro aparcamiento a la sombra de un edificio. Me miraste a los ojos y moviste la cabeza en dirección al edificio. Mensaje recibido, alto y claro. Salí del coche y fui tras tus pasos, expectante mientras atravesábamos el patio y llegamos al ascensor. Las puertas del ascensor se abrían lentamente y poco a poco crecía en mí la inquietud.

“¿Realmente me tomarías en tus brazos o aprovecharías el momento para saciar la vieja sed de sangre y venganza de nuestros clanes?”

Intentaba no exteriorizar mi inquietud pero tus ojos penetraban más allá de lo corpóreo.

“No te preocupes Kusanagi, esta noche tan sólo tengo intención de matarte de placer.”

Adivinaste mis pensamientos y lo demostraste con tus palabras. Tras tu frase tus labios empezaron a juguetear con mi oreja en la que habías susurrado mientras tus manos descendían juntas por mi pecho hasta mi cintura y separando su caminos por mis piernas y volviéndose a juntar para subir nuevamente. Te recreabas en tus caricias a fin de verme en sumisión a ti, suspirando de placer, anhelando todavía más.

“Eres muy fácil de adivinar Kusanagi, pero no te preocupes. Te daré lo que tu cuerpo pide haciéndote mío aquí mismo. ¿Te parece bien?”

El tono de tu voz indicaba que conocías bien la respuesta y auque hubiera querido contestar no habría podido, pues inmediatamente pulsaste el botón de parada del ascensor y te lanzaste a por mis labios, casi sin dejarme respirar, abriéndote paso entre mis labios para poder entablar una nueva lucha, dejando claro quien tenía el control. Fuiste abriéndote paso entre mi ropa, haciendo tuyo cada centímetro de mi piel y cada rincón de mi cuerpo y no sólo en el ascensor, sino también dentro de tu habitación, en tu cama. No sé cuantas veces me hiciste tuyo aquella noche… Sensual, salvaje, insaciable,… son algunos de los adjetivos que mejor describirían esa noche.

A la mañana siguiente cuando desperté no estabas a mi lado. Me vestí y salí de la habitación, buscándote para poder verte y saber que no había sido un sueño. Abrí la puerta y allí estabas, tomándote un café. Me miraste unos instantes como quien mira distraídamente hacia ningún lugar en concreto y volviste a tu café. No negaré que esa indiferencia me doliera, pero sabía que tenía que ser así. Una noche de placer no cambiaría lo que había por entonces entre ambos.

Esas noches fueron repitiéndose a lo largo de meses, cada vez con más frecuencia.

“No sé qué es lo que buscas…”

Al paso de los meses, casi de un año, esas palabras brotaron de tus labios. ¿Incertidumbre tal vez? ¿Mera curiosidad? ¿Hastío? No sabía decir exactamente porque cada vez tu voz tenía un matiz diferente. Finalmente tantos fueron nuestros encuentros que me abriste algo más tu corazón, pero gran parte de él seguía sumido en las tinieblas a mis ojos.

“No sé qué es lo que buscas…”

Otra vez más aquella pregunta volvió sólo que esta vez obtuviste respuesta.

“Busco llenar el vacío de mi corazón que siento cuando estoy lejos de ti…”

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Al llegar a aquel edificio me detuve un momento a las puertas para comprobar si llevaba o no las llaves para poder entrar. La verdad es que no sabía si realmente quería tenerlas o no. Si las tenía, mi tormento continuaría un tiempo más, pero aunque no las tuviera, la única diferencia sería que mi tormento continuaría en otro lugar y necesitaría cerrar los ojos para recordar mejor lo que sucedió entre las paredes del piso de Iori. Para mi "fortuna" las llaves estaban en el bolsillo de mis pantalones. Lo más probable es que ni tan siquiera las sacara del bolsillo de los pantalones desde la última vez que fui allí. Entré en el vestíbulo y dirigí una fugaz mirada a mí alrededor. Todo estaba igual que la primera vez que vine aquí, salvo que no estás tú.

