I.J. y la Obra de Hefesto.

Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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2:00 AM - Jul 19, 2012 #1

Berlín. Miércoles 1 de septiembre de 1943. Horas de la madrugada, poco antes del amanecer.

Pese a lo temprano de la hora, aquella amplia oficina, enclavada en el último piso de uno de los cuarteles alemanes cercanos al Reichstag, ya registraba actividad. El edificio de seis niveles donde estaba situada aquella cómoda oficina no había sido construido para fines militares. Era originalmente un edificio de oficinas comerciales, pero los requerimientos de la guerra habían desalojado a los pulcros empresarios y estos habían sido reemplazados por militares de uniforme gris y botas altas. Uno de aquellos oficiales, un hombre alto y fornido, estaba cómodamente sentado tras un fino escritorio de caoba pulida. Fumaba plácidamente y de cuando en cuando saboreaba el fuerte café que se había preparado.
Paul Von Saalfeld, coronel del ejército alemán y miembro del partido Nazi, tenía un aspecto que mezclaba a partes iguales el porte de un aristócrata y la ferocidad de un guerrero teutón. Era bastante alto, tenía el cabello rubio y los ojos de un azul-celeste increíble. Tenía poco más de 45 años y se enorgullecía de sus variadas condecoraciones, a las que sumaba la recién ganada Cruz de Hierro. Se la había otorgado el mismísimo Hitler apenas el día anterior. Pero como era típico del Führer, tras un halago generalmente venia una “petición”. Y Hitler se caracterizaba por hacer “peticiones” bastante inoportunas.
Von Saalfeld dio un par de vueltas más a su Cruz de Hierro con la mano derecha al tiempo que daba un par de chupadas a su cigarrillo. Apagó la colilla en el cenicero que tenía frente a él y dio un último sorbo a su café. Su mente había estado trabajando en cómo resolver aquella petición del Führer y le pareció que había dado con la solución. Abrió una gaveta de su elegante escritorio y sacando una hoja de papel, se puso a escribir en ella con una cuidada y hermosa caligrafía. Cuando hubo acabado de redactar aquel documento se retrepó en su sillón y releyó varias veces aquel escrito, haciendo alguna eventual corrección. Von Saalfeld era un hombre meticuloso y no le gustaba dejar cabos sueltos. Gustaba de comprobar sus planes una y otra vez, buscando defectos o corrigiendo detalles hasta acabar convencido que nada más podía hacerse. Aquello, pese a lo complicado que podía parecer, le resultaba fácil dado que poseía una mente brillante y era capaz de analizar, desde múltiples ángulos, un asunto en particular, en apenas unos minutos. Von Saalfeld era un estratega brillante y también un consumado ajedrecista. Había sido campeón escolar, colegial y universitario en Baviera, su región natal. Y habría sido campeón alemán e incluso europeo, si su incorporación al ejército no lo hubiera alejado de los tableros. Pero su habilidad en el tablero había sido muy provechosa en la mesa de estrategia. Apenas era un bisoño teniente de 25 años cuando ya formaba parte de los analistas del estado mayor de las recientemente reconstruidas fuerzas armadas alemanas. En pocos meses se hizo capitán y después ascendió rapidísimo al grado de mayor. El grado de teniente coronel le llegó como regalo de cumpleaños justo cuando cumplió los 29 años. Nadie se sorprendió cuando poco antes de los 32 años lo nombraron coronel. Von Saalfeld se había convertido en un oficial respetado dentro la Inteligencia Alemana e incluso había causado revuelo cuando rechazó el grado de Brigadier. Al final Von Saalfeld declaró que aceptar el rango de Brigadier lo alejaría de su trabajo preferido: El análisis de las estrategias del enemigo.
Encendiendo un nuevo cigarrillo, el coronel se encaminó al balcón y saliendo al mismo, contempló pensativo, aquel gris amanecer. Poco después entró a la oficina su principal asistente, el capitán Klein, seguido de sus dos ayudantes. Von Saalfeld saludó afectuosamente a los tres recién llegados y haciendo gala de sus refinados modales les sirvió una taza de café. Mientras disfrutaban la aromática bebida, Von Saalfeld los puso al tanto de la petición del Canciller y les explicó el plan que tenía para complacer aquel nuevo capricho del Führer.
Cuando hubo terminado su explicación, Von Saalfeld notó que los tres oficiales parecían comprender claramente su estrategia. Satisfecho y sonriendo levemente les interrogó:
“Muy bien caballeros, ¿Alguna pregunta?”
“Solo una, mi coronel… ¿En quién piensa usted para esta misión? Tiene que ser alguien versado en este campo y con profundos conocimientos en historia y ¿Por qué no…? Mitología griega.” – Klein habló y luego levanto la taza de café para dar un sorbo a la deliciosa bebida.
“Tengo a la persona ideal en mente. Capitán Klein, necesito que haga venir a Jung.”
Alguna partícula extraña se materializó en la garganta de Klein quien se atragantó mientras sorbía el ahora tibio líquido. Contuvo la tos al tiempo que apoyaba la tasa en el plato y cuando se recompuso habló:
“Pero mi coronel… ¿Está seguro de esto? Jung es una persona poco ordenada, no es alguien con buena reputación dentro de los círculos académicos alemanes, ni siquiera los austriacos. Y hasta se le acusa de simpatizar con los judíos. Tiene fama de ser una persona atrevida, poco leal y bastante codiciosa. El egoísmo en forma humana, si se puede decir de esa forma, señor.”
La sonrisa desapareció por completo de la cara de Von Saalfeld. Había esperado que la mención de Jung causara controversia, pero no entre sus más cercanos colaboradores. Sin perder la calma comentó:
“No olvide Klein, que Jung es una autoridad en la historia y mitología griega. Y según entiendo, la búsqueda de lo que nos han pedido encontrar ha sido su pasatiempo los últimos tres años. Si alguien sabe dónde buscar y encontrar lo que el Führer quiere, es sin duda Jung. ”
“La persona indicada entonces” – contestó Klein con un leve dejo de ironía en la voz, que Von Saalfeld detectó pero que decidió pasar por alto – “Coronel, ¿está seguro que podemos confiar en Jung?”
“No completamente, pero si lo suficientemente seguro como para asignarle esta misión. Transcriba esto en los formularios oficiales.” – Y extendió la mano empuñando el papel donde de puño y letra había redactado la orden – “Y que sus asistentes se encarguen del resto del papeleo. Quiero que Jung salga de Berlín antes del viernes. Sabiendo de lo que es capaz, estoy convencido de que Jung cumplirá con su encargo. Tenga por seguro, Capitán Klein, que seguiré personalmente y muy de cerca los pasos de Jung. Si intenta alguna jugarreta de las que acostumbra, le va a salir muy caro esta vez.”
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Lord Tyranus
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2:01 AM - Jul 19, 2012 #2

Viernes, 10 de setiembre de 1943. Portsmouth, sur de Inglaterra. Alrededor de las cinco de la tarde.

Aquella taberna estaba algo alejada del centro de la ciudad, en dirección al norte. Era el típico pub inglés donde las conversaciones entre amigos eran celebradas con la compañía de la ginebra y de la popular cerveza negra. Y ante la presencia de los soldados estadounidenses, el local contaba con un nuevo elemento, el denso humo de los cigarrillos, dado que los norteamericanos disfrutaban de fumar exageradamente. En un rincón del local un grupo de militares ingleses, escoceses, canadienses y un estadounidense charlaban ruidosamente. Reían a risotadas y frecuentemente intercambiaban apretones de manos y afectuosas palmadas en la espalda.
Uno de ellos, un inglés de mediana estatura, cara redonda y complexión robusta, se puso de pie tambaleándose y levantando un vaso con ginebra proclamó:
“Por la rendición italiana, que bastante trabajo nos costó convencer a Víctor Manuel de deponer a Mussolini y montar en su lugar al mariscal Badoglio. ¡Dios los confunda a esos italianos inútiles!”
La risotada fue general. El oficial norteamericano, sentado en un rincón y parcialmente oculto por la penumbra del lugar, que cubría por completo su cara, dijo:
“¡Hey George…! Siéntate antes de que la ginebra te tumbe.”
El interpelado puso el vaso en la mesa y mirando directamente al estadounidense declaró, en broma:
“¿Que sabes tú de beber ginebra? Estamos celebrando ¿O no? Así que toma tu whisky echado a perder y sigamos celebrando.”
Se apreció la leve sonrisa torcida del americano, quien sin decir palabra levantó el vaso con hielo y dio un largo sorbo a su trago. Con un suspiro de satisfacción, el soldado puso el vaso en la mesa y siguió con atención la historia que el oficial británico empezada a contar.
Una mujer entró al local. Vestía el uniforme inglés y ostentaba orgullosamente el grado de teniente. Era joven aún, de algo así como treinta años, cara bonita y de buenas y generosas formas. Cabellera rojiza y ojos marrón claro. Se dirigió a la barra y habló brevemente con el encargado, quién le señaló el rincón donde el ruidoso grupo de oficiales aliados festejaba la rendición italiana. Con pasos firmes e ignorando altivamente las miradas que los soldados jóvenes le dedicaban, se dirigió al escandaloso grupo de celebrantes.
Llegó justo en el momento en que el oficial inglés terminaba su relato y todos lo festejaban con ruidosas carcajadas. La mujer carraspeó fuertemente al situarse al lado de su compañero británico y le apoyo una mano en el hombro. El hombre se volvió y se mostró sumamente sorprendido ante la presencia de aquella hermosa oficial. La saludo torpemente y le dijo:
“Vaya teniente… ¿A que debemos la bendición de su presencia en esta pocilga atestada de borrachos?”
La teniente lo miro entre compasiva y severa y con un ademán le indicó que era mejor que se sentara. El oficial, pese a tener un rango mayor, pareció pensarlo un poco y acabo dejándose caer en su silla. Estaba bastante borracho. La mujer escrutó cuidadosamente cada uno de aquellos rostros, principalmente el del estadounidense, pero no logró divisar bien sus facciones en aquella penumbra. Al final habló:
“Buenas tardes, caballeros. Veo que están celebrando…”
“Así es, teniente. Celebramos la rendición italiana. Que bastante trabajo no costo cuajar.” – la interrumpió el oficial británico y levanto un vaso de ginebra, para ofrecérselo a la mujer.
La mujer tomó el vaso y mirando al grupo preguntó:
“¿Son ustedes oficiales del grupo conjunto OSS-MI?”
Una voz le respondió:
“Esta usted en lo cierto, señorita.”
“Caray, con razón celebran a lo grande. Mis respetos por un trabajo de espionaje excelentemente realizado.” – Y de un trago apuró el contenido del vaso que tenía en la mano, para continuar diciendo – “Sin embargo, para uno de ustedes la fiesta se va a acabar muy pronto. Soy la teniente Erin Bellamy y tengo la orden de ponerme en contacto con…” – hizo una pausa para confirmar el nombre del oficial que buscaba, que llevaba anotado en una libreta – “… Con el mayor Henry Walton Jones, del ejército de Estados Unidos.”
Los oficiales del grupo se miraron unos a otros, extrañados. El oficial inglés declaró, al tiempo que apuntaba con el pulgar derecho sobre el hombre en dirección al rincón:
“Se equivocó de grupo, señorita, aquí el único yanqui de apellido Jones es Indiana.”
Sin embargo, el oficial estadounidense que estaba sentado en el rincón se puso de pie. Avanzó hacia la teniente Bellamy al tiempo que decía:
“Tranquilo George. Ese soy yo. Indiana es mi nombre profesional.” – y palmeó afectuosamente el hombro de McHale al pasar junto a él. Se detuvo al frente de la mujer y dijo – “Mayor Jones a sus órdenes, teniente.”
La mujer lo miró un poco sorprendida y empezó a hablar:
“Vaya, mayor. Su aspecto no es como lo imaginé. Siendo que usted tiene fama de ser un profesor de universidad, esperaba encontrar a un típico ratón de biblioteca.”
El comentario de la mujer provoco una nueva carcajada entre los demás oficiales, al tiempo que el oficial inglés preguntaba:
“¿Entonces de dónde demonios sale el Indiana…? ¿Profesor de universidad…? ¿Quién demonios eres en realidad, Jonesy?”
Jones sonrió levemente y dándole una nueva palmada en la espalda al inglés dijo:
“Ya hablaremos después Mac. Ahora debo atender a esta pícara teniente. ” – y guiñándoles un ojo, se alejó del grupo, hacia una pequeña mesa que estaba desocupada, seguido de cerca por la oficial.
Ambos se sentaron frente a frente. Jones se aflojo aún más la corbata y colocó el quepis sobre la mesa, dejando al descubierto su cabellera revuelta. Se acomodó en la silla y preguntó a la mujer:
“¿Le gustaría una cerveza, teniente?”
“Sin ninguna duda, mayor.” – respondió la oficial.
La conversación empezó cuando el cantinero dejó un par de jarras de cerveza en la mesa.
“Lamento mucho haberle separado de sus amigos y de su merecida celebración, mayor. Pero me temo que esto es urgente.”
“No se preocupe, teniente. Si bien la rendición italiana es para alegrarse, me temo que a esta guerra le queda mucho por delante. Los alemanes no van a salir tan fácilmente de Italia. Así que sospecho que la campaña italiana aún tiene muchas cosas que resolver. ¿En qué le puedo servir?”
“Hace unos días recibimos un telegrama de uno de nuestros contactos en Berlín. Luego, usando la red de comunicaciones clandestina, el espía logró hacer una llamada a Paris, detallando el caso. De allí se pusieron en contacto con Londres y…”
“Por eso está usted aquí. Creo que conozco bien las rutas de comunicación Berlín-Londres.” – Jones la interrumpió delicadamente pero dándole a entender que no era necesario extenderse en rodeos y explicaciones redundantes.
“Tiene razón, mayor. Discúlpeme. Intentaré ser breve de ahora en adelante.” – Dio un trago a la cerveza y continuo hablando – “¿Conoce usted la historia de la Guerra de Troya, profesor?”
Jones frunció el ceño al tiempo que asentía con una breve cabezada. La conversación se alejaba notoriamente del tema militar desde ese punto y algo le indicó que se aproximaba a otra búsqueda de objetos perdidos. Los nazis le estaban dando bastante trabajo en su campo. La mujer continuó explicando:
“Como usted sabe, uno de los héroes máximos de la Iliada es Aquiles. Era dueño de una fabulosa e impenetrable armadura, que le hacía prácticamente invulnerable. Sin embargo, la armadura no era del todo infalible. Y cuando Aquiles murió la armadura se la disputaron entre Ulises y Ajax , con la victoria del primero. Hay una leyenda relacionada a esta armadura. Dice que aquel que la use se convertirá en un gran guerrero, dueño de una visión y capacidad estratégica superior a la de cualquier rival, capaz de inspirar la máxima valentía a sus tropas y que incluso los dioses vendrán en su ayuda cuando les necesite si...”
Jones suspiró ruidosamente, interrumpiendo nuevamente a la teniente y con una expresión de aburrimiento en el rostro, declaró:
“Señorita, también conozco esa historia y la leyenda de la armadura de Aquiles. En resumidas cuentas, Ulises se volvió su dueño y la heredó a su hijo Telémaco. El relato se vuelve confuso de ahí en adelante y en algún momento la armadura se pierde. Se dice que fue robada por unos mercenarios espartanos y devuelta al templo de Hefesto, el dios que la había forjado. Sin embargo, también fue robada del templo y a partir de allí, nadie se pone de acuerdo en cuál fue el destino de dicha armadura. Algunas versiones de la leyenda dicen que fue fundida. Otras que sus partes fueron separadas y escondidas en los confines del mundo. Y finalmente hay una versión que dice que fue arrojada al océano, más allá de las columnas de Hércules.”– Hizo una pausa para dar un trago a su cerveza y luego prosigió - “¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?”
“Bien, veo que conoce el tema. La cuestión es que hay evidencia de que las partes de dicha armadura fueron recolectadas en secreto durante siglos. Una serie escritos llamados “Las crónicas del Monte Sinaí” dan a entender que la armadura fue completada y trasladada a Palestina, donde fue escondida en alguna de las ciudades principales.”
Jones arqueó las cejas, sorprendido. Nunca había oído más que rumores sobre la existencia de esos escritos y desconocía por completo de que trataban. Y aquella joven teniente parecía tener alguna información sobre el tema. El interés de Indiana empezó a despertarse. Concentró su atención en la teniente, que continuaba explicando:
“Usted mejor que nadie sabe del interés de Hitler en las ciencias ocultas y los artefactos místicos. Para nadie es un secreto que Alemania está empezando a ceder terreno. Hitler mismo ha dado la orden de buscar esa armadura. Cree ciegamente que si llega a utilizarla, será capaz de guiar impecablemente al Ejercito Alemán a una victoria contundente sobre los Aliados. Sabemos que usted ha efectuado en el pasado algunas misiones arqueológicas, para frenar las ambiciones nazis en este aspecto. Me han ordenado encargarle la misión de buscar y encontrar la armadura antes que los nazis.”
Y tendió a Indiana un legajo de papeles con información sobre la misión, documentos oficiales y material adicional para obtener recursos tanto económicos como de logística para proceder. Incluso un par de pasajes de avión. Jones hojeo rápidamente aquella papelería y comprobó los sellos y las firmas. Todo parecía estar en orden. La mujer continuó hablando:
“Sin embargo, los nazis ya han dado el primer paso. Tenemos noticias de un agente alemán, de apellido Jung, quién ya se encuentra buscando la armadura. Parece que este Jung es un experto en el tema y que durante años ha venido recopilando información sobre esta armadura. Según nuestras fuentes, salió de Berlín recientemente y se encuentra en camino hacia Trípoli. Si la información es correcta, viaja por barco, bajo la cobertura de un comerciante. Debe estar por llegar, así que nosotros viajaremos por avión para tratar de alcanzarlo y averiguar que busca en el norte de África.”
“¿Nosotros…? ¿A qué se refiere con “nosotros”, teniente?” – Jones preguntó
“Me han designado su asistente en esta misión, profesor.”
“¿Mi asistente? ¿Pero cómo…?” – tartamudeo confundido Indiana.
La mujer tomó el legajo, buscó entre los papeles y extrajo una formula gris, con el inconfundible formato de la ordenanza inglesa.
“Aquí está la orden, mayor. Créame cuando le digo que esto es muy incomodo y desconcertante para mí. Soy, o quizás debería decir era, una profesora cultura clásica en una universidad en Londres. Me eligieron porque sé hablar perfectamente varios dialectos árabes, hebreo y arameo. Creen que puedo serle de alguna utilidad. También tengo alguna experiencia en exploraciones y arqueología. Así que si usted me permite acompañarlo trataré de ser de la máxima ayuda posible.”
Jones se rascó la mandíbula distraídamente. Aquella misión sonaba urgente. Y la teniente parecía una mujer valiente y decidida. Quizás carecía de la experiencia de campo que una tarea así demandaba. Sin embargo, su experiencia le indicaba que a veces y para ciertas labores, una persona inexperta, pero decidida, era lo más indicado. En todo caso, si la teniente no daba la talla siempre podía solicitar su relevo. Revisó una vez más el legajo, puso orden en los papeles, se anudó la corbata y mientras suspiraba profundamente se caló el quepis. Se puso lentamente de pie al tiempo que decía:
“Tal parece que el alto mando inglés, en complicidad con la OSS, me deja sin opciones. Será mejor que nos pongamos en marcha, teniente. Tendremos que viajar esta misma noche a Londres.”
“No será necesario, mayor. Un avión nos espera en el aeropuerto de Portsmourth. Si nos damos prisa podemos partir en un par de horas rumbo al norte de África. ¿Por dónde quiere usted comenzar, profesor?”
Jones miró atentamente a la espabilada y vivaracha teniente. Y dio una respuesta, luego de valorar la situación:
“Volaremos a Egipto.”
“¿A Egipto? Pero los informes dicen que Jung viaja rumbo a Libia.” – la oficial pareció extrañada ante el rumbo propuesto por Jones.
“De acuerdo, pero si mis sospechas son correctas, Jung viaja a Libia en busca de soporte. Igual viajamos a Egipto por refuerzos. En todo caso, Egipto está más cerca de Palestina que Libia, por lo que tendremos una ventaja momentánea sobre Jung.”
“Un buen plan, mayor. Permítame la pregunta… ¿Qué espera encontrar en Egipto, cuando las pistas que tenemos nos señalan ir a Trípoli?”
“Información confiable. Las leyendas de esa parte del mundo, cuando llegan a nuestros oídos, generalmente están bastante distorsionadas. Tengo un contacto en El Cairo que de fijo puede ponernos sobre una buena senda. Se llama Sallah Mohammed Faisel El_kahir.”
Bellamy abrió bastante los ojos ante aquel nombre árabe y preguntó:
“¿Es de confianza?”
“Le confiaría la vida de nosotros dos a ojos cerrados, teniente.”
Y sin decir nada más Jones tomó del brazo a la mujer y se dirigieron a la puerta de la taberna.
Los otros oficiales habían seguido de cerca el desarrollo de la reunión entre Jones y la teniente Bellamy. Apenas habían podido captar algunas frases sueltas, entre el escándalo que armaban. George McHale se percató que Jones se había ido sin cubrir su parte en la cuenta y alzando la voz dijo:
“¡Está bien Jones, vete con la pichoncita! ¡Que esta ronda la pagó yo!” – Y luego, bajando la voz, se dirigió al resto de los oficiales – “Este Jones es un caso... Siempre sale sin pagar y muy bien acompañado.” Guiño un ojo con picardía y los demás rieron ante la frase del oficial inglés.
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Lord Tyranus
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Lord Tyranus
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1:36 AM - Aug 01, 2012 #3

Domingo, 12 de setiembre de 1943. El Cairo, poco después de las 9 de la mañana.