El acristalado ascensor me devolvía recuerdos en forma de reflejos. La primera vez que me poseíste, las que le siguieron, los besos ardientes y desesperados que nos regalábamos mientras esperábamos a que el ascensor nos llevara hasta tu piso. El reflejo de los recuerdos me quemaba el alma, igual que tus besos quemaron mis labios y mi piel, igual que antaño tus llamas púrpuras quemaron mi piel en algunos de nuestros combates.

La campanilla que anuncia la llegada a mi destino me sacó de mis pensamientos. Caminé escasos metros hasta llegar a tu puerta, abrí la puerta y entré. Abrí las ventanas para que entrara el aire fresco de la noche y refrescara el ambiente. Fui abriéndolas todas una por un hasta llegar a la de tu habitación. Me detuve unos instantes antes de entrar, como si no estuviera seguro de si realmente la encontraría vacía, como si cupiera la posibilidad de que te encontrase allí tumbado una vez más. Me armé de valor y abrí la puerta, volviendo a la realidad, la oscura y dura realidad, una realidad sin ti.

La cama con las sábanas blancas y la colcha negra, una mesilla de noche redonda en el lado izquierdo de la cama con un cenicero y una bandejita donde solías dejar tus anillos y colgantes antes de dormirte, la funda negra de tu guitarra bajo la ventana con cortinas blancas y el armario vestidor empotrado en la pared. Abrí la ventana para que la brisa entrara a refrescar la habitación y descorrí las cortinas para poder mirar la luna, igual que aquella noche.

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En una de nuestras noches de pasión, tras haberme hecho tuyo varias veces y aunque no hacía demasiado calor en primavera, abrí la ventana. La brisa fresca que entraba por la ventana me hacía sentir bien. Estuve unos instantes con los ojos cerrados, perdido en ninguna parte, simplemente disfrutando de la brisa nocturna. Cuando abrí los ojos la vi. La luna llena, brillante y magnífica, reina de su reino, la joya más brillante de una corona, pero tu voz me sacó de mi admiración.

"No sé qué es lo que buscas..."

Escuché tus pasos aproximándose a mí y, aunque no tuve las fuerzas suficientes para volverme y decírtelo cara a cara, al menos tuve el valor de decirte aquello que mi corazón llevaba tanto tiempo gritando y que durante un tiempo me negué a aceptar.

"Busco llenar el vacío de mi corazón que siento al estar lejos de ti..."

Aquella frase salió más de mi alma que de mis labios. Sentí librarme de un gran peso al decirla, pero durante unos instantes la incertidumbre se apoderó de mí, sin saber que sucedería y ni cómo reaccionarías, aunque en aquel momento tampoco me hubiera importado morir a tus manos, pero tu reacción fue muy distinta. Me abrazaste. Rodeaste mi cintura con tus brazos y apoyaste la cabeza en uno de mis hombros, pero sin decir nada, dejando que el silencio fuera nuestra lengua, el abrazo nuestra comprensión y la luna nuestro mudo testigo. Era tu manera de decir que sentías lo mismo por mí. Por mucho que presumieras de solitario, el ser humano no puede soportar una prolongada soledad y tú no ibas a ser una excepción a la regla.

Los encuentros que siguieron fueron cada vez más frecuentes y agradables, incluso comenzaste a sonreírme con dulzura, tal vez con amor, ese sentimiento que desde pequeño te fue negado por tu espartano padre. Cuan cruel es el destino, haciendo de la felicidad algo efímero, casi ilusorio. Nuestra relación se afianzó con el tiempo y éramos felices. No nos importaban nuestras familias ni lo que pudieran decir, sentíamos que el mundo estaba hecho para nosotros y que nada podría pararnos en nuestros planes para el futuro. Quien dijera que ingenuidad y juventud van siempre de la mano tenía toda la razón del mundo. Cuando llevábamos algo más de un año varios ninjas de tu padre se presentaron en tu casa queriendo llevarte con tu padre, quien exigía que trajeras mi cabeza a no ser que quisieras perder la tuya. Nos deshicimos de ellos en un abrir y cerrar de ojos, dejándolos vivos para que pudieran transmitir a tu padre tus palabras:

"Decidle a ese carcamal impertinente que seré yo quien decida mi propio destino y que si quiere algo de mí, venga él mismo a buscarme."