Un viento tibio hacía que la ropa de los tres caminantes de aquella calleja de El Cairo se moviera ondulantemente, como si tuviera vida propia. El sol ya estaba alto en el cielo y el fuerte calor empezaba a sentirse. Sin embargo, la sombra de los edificios que bordeaban el callejón y el vientecillo tibio hacían que el viaje fuera cómodo. Después de dar varias vueltas en las callejuelas de aquel viejo barrio cairota, los tres caminantes se detuvieron ante un portón de madera, de dos hojas, una de las cuales estaba abierta y mostraba parte de un oscuro corredor. Un árabe viejo y harapiento estaba sentado a la sombra y miró desconfiadamente a los tres recién llegados. Uno de aquellos le dirigió la palabra e intercambiaron el tradicional saludo árabe:
“Salam aleikum” – expreso el recién llegado, con voz de barítono y sonriendo abiertamente.
“Aleikum salam, efendi.” – respondió el viejo, con voz trémula.
Los dos hombres iniciaron una conversación en un dialecto árabe poco usual y poco a poco la conversación se convirtió en discusión. En cierto momento aquel viejo harapiento se levantó malhumorado y amenazando con el puño a los recién llegados.
Sallah se volvió hacia sus compañeros y con una voz que reflejaba profunda molestia y algo de vergüenza les dijo:
“Tal parece que a quien buscábamos ya no vive aquí. Este viejo pillo, que es uno de sus viejos sirvientes, me ha dicho que si no le doy 20 ginahi no nos da la nueva dirección. ¡Ladrón descarado!”
Indiana sonrió a medias y metiendo la mano en la bolsa sacó unas cuantas monedas de plata. Entregó un puñado a Sallah y observó divertido como su amigo regateaba con el viejo. Al cabo de un rato Sallah se volvió hacia sus amigos, sonriendo de nuevo. Extendió la mano y devolvió a Indiana la mitad de las monedas que aquel le había dado momentos antes:
“No has perdido el tino, Indy. El viejo, apenas vio que tenemos algún dinero, aceptó darnos la dirección por solo 10 ginahi.”
La mujer que los acompañaba les miró sorprendida y cuchicheo de forma que solo Jones la podía escuchar:
“¿No debió ser al revés? El viejo debió dejarse una suma mayor.”
“Son costumbres árabes, teniente. Regatear precios es el pasatiempo favorito de los cairotas.”
La mujer se encogió de hombros y apuró el paso, porque Sallah ya se había adelantado guiándolos a la nueva dirección que el viejo malhumorado les había dado. Salieron de aquel barrio miserable y entraron a uno de mejor aspecto. Llegaron a una plazoleta, convertida en una especie de mercado. Sortearon amablemente a los vendedores que se les aproximaban a ofrecerles sus mercancías: objetos de bronce, alhajas de todo tipo, frutas, telas, comidas y el infaltable kebab. Cruzaron aquel mercado y se internaron en una calle amplia y limpia. Al final llegaron a una casa recién encalada, a cuya entrada había un portón de hierro forjado, el cual estaba cerrado. Tocaron la campanilla y al rato apareció un joven quien les abrió y con gran ceremonia los invitó a pasar. Siguieron al sirviente por un corredor y entraron a un patio en cubierto de azulejos, en cuyo centro había una pequeña fuente. Unas jaulas con algunos pájaros estaban ubicadas a la sombra. Y ahí cerca, en una especie de diván estaba cómodamente sentada una mujer, cubierta con un fino velo que no dejaba ver más que sus ojos. Esta les hizo una señal con la mano y los tres se aproximaron y se sentaron a la indicación de la mujer, en unos cojines que había dispuestos alrededor del diván. La enigmática mujer habló, luego de intercambiar los saludos de rigor:
“¿Qué desean saber, distinguidos visitantes?”
Sallah tomó la palabra y le explicó el motivo de la presencia de aquellos viajeros en tierra egipcia. La mujer posó una intensa mirada en la teniente Bellamy. Frunció el entrecejo levemente y movió su mirada al hombre de ojos de color verde azulado, que permanecía cómodamente sentado en su cojín. El ceño de la mujer se mantuvo serio. Finalmente llamó a uno de sus criados, que se aproximó rápidamente y se inclinó para que la mujer le murmurara algunas palabras al oído. El sirviente hizo una reverencia y a toda prisa se internó en uno de los salones que daban al patio. Al cabo de un rato volvió, llevando un bulto entre las manos. Llegó junto a su ama y haciendo una nueva reverencia, abrió el paquete y ofreció el contenido. Ceremoniosamente la mujer extrajo una serie de pergaminos, de vieja apariencia. Hojeo entre ellos y finalmente encontró lo que buscaba. Leyó durante un rato y finalmente habló:
“La leyenda que ustedes conocen es tal cual en buena parte. Sé que no os interesan los detalles menores. Lo importante es que, si bien es cierto, la armadura esta completa y junta, está encerrada en una cámara que requiere de una llave especial. O más bien un grupo de llaves. Cada llave, tiene las indicaciones para encontrar la siguiente. Son tres llaves. La cámara que buscan está en Jerusalén. En una cripta subterránea, muy dentro de las mazmorras de la antigua fortaleza romana. La primera llave es la más difícil de encontrar. Esta llave está muy lejos de aquí, escondida en una vieja fortaleza otomana en la isla de Chipre. Esta fortaleza actualmente es parte de un monasterio, famoso por estar en una montaña y ser de muy difícil acceso. Por desgracia, no conozco el nombre de ese monasterio.”
Sallah murmuró al oído de Indiana, con la voz impregnada de un poco de desilusión:
“Menuda ayuda, Indy. En Chipre hay docenas de monasterios que calzan con esa descripción.”
“No te preocupes, amigo. Creo que la búsqueda se limita a tres o cuatro lugares. Después te explico por qué.” – Indiana se adelantó a la pregunta que se formaba en la boca de Sallah, quién sonrió entre desconcertado y complacido.
Sallah recibió un nuevo puñado de monedas por parte de Indiana y el egipcio las depositó ceremoniosamente en una fuente de bronce, colocada en una mesita a un lado del diván. Era el precio de hablar con aquella enigmática mujer. Los otros dos se pusieron de pie y se disponían a salir, cuando la teniente Bellamy, rompiendo el protocolo, se dirigió directamente a la adivina y le pregunto, en un árabe impecable:
“¿Alguien más le ha hablado sobre esto recientemente?”
La mujer no respondió de inmediato. Permaneció un momento mirando a la inglesa impertinente y finalmente respondió:
“Nadie ha preguntado sobre la llave en mucho tiempo. Son ustedes los primeros que se presentan aquí siguiendo leyendas descabelladas de héroes infieles de tiempos pasados.”
Bellamy sonrió levemente, se inclinó ante la mujer y se reunió con sus compañeros. Cuando salieron a la calle, Indiana le pregunto:
“¿Por qué le preguntaste eso? ¡Pareció molestarse! La costumbre dicta que una vez que has pagado el servicio de la adivina, no puedes preguntarle nada más.”
“Fue una suerte que me respondiera entonces. Pero necesitaba saber si Jung o algún otro espía están siguiendo esta pista. Yo no sabía nada sobre eso de las llaves y la cripta en las mazmorras.”
“Yo tampoco. Fue un buen truco. Ahora tenemos una ventaja.” – dijo Jones.
“No estaría tan seguro, Indy. Esta vieja bruja es capaz de cualquier engaño y no le gusta que le pregunten sobre sus otros clientes.”
“¿Pero es de confianza?” – Bellamy preguntó preocupada.
“Bastante confiable. Mi padre hizo cantidad de tratos con el padre de esta bruja. Yo mismo la he consultado en dos ocasiones previas y con buenos resultados. No me pregunten como lo hace, pero esa adivina tiene unos recursos impresionantes. Y si uno sabe lo que busca, ella le pondrá en la dirección correcta.”
“Decidido entonces. Nos vamos a Chipre y cuanto antes mejor.” – dijo Jones antes de emprender el camino de regreso.
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Dargas
Primer Teniente
Dargas
Primer Teniente
Joined: 7:59 PM - Dec 11, 2006

1:13 PM - Aug 01, 2012 #4

mae que tuanis!!... sigale conde!
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

4:33 AM - Aug 04, 2012 #5

Dargas pide...

Dargas obtiene

Miércoles, 15 de septiembre, 1943. Nicosia. Al medio día.