La cita con el destino llegó. Aunque Iori en un principio se negó a que fuera con él, llegando incluso a pelearnos llamas en mano, mi respuesta fue siempre la misma y no varió ninguna de las veces que lo preguntaste.

"Por ti sería capaz de llegar vivo hasta el mismo infierno"

"Eres un maldito tozudo, Kusanagi"

"De ti tampoco puede decirse que seas demasiado razonable, Iori."

Desde que llegó una carta de tu padre citándote en un bosquecillo a las afueras de la ciudad esa era nuestra conversación habitual. Sabía perfectamente que intentabas protegerme porque me querías y por esa misma razón es por la que yo no quería dejarte a solas con tu padre. Pocas veces fueron las que me hablaste de tu pasado, pero las suficientes para comprender que tu padre no era precisamente de los que dejaban de cumplir sus advertencias. Te amaba demasiado como para dejarte sólo ante semejante monstruo. Por aquellas fechas también aparecieron Shingo y Yuki por el apartamento. Debieron de sonsacárselo a Benimaru, pues sólo él conocía mi situación y era el único que me entendió entonces y que lo sigue haciendo. Shingo pareció entenderlo, aunque estaba algo asustado de Yagami. Quien no lo entendió para nada fue Yuki. No sé lo que pude ver en ella cuando acepté el compromiso entre ambas familias, supongo que fue porque era bonita y se veía que no era mala persona, pero aquello nunca fue amor. Tuve suerte de que Iori estuviera en un ensayo cuando ellos dos aparecieron por casa de Yagami, donde estaba esperándolo para pasar la noche con él.

"¡¿Me estás diciendo que me abandonas por ese monstruo de Yagami?! ¡No eres más que un cobarde traidor y un sucio marica! ¡Espero que te hayas divertido mucho jugando con Yagami porque créeme que ahora mismo se lo diré a Saisyu-sama y te dará el castigo que mereces!"

Cuando Yuki me gritó de esas maneras y ante el asombro de Shingo, me levanté, la miré directamente a los ojos con reproche y desprecio, una mirada que diría que aprendí de Iori a lo largo de todos esos años en los que fuimos enemigos mortales. Ella intentaba mantenerse firme aunque por dentro supiera que estaba muriéndose de miedo.

"Si quieres decirle algo a mi padre no te lo voy a impedir porque me da lo mismo lo que tenga que decirme al respecto. Yo soy el dueño de mi propio destino y estoy cansado de ser su marioneta en una estúpida lucha entre dos clanes que sólo los viejos se empeñan en mantener viva a lo largo del tiempo. Ahora si quieres puedes correr a las faldas de mi padre a contarle lo que te he dicho como la niñata que eres."

Apenas terminé de hablar Yuki me soltó una bofetada y se fue corriendo. Supongo que se esperaba que me acobardase ante la posible llegada de mi padre, pero no fue así. Estaba harto de haber tenido que seguir las directrices de otros para vivir una vida que en muchos momentos maldecía y otras tantas veces deseé dejar atrás. Ya nunca más sería la marioneta de Saisyu Kusanagi, mi padre. Shingo se quedó bastante de piedra al ver la escena.

"Kusanagi-san, pase lo que pase quiero que sepa que yo siempre le apoyaré, igual que Nikaido-san. Puede que no comprenda del todo lo que sucede exactamente entre Yagami-san y usted, pero creo que eso es algo que le concierne solamente a Yagami y a usted. Ahora si me disculpa iré tras Kushinada-san para evitar que haga alguna tontería que la ponga en peligro."

En aquel momento lo único que se me ocurrió hacer fue abrazar a Shingo. Era demasiado inocente para comprender totalmente lo que sucedía pero con esas palabras me dejó muy claro que nunca me dejaría atrás pasara lo que pasara. Era como un ángel. Un tierno y joven ángel de la guarda que tenía la suerte de tener como amigo, ya no como discípulo, sino como un verdadero amigo.

"Ahora no se preocupe de nada Kusanagi-san, yo hablaré en su favor ante Saisyu-sama y verá como al final no se arma tanto revuelo como Kushinada-san pretende."