Vestidos como si fueran habitantes del lugar, tres extranjeros almorzaban plácidamente en un mercado. Dos hombres y una mujer, que de cuando en cuando daba una mirada nerviosa en derredor. Los dos hombres sonreían ante el nerviosismo manifiesto de la dama y volvían a concentrase en sus viandas. Alí al-Fulanir, un conocido de confianza de Sallah, pasaría a recogerlos dentro de unos minutos y los llevaría a una montaña, donde se ubicaba el monasterio que Indiana señalaba como el adecuado. Decidieron aprovechar que tenían algún tiempo libre y almorzaron de una buena vez. Jones y Sallah estaban acostumbrados a aquel tipo de comidas, pero para la teniente Bellamy aquellos platos se antojaban algo exóticos. Gyro, queso, café y licor de uva componían aquel almuerzo. De postre tuvieron una bandeja de fruta fresca, picada y condimentada. Los tres comieron hasta quedar satisfechos y justo cuando se disponían a levantarse de la mesa, apareció Alí. Era un hombre maduro, pequeño, flaco y de rostro enjuto. Vestía sencillamente y sonreía de cuando en cuando, mostrando una dentadura relativamente bien conservada. En medio de reverencias, Alí los condujo a una calleja donde los esperaba una destartalada camioneta. Montaron y emprendieron el camino rumbo a una serie de mesetas al sur-oeste de la capital. Anochecía cuando llegaron al pie de un risco en cuya cima, alumbrada por los últimos rayos solares del día, se divisaba una edificación abandonada y algo derruida. Había sido un monasterio cristiano ortodoxo griego, hasta que unas cuantas décadas atrás un terremoto lo había afectado, haciéndolo inhabitable. Tenía un nombre impronunciable, pero que significaba “Monasterio de Nuestra Señora de la Divina Misericordia”. Alí se puso serio y empezó a darles una serie de recomendaciones. La mayoría versaban en torno a supersticiones y maldiciones que protegían el abandonado lugar de la visita de personas inadecuadas. Sallah escuchaba ceñudamente, mientras que Indiana seguía con atención las indicaciones del lugareño y la teniente Bellamy sonreía a ratos, en una franca actitud de incredulidad que incomodaba al buen Alí. Después de arengarlos unos minutos, Alí extendió ambas manos al cielo, en dirección a La Meca y elevó una breve plegaria, pidiendo a Allah que protegiera Sallah y a sus infieles amigos, quienes pese a todo, estaban allí por una buena causa. Jones y Sallah agradecieron el gesto, mientras que Bellamy se esforzaba en ocultar la sonrisa escéptica que había estado mostrando durante los últimos minutos. Alí descargó algunos paquetes y mochilas de sus pasajeros, se despidió de nuevo y montando en la camioneta emprendió el regreso. Apenas el traqueteante vehículo se ocultó tras unos matorrales, en un recodo del camino, Indiana se volvió hacia la teniente y con un tono que oscilaba entre regaño y sugerencia le dijo:
“Recuerde que somos extranjeros en este lugar. Aquí los lugareños tienen costumbres muy diferentes a las nuestras. Y la religión es tomada muy en serio por estas personas. No importa si eres cristiano, judío o musulmán, hay que mostrar respeto ante las creencias de los demás. Esto lo han aprendido ellos cruentamente. Aquí la sangre corre con facilidad por discrepancias religiosas. De allí que la tolerancia y el respeto sean muy apreciados en esta zona. ¿Me comprende? ”
“Lo sé profesor, lo sé… Discúlpeme, pero dado que soy agnóstica, a veces estas muestras de fervor me resultan un tanto… innecesarias.”
Indiana arqueó una ceja ante aquella revelación, pero no dijo nada. En silencio se puso a preparar el equipo que ocuparían en aquella exploración. Entre los tres prepararon las mochilas, cuerdas, linternas, agua y algunas provisiones. Incluso mantas, dado que anochecía y era evidente que aquel monasterio era un lugar frío. Ya era de noche cuando alcanzaron la entrada principal. El camino era muy empinado, con largos y pesados tramos de escalones tallados en la piedra. Estaban bastante cansados cuando entraron al patio tras la ruinosa entrada. Las lámparas proyectaban haces de luz que mostraban el lamentable estado de aquella parte del edificio. Dado que la oscuridad no les favorecía en absoluto, se dirigieron a un salón y establecieron el campamento donde pasarían la noche. Una rápida comprobación del lugar y sus alrededores les demostró que, aparte de las bandadas de murciélagos, ellos eran los únicos seres vivos en aquel monasterio. Se replegaron al salón, encendieron una fogata y prepararon una escueta cena. Sallah se mostraba algo inquieto ante los murmullos del viento y las sombras escurridizas que se adivinaban de cuando en cuando. Con los ojos muy abiertos pregunto:
“Oye Indy… ¿Cómo sabes que este es el lugar que buscamos?”
Jones se tomó un momento para saborear un poco del café que habían preparado antes de contestar:
“Hace un par de años, mi padre y yo viajamos a Grecia en busca de pistas sobre “La Lanza del Destino”. De casualidad, estando en Grecia, topamos con una serie de pergaminos que hablaban de un monasterio chipriota, donde estaba parte de una combinación que daba acceso a una armadura fabulosa. En aquel momento no comprendí de qué se trataba. Pero gracias a Dios, eso quedó fijo en mi memoria y aunque no recordaba el nombre del lugar, una vez que empezamos a preguntar en Nicosia, de pronto me acordé que era este el monasterio. Además, es de los pocos que en sus orígenes fueron fortalezas turcas.”
“Entonces no le fue difícil deducir que este es el lugar, profesor.” – Intervino Bellamy, al tiempo que encendía un cigarrillo- “Si su deducción es correcta no debe ser difícil dar con la primer llave.”
“Correcto teniente. Deducir el lugar fue relativamente sencillo. Lo difícil va a ser encontrar la llave. Si mal no recuerdo, bajo este monasterio corren kilómetros de catacumbas, con miles de compartimientos. Y en uno de ellos está la llave.”
“Caramba… Eso no lo esperaba. Entonces buscamos una aguja en un pajar.” – Bellamy pareció contrariada.
“No si sabes en que parte del pajar empezar a buscar” – Sallah guiñó un ojo a Indiana.
Bellamy los miró confundida y su desconcierto creció aún más cuando Jones soltó una carcajada y dijo:
“Sallah tiene razón. Ahora lo que debemos hacer es dormir. Mañana será un día muy ocupado. Has la primera guardia. Despiértame en unas cuatro horas, compañero.”
Jones se recostó contra una pared, se cubrió con una manta y echándose el sombrero sobre la cara empezó a dormitar. Sallah dejó salir una enorme sonrisa y arrebujándose en su manta se ubicó cerca de la entrada.
Bellamy se rascó la cabeza, algo confundida. Se terminó su cigarrillo y luego, apropiándose de una manta, se tumbó en un rincón, cerca de la hoguera. Al poco rato estaba dormida.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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1:35 AM - Aug 10, 2012 #6

El Sol empezaba a surgir tras unas montañas cuando la teniente Bellamy se despertó. Había tenido un sueño angustioso y lleno de sobresaltos, quizás porque no estaba acostumbrada a dormir en suelos de piedra. Se desperezó lánguidamente y bostezó varias veces restregándose los ojos antes de sentarse. Recorrió la estancia con la mirada y en un rincón vio a sus dos acompañantes, sentados cerca de una revivida fogata y charlando tranquilamente. Hasta ella llegó el fragante aroma del café que Sallah había preparado y sin perder tiempo se aproximó a ellos, buscando una taza de la deliciosa bebida.
Minutos más tarde aquellos tres personajes se internaban en una de las galerías más viejas de aquella red de catacumbas. La oscuridad era total y de no ser por las potentes lámparas que portaban no podrían avanzar más que unos cuantos metros sin tropezar con los escombros que cubrían el suelo de aquel pasaje. Indiana los había guiado directamente y sin mucho problema a la entrada de que túnel. Ahora avanzaban a buen paso por aquel pasadizo, que se hacía cada vez más estrecho y mostraba indicios de una antigüedad ineludible. Finalmente el pasadizo se encogió tanto que se vieron obligados a agacharse y a caminar uno tras otro. Las telarañas, los bichos y las piedras dificultaban ahora el avance. Sin embargo, al cabo de unos minutos, el pasadizo se volvió a ensanchar, porque desembocaba en una especie de sala, excavada en la piedra. Al fondo se apreciaban un par de columnas, adosadas a la pared. El espacio entre ambas columnas era extrañamente regular y mucho más liso que el resto de las paredes de aquella sala. Indiana se aproximó y con ojo experto examinó aquella pared. Con la mano retiró algunas telarañas y dejó al descubierto una especie de grabados, de formas vagamente helenísticas. Sonriendo se volvió a sus acompañantes y les dijo:
“No hay duda. Este es el lugar. Me parece que lo que buscamos está tras esta pared.”
Bellamy se aproximó a la pared. La palpó, la golpeó e incluso la empujó con todas sus fuerzas. Pero aquella mole de piedra ni siquiera crujió. Algo desalentada se volvió a Indiana y dijo:
“¿Está seguro profesor…? Esto parece una pared de roca solida.”
“Usted lo ha dicho. “Parece” ser una pared de roca solida. Pero en realidad es una puerta. Y para abrirla solo debemos encontrar la cerradura.”
Sallah, apenas oyó aquellas palabras, se puso a limpiar zonas de una de las paredes que estaban cerca de aquellas columnas. Jones empezó una operación similar del otro lado. Al cabo de un momento Sallah, cubierto de polvo y telarañas , se volvió hacia Indiana y exclamó:
“¡Indy! ¡Aquí hay algo! ¡Ven a darle una ojeada!” – Y sonriendo se echó atrás para hacerle campo a su amigo.
Jones se aproximó al sitio que señalaba su amigo. Se trataba de un agujero en la pared, parcialmente cubierto por tierra y polvo. Con la ayuda de un pedazo de madera, Indiana limpió el hoyo. Alumbró dentro de la oquedad y le pareció ver una palanca. Cuidadosamente introdujo el brazo en aquella abertura y cerró la mano, asiendo firmemente aquella palanca. Tiró de ella en una dirección, pero no se movió. Tiró en dirección contraria y le pareció que empezaba a moverse. Aplicó más fuerza y la palanca se movió con mayor facilidad. Se oyó un ruido sordo, después un sonido de algo que se rompía con un fuerte “crack” y la palanca se partió. Jones sacó el brazo de la oquedad. Miró la pared de roca que él insistía en que era una puerta y vio, satisfecho, que una parte de la misma se había desprendido, dejando una fisura. Oyó que Bellamy decía:
“Tal parece que la cerradura se rompió… ¿Y ahora qué hacemos?”
“Empujar” – fue la única respuesta de Indiana.
El y Sallah se apoyaron contra la roca y empezaron a empujar con todas sus fuerzas. La fisura empezó a hacerse más grande. Entusiasmada por aquello, Bellamy tiró al piso el cigarrillo que momentos antes había encendido y cargó con todo su peso contra aquella plancha de piedra. La fuerza combinada de aquellas tres personas hizo que la puerta cediera más rápidamente. Apenas la abertura fue lo suficientemente ancha, dejaron de empujar y cautelosamente se pasaron al siguiente salón.
Estaban ahora en una caverna, totalmente natural, oscura y húmeda. El aire se sentía pesado y un olor a viejo flotaba en aquel lugar. Dejaron allí parte del equipo que portaban y siguieron avanzando, esta vez con mucho cuidado, internándose cada vez más en aquella galería milenaria. De pronto el avance se vio cortado por un hundimiento en el suelo de la cueva. Era demasiado ancho para saltarlo con facilidad y desde el fondo subía un rumor de aguas en movimiento, quizás un río subterráneo. Sin inmutarse, Jones descolgó el látigo que llevaba sobre la cadera izquierda. Alumbró las paredes delante y arriba y vio un pedrusco que se adaptaba a sus intenciones. El látigo zumbó en el aire y se enganchó en la roca. Jones se columpió con el látigo hacia el otro lado del hoyo. Sallah le arrojó una linterna y los que se quedaban en aquella orilla escucharon que Jones les decía:
“Aguárdenme aquí un momento. Voy a ver que hay más adelante.” – Dio media vuelta y se internó en la oscuridad. Al cabo de un par de minutos Sallah y Bellamy vieron que regresaba. Se dieron cuenta que sonreía al decirles:
“Será mejor que vengan a este lado. Parece que tenemos suerte.”
Usaron una cuerda que Sallah había llevado y con alguna facilidad pasaron al otro lado. Ambos siguieron a Jones y se dirigieron más profundamente en aquella caverna. Se encontraron ante una estancia que había sido limpiada en otros tiempos. En una pared habían esculpido una especie de capilla, en un claro patrón griego. Y en el centro justo de la capilla, había una especie de cilindro de piedra verduzca. Era de jade, de unos treinta centímetros de largo por unos ocho de diámetro. En uno de sus extremos había una talla extraña, dentada, como para empotrarle otra pieza. El otro extremo había sido perforado de una forma peculiar. Bellamy se adelantó a tomar aquel objeto y sintió el brusco tirón que le dio Indiana, evitando que ella levantara el cilindro. Asombrada y molesta se volvió hacía Jones y exclamó:
“¿Qué pasa? ¿Acaso no vamos a llevarnos eso? Aquí no hay nada que temer.”
“Eso es justamente lo que me preocupa. Puede haber alguna trampa. No toquen nada.”
Jones acercó la linterna y estudió cuidadosamente el cilindro, la base donde descansaba y el pilar donde aquella estaba colocada. No encontró indicios de alguna treta y cuidadosamente empezó a levantar el cilindro. Los tres contuvieron la respiración mientras Indiana recogía aquel objeto, aguzando el oído y con los demás sentidos en alerta. Sin embargo no pasó nada y el silencio sepulcral en que estaban no era interrumpido más que por el leve suspiro que Jones dejaba escapar, satisfecho y aliviado. Introdujo el cilindro de jade en su bolsa y ajustándose el sombrero declaró:
“Muy bien, tenemos la primer llave. Ahora debemos averiguar dónde está la segunda.”
Sallah se le aproximó y susurrando, preguntó:
“¿Que sugieres Indy? ¿Por dónde empezamos a buscar?”
Erin Bellamy se aproximó silenciosamente a los dos hombres, dispuesta a no perder palabra de lo que dijera el profesor:
“Creo que buscamos un bajorrelieve o alguna talla similar. Se supone que la pista a la segunda llave debe resistir el paso del tiempo. Así que podemos descartar las pinturas, los pergaminos y los papiros. En esta humedad ya se habrían desvanecido o estropeado.”
Cada uno, con ayuda de su lámpara se dio a la tarea de revisar el lugar. Pero la búsqueda no dio ningún resultado. El resto de la estancia era tierra y roca al natural, sin ningún indicio de haber sido alterada en forma alguna por el hombre. Repasaron la estancia varias veces y finalmente se dieron por vencidos. Allí no había nada más. Erin revisó la columnata donde reposaba la llave, pero aquella era una talla limpia, sin ningún ornamento. Incluso la volcaron, pero era un segmento de roca sólida. Sallah, rascándose la barba, habló:
“¿Y si la pista está fuera de aquí…? Quizás en la galería que nos trajo acá. Vi que había algunas partes talladas.”
“Es una buena idea. Salgamos a buscar. En todo caso ya no tiene sentido seguir aquí dentro.” - dijo Indiana y de inmediato se dirigió a la salida.
Llegaron a la puerta y se prepararon para salir. Mientras recogían las mochilas, Erin alumbró, sin darse cuenta, la cara interna de aquella losa de roca que funcionaba como puerta. El ojo astuto de Indiana pareció entrever algo y se acercó rápidamente a la piedra. Sonrió al darse cuenta que parte de la roca estaba grabada con caracteres griegos. Ayudado por sus acompañantes, no tardó mucho en limpiar aquel bajorrelieve. Al cabo de unos minutos tenían frente a ellos un texto en griego antiguo. Jones no tardó mucho en descifrarlo, ante la mirada sorprendida de sus acompañantes. Pero conforme avanzaba en la traducción, la expresión de Indiana se tornaba cada vez más sombría y preocupada. Sallah no dudó en preguntarle:
“¿Qué pasa Indy...? ¿Es o no es la pista que buscamos?”
Indiana lo miró en silencio un instante antes de responderle:
“Es la pista. Es clara y fácil de interpretar. La siguiente llave está en el pedestal de la estatua de Hefesto en el templo de Lixos…”
“Pero ese templo…” – le interrumpió Bellamy – “… según entiendo fue arrasado hace centenares de años. Hoy en día no queda nada.”
Jones sonrió tristemente antes de continuar:
“En parte es cierto. Sin embargo, hace poco menos de 20 años un grupo de exploradores portugueses encontró los restos de ese templo. Pese a que las riquezas y las obras grandes habían sido saqueadas cientos de años atrás, encontraron cosas interesantes en las ruinas. Entre ellas la base de la estatua que buscamos. Desgraciadamente eso está en un museo en Marruecos. Sí la llave está dentro de la base, tenemos que ir a Casablanca.”
“¿Entonces sabe donde está?” – La mujer se aproximó a Indiana al preguntar aquello.
Jones afirmó con unos cuantos movimientos de cabeza antes de decir:
“Sé donde está. He leído bastante sobre esa pieza e Incluso tengo una buena descripción de la misma. Pero me temo que aproximarnos a ella no va a ser para nada fácil.”
Erin Bellamy pareció sorprendida por el tono pesimista de aquella aseveración:
“¿Y por qué ese tono tan apático, profesor?”
Indiana suspiró antes de responder:
“¿No me oyó usted cuando dije que está en Casablanca?”
“Perfectamente. ¿Y cuál es el problema entonces?”
“Que en este momento Casablanca está totalmente ocupada por los nazis.” – respondió Jones.
Bellamy se percató que la sonrisa había abandonado también el rostro de Sallah y que este ahora temblaba levemente.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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2:54 AM - Aug 22, 2012 #7

Sábado, 18 de septiembre de 1943, cerca de las seis de la tarde, un oasis en algún lugar del Sahara cerca de Marruecos.