Con esas palabras y una amplia sonrisa Shingo se soltó de mi abrazo, pero no porque le incomodara, sino porque quería irse a salvar la situación. Sé que él entendió mi gesto tal y como era: una pura muestra de amistad y cariño.

"Shingo, cuando todo esto se solucione ven a verme con Benimaru. ¡Ah! Y Ya no me llames más "Kusanagi-san", prefiero que mis amigos me llamen simplemente Kyo."

Una sincera y amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Shingo. Estoy seguro de que la persona a la que le dedique esas sonrisas será realmente afortunada. Las noticias sobre mi padre tampoco se hicieron esperar. Me envío una carta diciendo que quería verme. Junto con el mensajero le llegó la respuesta. Iría a verle cuando terminase mis asuntos, después de mantener una "amigable charla" con el padre de Iori.

No sé cuánto tiempo habrá pasado desde que llegué a la habitación de Iori y me quedé embelesado mirando la brillante belleza de la luna llena. Una belleza tan plena y luminosa capaz de eclipsar el Sol, exactamente igual que tú. Tu belleza y sensualidad destacaban más en la noche cuando la luna reflejaba su tenue luz sobre tu nívea piel, afilando tus depredadores rasgos, destacando el rojizo e intenso color de tus cabellos y las oscuras amatistas de tus ojos.

La noche da paso al día e igual que aquel día me dirijo al bosquecillo de las afueras de la ciudad, sólo que esta vez no voy acompañado ni en tu coche. Voy solo en la Harley Davison que me regalaste para mi cumpleaños. Casi nunca la utilizo, pero en un día como este me es inevitable utilizarla. Fue uno de los pocos regalos que recibí de ti, pero no sólo por eso es especial. Me la regalaste como un símbolo de nuestra unión pues en el deposito hay pintado un sol dorado sobre el que hay una luna creciente. Nuestros símbolos unidos, igual que nuestros cuerpos tantas noches, igual que nuestros corazones lo estuvieron siempre de una manera o de otra. A pesar de estar en las afueras de la ciudad, el lugar estaba bastante cerca. Casi con precisión milimétrica aparqué la moto en el mismo lugar donde Iori aparcó el coche antes de que nos adentráramos en el bosque para hablar con el padre de Iori y cuando bajé de la moto los recuerdos volvieron a mí casi como aparece un espejismo en el desierto.

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El viaje de tu casa al bosque fue corto y silencioso, no teníamos necesidad de decir nada, al menos no todavía. Cuando bajamos del coche m miraste fijamente y me abrazaste. Un abrazo cálido, protector, que yo correspondí de la misma manera. Tomaste mi mentón con suavidad para que te mirara a los ojos.

"Kyo, prométeme que si la cosa llegara a ponerse fea no te preocuparás por mi y saldrás de aquí."

"Iori, prométeme que no te preocuparás por mi mientras estemos peleando contra tu padre y sus ninjas."

Así éramos los dos. Nos prometimos pelear hasta el final por nuestro destino, por no abandonar aquello en lo que creíamos pasara lo que pasara. Lucharíamos por nosotros y nuestro destino sin importarnos los demás. Pude leer la respuesta a mi ruego en tus ojos, igual que tu lo hiciste en los míos. Un tierno beso fue nuestro último regalo antes de la lucha. Cuando llegamos al claro, tu padre estaba sentado sobre un tronco con sus ninjas alrededor.

"Vaya, vaya, mi propio hijo jugando a los enamorados con un Kusanagi. No sólo eres un inútil sino que además eres un traidor".

Ni Iori ni yo nos inmutamos ante sus provocaciones. Las provocaciones de un hombre consumido por el tiempo y por su propia ira, aunque su espíritu de lucha era muy fuerte. Las llamas púrpuras daban una oscura luz al espíritu de lucha de ese hombre. Iori se adelantó un poco más y los ninjas de su padre me fueron rodeando; dentro de poco comenzaría la lucha que decidiría nuestro destino.

"Al menos yo tengo el valor de ser sincero conmigo mismo y no me dejo manejar por una panda de viejos borrachos de un odio que ni siquiera es suyo."