Los beduinos habían levantado sus carpas al pie de una enorme duna. Un viento fresco recorría el lugar y reconfortaba luego de un día extremadamente caluroso. Un hombre charlaba animadamente con una mujer, sentados cómodamente cerca de una hoguera, al tiempo que el hombre tomaba café y la mujer disfrutaba un cigarrillo. Un árabe, gordo, de cara redonda y bonachona, estaba sentado un poquito más lejos, disfrutando de un plato de carne de cordero, té y algunas frutas secas. Sallah sonreía pícaramente de cuando en cuando, al observar a Indiana bromear con la joven teniente que les acompañaba. Los observó en silencio y aprovechó que la joven se levantaba y entraba a una tienda, para llamar la atención de Indiana, quien perezosamente se levantó y fue a sentarse cerca de su apreciado camarada. Jones tomó unos cuantos higos secos y un dátil. Fue entonces cuando se dio cuenta de la sonrisa pícara que había dibujada en la cara aceitunada de aquel cairota. Algo desconcertado preguntó:
“¿Qué pasa, hombre…? ¿Quieres decirme algo?”
“Indy, te conozco hace muchos años y se qué tipo de mujeres te gustan…”
“¿Mujeres…? ¿De qué estamos hablando, Sallah?” – interrumpió Jones al tiempo que tomaba otro dátil.
“De ti y la teniente.” – respondió Sallah con una sonrisa cada vez más amplia.
“¿Erin?” – Indiana pareció momentáneamente desconcertado – “¿Qué pasa con ella?”
“Vamos hombre.” – Sallah le dio un breve codazo a su amigo – “Veo como la miras. ¿Has pensado en…? Tu sabes a lo que me refiero, viejo pillo.”
“¿Con Erin?” – Indiana se rascó la cabeza – “¿Estás loco…? ¡No, no, no! Erin es linda y muy agradable, pero por alguna razón no me inspira lo que me estas sugiriendo. En un principio pudo haber sido. En todo caso, es una inglesa típica y no podría ser. Ambos somos oficiales. ¡Y luego de tratarla estos últimos días me he dado cuenta que es la versión femenina de mi padre! ¡Y eso ya es demasiado decir! Además estamos en una misión que no deja tiempo para escarceos románticos. ¡Sallah, el Sol te ha tostado el cerebro y te estás imaginando cosas!” – Jones soltó una carcajada bastante incómoda, pero totalmente genuina.
Sallah dejó de sonreír y adoptó un aire pensativo. Que Indiana no quisiera cortejar a una mujer de tan buen ver, era algo nuevo para él. O aquello era inaudito o Jones le estaba tomando el pelo.
Las cavilaciones de Sallah se vieron interrumpidas en aquel momento ante la llegada de otro grupo de viajeros. Vestían como mercaderes nómadas del desierto y llevaban una buena recua de camellos y dromedarios, cargados con agua, comida y mercancías, algunas muy valiosas. Algunos de los recién llegados eran beréberes e incluso unos pocos eran beduinos, pero dos o tres eran claramente extranjeros. Uno de ellos, alto, de pelo negro, facciones fuertes y expresión melancólica, aparentaba ser el jefe de la comitiva. Jones y Sallah vieron de lejos como el recién llegado intercambiaba unas palabras con el jefe de la caravana con la que viajaban. Ambos sonreían y se estrecharon las manos fuertemente. La conversación era animada y de un momento a otro el beduino señalo directamente en dirección a Indiana. El recién llegado asintió con la cabeza y saludó brevemente a Jones, pero de inmediato reanudó su charla con el beduino que tenia frente a él. Al cabo de unos minutos, ambos hombres de despidieron, dándose afectuosas palmadas en la espalda y sonriendo amigablemente. Sallah estaba algo sorprendido por aquel comportamiento. Si bien los beduinos podían ser muy amables y hasta hospitalarios, no eran muy efusivos entre ellos y menos aún con los extranjeros. Intrigado, contempló como aquel hombre se les aproximaba. Cojeaba ligeramente, pero aún así tenía un andar firme y decidido. Cuando habló, le sorprendió el fuerte acento norteamericano:
“Buenas noches. Es un lindo lugar para acampar. ¿Les molesta si les hago compañía un rato?”
Indiana se presentó y presentó a Sallah. El hombre se sentó frente a ellos, los miro fijamente, paladeo con deleite el café que Sallah le había servido y contestó:
“Es algo extraordinario encontrarse a otro norteamericano en este desierto. Me llamo Blaine, Rick Blaine.” – y mientras otro forastero se aproximaba al sitio, Blaine aprovecho para presentarlo – “Y este es mi amigo y socio, Louis Renault.”
El recién llegado esbozó una amplia sonrisa y saludó rimbombantemente:
“Bonsoir, messieurs. C'est un plaisir d'être avec vous.”
Sallah miró a Indiana desconcertado, pero sonrió un poco cuando aquel contestó fluidamente:
“Bonne nuit aussi. Le goût est notre.”
Renault soltó una estruendosa carcajada y habló en un buen inglés diciendo:
“¿Quién lo hubiera creído, Rick…? Aún en este desierto miserable es posible encontrar de cuando en cuando gente educada.” – y estrechó fuertemente las manos tanto de Jones como de Sallah.
Erin regresó en ese momento y Louis se puso de pie y galantemente repitió sus saludos empleando el francés. Bellamy se limitó a sonreír y se sentó junto a Indiana, sacando un nuevo cigarrillo. Antes que pudiera encenderlo, Renault se adelantó y sacando un encendedor procedió a darle fuego. La mujer sonrió, dio una fuerte chupada y retrepándose en su asiento, exhaló el humo lentamente. Desvió su atención a la conversación que entablaban Jones y Blaine en ese momento:
“¿Hace mucho que viajan con esta caravana?” – preguntó Blaine.
“Un par de días cuando mucho. Tuvimos suerte de que el jefe nos permitiera seguirlo. Por suerte mi amigo es un excelente negociador y aquí estamos. Pagando por ello, claro está. Hoy en día nadie hace nada de gratis.” – contestó Jones.
“Es cierto. Culpemos a la guerra. El contrabando se ha incrementado muchísimo por esta causa. Y los beduinos han sabido aprovechar cuanta ocasión se les presenta. No los culpo, porque de una u otra manera es un buen negocio.” – Blaine sacó un cigarrillo y se puso a fumar lánguidamente.
“¿Y qué hay de ustedes? ¿De dónde vienen y para donde van? Claro, si puede saberse”- Indiana sonrió a medias al terminar la frase.
Blaine no contestó y se limitó a mirar a Renault, quien dijo:
“La verdad, no vamos ni venimos. Simplemente nos movemos por aquí y por allá. Hace un tiempo estuvimos en Casablanca, pero tuvimos que dejarla por ciertas cuestiones que no viene al caso mencionar.”
¡Casablanca! Justo al lugar que se dirigían. Jones se convenció que aquel par de recién llegados le podían ser de suma utilidad si sabía ganarse su confianza. Eso les abría una oportunidad que hasta hace poco no tenían. Indiana dejó escapar una leve risa antes de proseguir diciendo:
“Puedo imaginármelo. Con todos esos nazis por ahí, rondando. No ha de ser fácil para un norteamericano y un francés permanecer en esa ciudad.”
“Oh no, no, no. Los nazis no fueron exactamente los culpables de que abandonáramos Casablanca. Algo tuvieron que ver, si, pero no fueron la principal razón. De hecho teníamos muy buenos negocios con ellos, ¿verdad Rick?” – Renault trató de justificarse nerviosamente.
Blaine se limitó a asentir levemente con la cabeza y desvió la mirada hacia la hoguera que ardía alegremente y calentaba al grupo. Conforme caía la noche el lugar se ponía cada vez más frío. Miró hacía el cielo que oscurecía rápidamente y preguntó:
“¿Y ustedes…? ¿Qué hacen por aquí? ¿La guerra o los negocios?”
Pareció que Erin iba a contestar, pero Jones la atajo antes que pudiera decir palabra:
“Ni una ni otra razón. Somos un grupo de arqueólogos y estamos en camino a Casablanca, justamente.”
“¿Arqueólogos rumbo a Casablanca…? Me temo que no van a encontrar nada de valor. Los nazis están limpiando concienzudamente la ciudad.” – Renault sonrió tristemente al decir eso.
“Una manera elegante de decir que están saqueando la cuidad, Monsieur”- intervino Bellamy.
“¿Se puede decir de otra forma? Me imagino que sí, pero hemos aprendido a expresarnos… ¿Cómo decirlo…? De la forma más políticamente correcta. Así nos evitamos problemas.” – respondió Louis manteniendo la sonrisa triste.
La conversación siguió de esta forma, tocando temas triviales y de cuando en cuando temas un poco más formales. Indiana sabía cómo llevar la conversación al punto que le interesaba, pero Blaine, una y otra vez se negaba a morder el anzuelo y no había forma de comprometerlo a revelar algo. Parecía que aquel hombre no quería recordar nada que tuviera que ver con Casablanca. Un par de horas más tarde Erin se disculpó, se despidió de sus acompañantes y se levantó para dirigirse a su carpa. Sallah y Louis estaban entretenidos en una amena conversación sobre apuestas en las carreras de camellos. Indiana decidió jugarse su mejor carta, hablar con Blaine en privado con total franqueza y contarle parte del plan que los llevaba rumbo a Marruecos. Blaine lo escuchó apenas haciendo uno que otro comentario y cuando Indiana terminó de exponerle sus ideas, calló durante un rato. Algo le decía a Rick que Indiana había sido franco y pese a que sospechaba que aquel no le había contado la historia completa, decidió tratar de ayudarle. Blaine empezó diciendo:
“Le sugiero que entre a Casablanca con la caravana. De aquí a la cuidad son cuatro o cinco días más. Si puede vístase como un circasiano o un palestino, porque ahora hay muchos por aquí y usted pasaría inadvertido si consigue un buen disfraz. Una vez que esté en Casablanca, puede buscar la ayuda del señor Ferrari. Dígale que va de mi parte. No le costará mucho encontrarlo. Es el dueño de un lugar llamado ‘Blue Parrot Bar’ e incluso es el dueño de otro negocio llamado ‘Café Americano’, que antes era de mi propiedad. Ambos lugares son muy concurridos en la ciudad. Eso sí, tenga cuidado con los parroquianos. Los hay honestos, la mayoría, pero algunos son truhanes de poca monta y los menos son realmente peligrosos. Se sorprendería de lo que son capaces de hacer por unas cuantas monedas o un buen fajo de francos. Si va al Café Americano puede confiar a ojos cerrados en Sam, el pianista del lugar, si es que aún está allí. Ferrari tiene buenas relaciones con los alemanes, pero en el fondo los odia tanto como el que más. Estoy seguro que él podrá ponerlos a buen recaudo y ayudarles bastante, si se lo saben pedir.”
Durante un rato más Blaine puso al corriente a Jones del ambiente que reinaba en Casablanca, al menos hasta el momento de su partida. Le contó detalladamente sobre la ubicación de los alemanes y los sitios que frecuentaban, le habló de los lugares de reunión clandestina de los partisanos y los agentes aliados. Jones tomaba notas y de cuando en cuando interrumpía para hacer preguntas y aclarar detalles que consideraba valiosos. Una media hora más tarde, Blaine le había contado cuanto recordaba y creía que podía serles de utilidad. Jones agradeció profundamente todo aquello. Estaba en lo cierto cuando apostó a que Blaine era un buen tipo y que de una u otra forma acabaría ayudándoles. Ambos hombres se dispusieron a regresar al sitio donde Renault y Sallah seguían conversando animadamente, sabrá Dios sobre qué cosa ahora. Antes de regresar al lugar, Indiana detuvo a Rick tomándole del brazo y preguntándole:
“Solo una cosa más Blaine. ¿Cuál fue el motivo que te obligo a abandonar Casablanca?”
“¿Para que necesitas saberlo, Jones?”
“Mera curiosidad y especulación a partes iguales. Todo lo que me has dicho es valioso, pero dependiendo de tus motivos para abandonar la cuidad puede que no valga para nada estando allá.”
Blaine miró durante un instante a Jones, con una sonrisa entre cínica y apesumbrada, antes de decir:
“Una mujer. Ilsa Lund. Por ayudarla a ella tuve que matar a un mayor alemán. Sin embargo Renault me ayudó y aquí estamos. ¿Satisfecho?”
“Cherchez la femme…” – dijo Jones quedamente y sonriendo a medias. Sospechaba que una había una mujer de por medio. Era la única explicación al porque un hombre tan bien informado y con ciertas influencias vagaba ahora por el desierto, como un nómada más, en compañía de un francés y un grupo de mercaderes beduinos y beréberes.
Blaine se limitó a sonreír débilmente. Encendió el último cigarrillo que portaba y a paso lento se dirigió a su tienda. Fue la última vez que Indiana lo vio, dado que Blaine y su grupo abandonaron el lugar en horas de la madrugada.
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Lord Tyranus
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4:09 AM - Sep 02, 2012 #8

Jueves, 23 de setiembre del 1943. Las dos de la tarde, Casablanca. Blue Parrot Bar.

Un hombre alto, vestido en parte a la usanza palestina, entró al local. Lo seguía una mujer y un árabe, que se movía nerviosamente y miraba con gesto preocupado a uno y otro lado. El hombre alto se despojó del kafiyah que le cubría la cabeza y el rostro, dejando al descubierto una cabellera alborotada y una cara algo quemada por el Sol del desierto. El trío de recién llegados se aproximó a la barra, donde un hombre negro limpiaba aburridamente unas copas de vidrio ordinario. El hombre alto habló para preguntar:
“Buscamos al señor Ferrari. ¿Se encuentra por aquí?”
El hombre terminó de limpiar la copa que lo atareaba en ese momento, tomándose su tiempo antes de responder:
“El patrón está en su oficina, pero hoy no recibe visitas. A no ser que sean de proveedores.”
Indiana Jones se rascó la barbilla con gesto pensativo antes de decir:
“Entiendo. Pero Ferrari está recibiendo cartas y mensajes, ¿verdad?”
El hombre se limitó a asentir al tiempo que empezaba a limpiar otra copa.
Jones y sus acompañantes se sentaron en una mesa, cerca de la barra, desde la cual podían ver la puerta cerrada de la oficina que el dependiente había señalado como la de Ferrari. Indiana extrajo un trozo de papel de su bolso y con un lápiz se puso a escribir un mensaje. Cuando terminó se acerco nuevamente a la barra y dirigiéndose al hombre, le pidió:
“¿Serías tan amable de entregarle este recado a tu jefe?”
El negro lo miró de arriba abajo y volvió a decir, con aire cansado:
“Señor, ya le dije que el patrón hoy no recibe visitas. En eso él es inflexible.”
Indiana encaró al dependiente y con firmeza le respondió:
“A ver si nos entendemos, muchacho. No te estoy diciendo que me lleves con tu jefe. Te estoy pidiendo que le lleves este papel. Ya entendí que hoy no recibe visitas, pero tú mismo me confirmaste hace unos minutos que si recibe mensajes. Y esto…” –agitó el papel frente a la cara del negro – “… es un mensaje. Y puedes apostar tu sueldo a que es bien urgente que tu patrón lo reciba.”
De mala gana el dependiente dejó el paño con que lustraba las copas y tomando el papel que Jones esgrimía se dirigió a paso lento a la oficina del dueño. Indiana regresó a su mesa y se sentó con junto a sus acompañantes. Vio como entraba a la oficina y al momento regresó a su lugar, donde continuó su monótona tarea de pulir copas. Apenas un par de minutos después Ferrari dejó su oficina y se dirigió directamente a la mesa donde Jones, Bellamy y Sallah esperaban. Era un hombre de poco más o menos sesenta años, gordo y calvo, que llevaba un fez y vestía de blanco. Apenas saludó y dirigiendo una mirada disimulada a la puerta del local, les indicó que le acompañaran a su oficina. Al pasar junto a la barra, Ferrari le indicó a su empleado que si alguien más preguntaba por él, tenía que decir que había salido y que volvería al otro día. Estando adentro de la oficina, Ferrari puso el seguro y sentándose tras su pequeño escritorio, indicó a sus visitantes que tomaran asiento. Ferrari habló:
“Será mejor que lo que quieren sea realmente importante. Lo que le dije a Amir despistará a los otros, pero si vienen los nazis… A ellos no es tan fácil confundirlos. Me temo que he usado demasiadas veces ese truco de fingir mi ausencia. Saben perfectamente que siempre estoy aquí. Pero antes de que me digan sus cosas, permítanme preguntarles por el buen Rick Blaine. ¿Cómo está él?”
“Lo vimos hace poco más de cinco días en un oasis cerca de la frontera marroquí, acompañado por un francés de apellido Renault. Al parecer se unieron a una caravana de mercaderes beréberes y recorren el desierto comerciando.” – dijo Erin.
Ferrari dejo escapar una breve carcajada y luego de secarse el sudor de la frente con un fino pañuelo de seda, dijo lo siguiente:
“Blaine no es comerciante. Es un contrabandista de armas. Cuando abandonó la ciudad, supe a las semanas que se había ido hacia Brazzaville. Sin embargo a los pocos meses volvió de improviso a la ciudad, de noche y disfrazado, por supuesto. Estuvo aquí mismo, conversando conmigo. Me contó de sus planes de colaborar con los rebeldes franceses, proveyéndoles armamento de contrabando. Algo en lo que ya él tiene bastante experiencia por lo que sé.” – Ferrari guardó silencio un momento, pensativo, antes de continuar hablando – “Es un buen tipo ese Blaine. Fue mi más grande rival en el negocio, pero por extraño que suene, ahora que no está aquí le echo de menos. Era un tipo algo callado, pero cuando quería era un interlocutor excelente y muy bien informado. Pese a nuestra rivalidad en los negocios, siempre lo consideré un buen amigo. Quizás el único verdadero amigo que he tenido en esta ciudad en mucho tiempo.”
Indiana preguntó, aprovechando la coyuntura:
“Señor Ferrari, ¿Qué pasó con el ‘Café Americano’? ¿Es suyo ahora? ¿Sigue funcionando?”
La cara de Ferrari adoptó una expresión de tristeza y abatimiento antes de contestar:
“Los nazis me lo arrebataron. Se lo cedieron a un austriaco de malas pulgas y ahora se llama ‘Café Berlinés’. Es el punto de reunión favorito de los alemanes.”
“¿Y Sam? ¿Qué pasó con Sam?” – preguntó Bellamy.
“¡Oh, el viejo Sam! Era el pianista de Blaine… Estuvo conmigo unos meses. Pero hace dos semanas decidió regresar a Nueva York. Es otro a quien echo de menos. Cuesta encontrar buenos músicos por aquí. Y Sam era de los mejores. Tocaba el piano como solo él sabía hacerlo… Una lástima que se halla marchado.”
Dicho todo esto, Indiana le contó a Ferrari parte de las razones por las cuales estaban en Casablanca. Le pidió ayuda para entrar al museo donde se encontraba la pieza que buscaban y Ferrari prometió hacer unas cuantas llamadas, incluso hospedarlos por un par de días.
Unos momentos después, Indiana, Sallah y Bellamy abandonaban la oficina por una portezuela secreta que los llevo por un corredor hasta una bodega. De allí subieron unas gradas de madera vieja y crujiente que los llevaron a un patio pequeño y cerrado. Entraron a una casa y subieron una escalera angosta, hasta unas cómodas y pequeñas habitaciones en el piso superior. Allí se acomodaron mientras esperaban que Ferrari moviera sus fichas. Sin más que hacer por el momento y luego de refrescarse un poco, los tres decidieron tomar una breve siesta.
Un poco más tarde recibieron la visita del señor Ferrari, quien había logrado hacer los contactos necesarios para proporcionarles documentos falsos que les permitieran moverse libremente por la cuidad y hasta entrar tranquilamente al museo que tanto les interesaba. De un momento a otro Ferrari reparó en que Erin no estaba con ellos. Indiana y Sallah tampoco se habían dado cuenta, pues al dormir la siesta Bellamy había tomado un rincón algo más alejado y oscuro. Sin embargo la ausencia de la teniente fue muy breve. Apareció tranquilamente con un jarrón en la mano. Jones le preguntó:
“Teniente, ¿Dónde estaba y porque se ausentó sin avisar?”
Erin lo miró sorprendida y respondió:
“Oh vamos, si solo bajé a traer un poco de agua. No me despegue de aquí más que cinco minutos.”
“Te pueden haber visto los nazis, niña.” – intervino Sallah.
“No se preocupen por los alemanes. Tengan por seguro que ninguno de ellos me ha visto.” – contestó risueña la mujer.
Volvieron a prestar atención a las indicaciones que les continuó dando el amable señor Ferrari, quien se despidió prometiéndoles enviar bebida y comida dentro de un rato.
Unas pocas horas más tarde, los tres tenían en su poder los documentos que Ferrari les había prometido. Se habían bañado y puesto ropa limpia, cortesía de su anfitrión. Era una noche clara, tranquila y fresca. Después de la cena y a sugerencia de Sallah habían bajado a la calle, a reconocer el lugar y empezar a trazar un plan. Sin embargo tuvieron que regresar apenas una hora después dada la cantidad de patrullas alemanas y la inminente llegada del toque de queda. Imposibilitados de hacer nada más por ese día, regresaron a su refugio y durmieron hasta la mañana siguiente.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

1:37 AM - Sep 13, 2012 #9

Poco después de media mañana un trío de personajes entraba por la puerta principal del Museo Municipal de Casablanca. El edificio había sido años atrás un complejo de almacenes comerciales y estaba compuesto por enormes galerones de ladrillo intercomunicados por pasillos de piedra, techados y cerrados en algunos tramos. Sallah había averiguado que los nazis usaban el museo para almacenar cientos de cosas valiosas y obras de arte que habían confiscado en toda África del Norte desde Marruecos hasta Egipto. Algunas de aquellas cosas serían destruidas, por considerarse incompatibles con la cultura aria. Otras serían embarcadas rumbo a Europa, a engrandecer los museos del Tercer Reich. Pero la mayoría de las cosas valiosas estaban destinadas a ser convertidas en recursos económicos para sostener una guerra que ya se empezaba a mostrar complicada para los alemanes y sus aliados del Eje.
Vestido como un profesor universitario alemán y con una banda roja en el brazo izquierdo y la odiada esvástica negra en un círculo blanco, Jones se dirigió al cabo que custodiaba el portón del galerón donde los nazis habían apilado descuidadamente todo el contenido previo del Museo Municipal. Sacando un papel de un ajado portafolio de cuero, se dirigió al vigilante:
“Guten Morgen, offizielle“ – y realizó apenas correctamente el saludo facista adoptado por los alemanes.
El soldado lo miro aburridamente y apenas masculló un saludo de respuesta. Sin ningún interés, tomó el papel que aquel profesor le extendía y luego de revisarlo cuidadosamente abrió apenas un poco el portón que custodiaba. Toscamente les pidió los documentos de identificación y tras cotejarlos con el formulario inicial se dispuso a dejarlos pasar. Los tres visitantes se disponian a entrar cuando el soldado lo reconvino diciendo:
“Die Genehmigung ist zu Teilekatalog zu gelangen. Denken Sie nicht einmal etwas oder versuchen, sie erschossen!” (El permiso es para entrar a catalogar piezas. ¡Ni se les ocurra intentar sacar nada o les disparo!)
Jones sonrió agriamente ante la amenaza del oficial y encogiéndose de hombros se hizo a un lado para dejar entrar a Erin, que vestía como una pulcra secretaria y a Sallah, que usaba el uniforme asignado a los soldados africanos que peleaban por Alemania. Mantuvo la mirada fija y desafiante en el soldado mientras sus compañeros entraban al lugar y finalmente entró el, no sin antes decir:
“Einverstanden. Es dauert ein paar Stunden. Hoffen Sie nicht wir keine Beschwerden, Offizier zu verursachen.” (De acuerdo. Tardaremos unas cuantas horas. Espero que no le causemos ninguna molestia, oficial.)
El cabo se encogió de hombros, saco un cigarrillo y se puso a fumar contemplando como aquellos tres visitantes se alejaban por la nave. Aburridamente volvió a cerrar el portón y se recostó contra uno de los pilares. Cuidar aquel galerón ruinoso, lleno de trastos viejos, inservibles y casi sin valor, en aquel día particularmente caliente era lo peor que le había pasado desde su llegada a África. Y realmente le importaba un bledo si aquellos tres sacaban o no cualquier pedazo de basura de allí.