Hacía tiempo que no veía a Iori sonreír de esa manera tan cruel y fría. Por sus palabras y por la expresión de odio en los ojos de su padre creí entender que nuestro amor prohibido no era el primero que se daba entre nuestros clanes e Iori parecía conocer el dolor que eso le producía a su padre.

"¿Ser sincero con uno mismo? ¡No me hagas reír Iori! Los Yagami somos un clan destinado a odiar y matar a los Kusanagi. Desde que nuestros antepasados se hicieron sirvientes de Orochi y fuimos bendecidos con su poder, estamos en guerra con los Kusanagi."

"Bla, bla, bla... ¿Bendecidos dices? No creo que un poder que puede llegar a consumirnos por dentro hasta matarnos y que nos hace perder la conciencia de nuestros actos sea una bendición, más bien es la maldición que recibimos por culpa de la estupidez y envidia de un antepasado. Un recordatorio de algo que no debe volver a suceder y que los viejos cobardes resentidos como tú os empecináis en mantener vivo."

Padre e hijo Yagami adoptaron sus poses de combate. En aquel momento las llamas de Iori brillaban más que nunca, reflejando la fuerza de su decisión en su brillo purpúreo. Un viento violento sacudía los árboles sin cesar, creando una silenciosa espera a una señal que marcaría el comienzo de la pelea, un comienzo que podría llegar al segundo o tras un millón de años. Las hojas se desprendían de las ramas y las que rozaban a los Yagami quedaban al instante carbonizadas, consumidas por su vivo y mortal fuego. De repente el viento comenzó a soplar hacia arriba y en un instante padre e hijo se enzarzaron en una feroz pelea a muerte. Todos estábamos atentos a los movimientos de los contendientes. Los ninjas del clan Yagami estaban tan preocupados por su líder como yo lo estaba por Iori. Deseaba pelear a su lado, acabar juntos con el causante de muchas de sus desgracias pero si lo hiciera, por mucho que me quisiera, Iori me mataría después de acabar con su padre. El orgullo es algo que Iori tiene tan desarrollado como su padre y no sólo como persona, también como luchador. Además, esa era una lucha que decidiría el rumbo de su vida, luchando para hacerse digno de controlar su destino, tanto a ojos de su padre como para sus propios ojos. Aún así, aproveché un descuido de los ninjas para deshacerme de ellos para poder ver la pelea con toda la tranquilidad. Fogonazos púrpuras volaban de un lado a otro entre los contrincantes, quemando su carne y a cada golpe, aparecían profundos arañazos sobre sus cuerpos.

"Je, je, je... Parece que estos años tras Kusanagi te han ayudado a mejorar, pero estás muy equivocado si piensas que puedes vencerme."

"Yo no estaría tan seguro de eso, vieja escoria. Llevas demasiado tiempo sentado en un trono y recreándote en un odio que te ha reblandecido el cerebro."

No sólo lanzaban golpes el uno contra el otro sino también veneno con sus palabras. El padre estaba decepcionado y odiaba a su hijo por no querer tomar el camino de venganza y sangre contra los Kusanagi. El hijo odiaba a su padre por no haberle querido nunca, haberle educado en el odio e insistir en avivar un odio que para él no significaba nada porque no le llevaba a ninguna parte.
No sé cuánto tiempo pasó desde que comenzó la pelea, fue como si el tiempo se detuviera. Finalmente fue Iori el que se alzó con la victoria: mató a su propio padre atravesándole el pecho con la mano llameante, sacando un gran fogonazo cuando la mano estaba enterrada en el pecho del mayor de los Yagami.

"Que el poder de Orochi te lleve al... infier...no..."

Tras las últimas palabras del padre de Iori, su hijo se le quedó mirando unos instantes. No sé cual sería su expresión, pues sus ojos estaban ocultos por sus cabellos pelirrojos y su boca oculta a mi vista por el gran cuello de su camisa. Yo le esperaba sonriente, ansioso por abrazarle, por comenzar a saborear juntos una nueva vida, en la que la libertad sería lo que nos guiaría, pero el destino es sumamente cruel y nuestra felicidad duraría lo mismo que un eclipse. Iori se dio la vuelta, sonriendo de verdad, feliz por haber roto con su maldito pasado pero antes de que ninguno de los dos pudiera dar un paso, el destino decidió ponerle una nueva traba, la última.

"Un Yagami jamás estará junto a un Kusanagi y quien lo intente morirá por su traición y su estupidez."

Aquellas palabras resonaron fuerte en mi cabeza, pero aun más lo haría el alarido de dolor de Iori cuando su padre le atravesó el pecho con una mano. Debería estar muerto, pero se ve que la sangre de Orochi que corría por sus venas y sus ansias de venganza le dieron la fuerza para asestar ese golpe fatal. Me quedé de piedra a ver la escena y aun hoy las lágrimas brotan sin control de mis ojos al recordarlo. Casi no me dio tiempo a moverme cuando vi que Iori conseguía sacarse el brazo de su padre del pecho y destrozarle la cabeza de un sólo golpe.

"Así no harás daño a nadie nunca más..."

Iori se desplomó y yo corrí en su ayuda. Estaba escupiendo sangre y antes de que pudiera decirle nada me puso un dedo en los labios para que no hablara y le escuchara.

"Eres lo mejor que me ha pasado nunca... Me enseñaste que el amor... es más intenso.... que el odio y... más bello que la muerte. No derrames tus lágrimas por mi.... no las merezco y no las quiero.... porque.... nos reencontraremos... en el infierno... Te... te quie... Te quiero Kyo."

Grité. Grité a Iori que no me dejara, que lo necesitaba ahora más que nunca que podíamos ser libres, que lo amaba y que nunca lo olvidaría. No olvidaría nada de lo que viví con él ni la sonrisa con la que se despidió de mí hasta que nos reunamos después de la muerte. Era como si el mismo Iori se hubiera convertido en ángel. Un ángel de alas negras.

No pasó demasiado tiempo hasta que llegaron algunos ninjas Yagami, así como mi padre y sus mejores guardaespaldas. Todos miraron extrañados la escena: El cabeza de clan de los Yagami carbonizado, con el pecho perforado, la cabeza reventada y el cuerpo quemado, su heredero muerto, con un boquete en el pecho y en brazos del heredero de los Kusanagi, quien se encontraba llorando desconsoladamente abrazando el cuerpo inerte del heredero de los Yagami. Los ninjas recogieron el cuerpo de su líder, pero no les permití que se llevaran el de Iori.

"Lamento tu pérdida hijo mío, pero deberías dejar que la familia de Yagami se encargara de su gente."

"No creo que a él le gustara que le enterrara gente que sólo le tenía en cuenta por ser el heredero pero que nunca le mostró nada de amor."

Ambos bandos me miraron con extrañeza cuando me levanté con Iori en brazos, quemé su cuerpo y dejé que el viento esparciera sus cenizas. Iori deseaba ser libre y ya que no lo logró en vida, decidí hacerle ese regalo en la muerte, como regalo de despedida hasta nuestro siguiente encuentro. Tras eso me fui a ver a Benimaru. Necesitaba consuelo y se que él me escucharía y me ofrecería su hombro.

Cuando llegué allí y Benimaru me abrió la puerta, me lancé a sus brazos llorando desconsoladamente y le conté lo sucedido. Gracias a él y a Shingo salí adelante e incluso llegué a reconciliarme con mi familia, aunque renuncié a heredar el mando del clan. No podría soportar otra estúpida lucha entre mi clan y el de Yagami.

Ahora miro el claro y las lágrimas vuelven a mí. Lágrimas y recuerdos son todo lo que me queda de valor y todo lo que quiero conservar. No podré amar nunca a nadie más, porque todo el amor que tenía se lo llevó Iori cuando abandonó este mundo. Mientras vuelvo caminando a casa, una brisa fresca roza mi cara. Es curioso, pero me recuerda a ti. Tus manos acariciaban mi rostro de la misma manera en la que lo hace esta brisa. Tal vez seas tú, que viéndome triste en el día de tu cumpleaños, vienes a consolarme con tus caricias una vez más mientras me pierdo entre recuerdos y lágrimas.

FIN
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