Jones, Erin y Sallah avanzaban lentamente por la estancia. Buscan un pedestal de granito, tallado de acuerdo a los patrones griegos. Pero la búsqueda era difícil. Los alemanes, presurosos por hacer lugar, habían amontonado descuidadamente montones de cosas, esculturas, vasijas, estelas. Todo estaba desordenado y sin ningún intento visible de clasificación. El aire dentro del galerón era seco, caliente y tenía el típico olor de las cosas viejas. Además tenía poquísima ventilación, dado que los nazis habían clausurado la mayoría de las ventanas. Debido a esto en el interior del local reinaba una penumbra bastante marcada, que dificultaba aún más la búsqueda. Jones había preparado un par de dibujos de cómo creía él que era la base de la escultura de Hefesto, basándose en descripciones que había leído años atrás. Debía ser circular, de poco más de un metro de diámetro y tener una altura de casi un metro. Más ancha en la base y acanalada según el patrón de la Grecia clásica. Se suponía que a la mitad habría una placa de bronce con el nombre del dios, en caracteres griegos. Los tres se habían separado y cada uno buscaba por su lado, para tratar de encontrarla lo más rápidamente posible. Indiana se había quitado el saco y la corbata. Arremangándose la camisa blanca se disponía a mover una serie de tablas. Apenas hubo quitado algunas de aquellas piezas de madera se encontró frente a una serie de tallas en mármol. Eran piezas indiscutiblemente árabes, quizás de cientos de años de antigüedad. Un poco más allá había un pesado cajón de madera, que marcaba la entrada a una especie de pasadizo formado por otros cajones de tamaño similar. Se asomó y alumbró con la linterna que llevaba. El haz de luz alumbró lo que parecía parte de un bloque de granito. Se aproximó y tras examinarlo le pareció que calzaba con la pieza que buscaban. Pero estaba de costado y necesitaría ayuda para mover los cajones que lo rodeaban y examinarlo más detenidamente. Volvió al punto de inicio y a voces llamó a su fiel camarada. Sallah acudió al momento, seguido por Erin. Entre los tres movieron parte de aquellos cajones y cuando el espacio fue adecuado se dieron cuenta que efectivamente aquel era el pedestal que buscaban. Usando algunas barras de metal y gruesos tablones de madera como palancas pudieron girar el pesado bloque de piedra y sonrieron satisfechos cuando encontraron la placa de bronce que buscaban. Aquella placa estaba firmemente remachada a la roca. Sin embargo, la alegría se transformó rápidamente en desconcierto, cuando notaron que no había rastros de la segunda llave. Todo el bloque era una pieza solida, con apenas daños por el desgaste de sus miles de años y el maltrato que había sufrido recientemente. Quitándose el cabello húmedo por el sudor que le caía en la cara, Erin comentó:
“Tal parece que es la base. ¿Pero donde diantres esta la llave?”
Indiana no contestó. Tomó la linterna y sacando una brocha de su bolso empezó a limpiar la placa de bronce. Algo llamó su atención y sacando su viejo cortaplumas empezó a hurgar en las orillas de aquella pieza metálica. Al cabo de un rato dijo:
“Creo que hay algo tras esta pieza. Los remaches que tiene aparentemente son decorativos. Y miren, está sujeta a la piedra por una argamasa muy bien colocada. Será mejor que me ayuden a aflojar esto.”
Y entre los tres empezaron a desgastar aquel resistente empaste. Al cabo de un rato la placa empezó a moverse y pocos minutos después la habían desprendido por completo. Tras la placa habían esculpido una especie de compartimiento y dentro encontraron una pieza, también de bronce, con la forma de un extraño engranaje. La pieza tenía una serie de minúsculos grabados que aparentemente guiarían a la última llave. Rápidamente Jones ocultó la pieza en su bolso. Y se dispusieron a salir. Pese a los temores que habían experimentado en Chipre, tanto Sallah como Indiana reconocían que recuperar aquella pieza había sido más fácil de lo esperado. La apatía alemana y la burocracia marroquí habían jugado adecuadamente a favor de ellos hasta ese momento.
Reacomodaron sus vestiduras y sacaron unos papeles que habían preparado de antemano, detallando los falsos hallazgos que habían logrado. En aquel museo y por regla tenían que entregar un informe de cuanta actividad investigativa o académica se llevara a cabo. Y aquellos papeles habían sido preparados para tal fin. Para cuando los alemanes se dieran cuenta de la triquiñuela ya los tres estarían lejos de Casablanca. Calmadamente salieron del galerón, entregaron al aburrido cabo el informe de lo que habían “inventariado” y este les hizo la pregunta de rutina:
“Haben Sie mit sich führen, ein Stück oder Gegenstands, die in dort war?“ (¿Llevan con ustedes alguna pieza o articulo que estaba allí dentro?)
Indiana, con un tono totalmente sarcástico contestó:
“So nutzen Sie die Chance, dass wir schießen? No way, Offizier! Prüfen Sie.“ (¿Y arriesgarnos a que nos dispare? ¡De ninguna manera, oficial! Revise usted.)
Y abrió descaradamente el portafolio y parte del bolso, donde llevaba la pieza de bronce. La treta le funcionó perfectamente. El cabo, algo amoscado por la frase del Indiana, apenas se limitó a ojear brevisimamente dentro de aquellas cosas. Sin decir más y de mal modo el cabo les indicó que se alejaran. Una vez que abandonaron el Museo, regresaron a toda prisa al refugio que les había proporcionado Ferrari y rápidamente hicieron los arreglos para marcharse en horas de la madrugada siguiente, desafiando el toque de queda. Eran pasadas las tres de la tarde cuando, luego de bañarse y ponerse las vestiduras habituales, salieron a almorzar.
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Dargas
Primer Teniente
Dargas
Primer Teniente
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5:43 PM - Sep 13, 2012 #10

:ij

(two thumbs up!)
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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3:55 AM - Sep 25, 2012 #11

Terminaban de comer cuando en una esquina de la calle apareció un Kubelwagen que transportaba a cuatro soldados alemanes. Uno era un teniente, dos eran soldados con insignias de la Leichte Division Afrika y el restante era un cabo, el mismo que custodiaba la entrada del museo que habían visitado en la mañana. El Kubelwagen se detuvo y los cuatro alemanes se bajaron y se dirigieron apresuradamente al local frente al cual estaban los tres amigos. Sin perdida de tiempo Sallah se puso de pie y visiblemente nervioso exclamó:
“Tengo un mal presentimiento de todo esto”
Indiana se levanto a su vez y dirigiéndose al fondo del local contestó:
“¡Totalmente de acuerdo, amigo! ¡De prisa y sin hacer ruido, vámonos por la puerta trasera!”
Salieron a un callejón y dando un rodeo lograron llegar a la casa que Ferrari les había proporcionado. Apresuradamente recogieron sus cosas y cuando se disponían a salir, oyeron un automóvil frenar violentamente frente a la casa. Un hombre gritaba órdenes en alemán:
“Das ist das Haus! Du, von hinten zu gehen! Du bleibst hier! Der Unteroffizier, und ich werde geben Sie diese! Bleiben Sie dran! Wir können nicht zulassen, zu entkommen!”
(¡Esta es la casa! ¡Tu, ve por detras! ¡Tu, quedate aquí! ¡El cabo y yo vamos a entrar por ellos! ¡Esten atentos! ¡No podemos dejarlos escapar!)
Indiana se asomó por una ventanilla y vió como el teniente y el cabo, armados con sendas Luger, se dirigian a la puerta de la casa. Los dos soldados restantes, armados con subfusiles MP40 se apostaban según las ordenes del malhumorado oficial. Sin pensarlo dos veces Indiana tomó su mochila y se dirigió al patio de la casa, seguido por Sallah y Erin. Sin embargo el patio era un pequeño cuadrado de murallas altas e imposibles de escalar sin una cuerda. Trataron de volver por el túnel que habían usado cuando Ferrari los había llevado allí la primera vez. Pero la pesada puerta estaba trancada por el otro lado y no había forma de abrirla desde allí. Desesperados volvieron a entrar a la casa, justo en el momento en que el teniente y el cabo echaban abajo la puerta de entrada. Apuntándoles con la Luger, el teniente les gritó:
“Hände hoch! An der Wand oder wir schießen!” (¡Manos arriba!¡Contra la pared o les disparo!)
Sin perder la calma Indiana sonrió a medias y contestó:
“Ruhig, Captain. Lassen Sie uns nicht einfach etwas verrückt ...” (Con calma, capitán. No vayamos a cometer alguna locura...)
Y lentamente empezó a moverse hacia la pared más alejada del alemán. Asustada, Erin pregunto:
“¿Que vamos a hacer Indy?”
“De momento, lo que el alemán ordena. Vamos lentamente hacia la pared. Sin prisas.”
Y cuchicheo unas palabras en árabe dirigiéndose a Sallah, quien abrió desmesuradamente los ojos, pero asintió con una breve cabezada. Caminando hacia atrás y con las manos en alto, los tres se fueron alejando lentamente de la entrada y del par de oficiales alemanes, que no dejaban de esgrimir sus temidas pistolas. Erin, sin querer, tropezó con una silla y cayó aparatosamente. Los dos oficiales desviaron su atención hacia la mujer, que había caído de espaldas. Aquel breve instante permitió a los dos hombres entrar en acción. Sallah tomó una vasija con agua y la lanzó certeramente contra la cara del cabo, desarmándolo en el acto. En tanto, el látigo de Jones silbaba en el aire y azotaba fuertemente en la mano del capitán, haciéndolo soltar la pistola y gritar del dolor. Ambos hombres saltaron instintivamente contra sus rivales alemanes. Los cuatro hombres se enfrascaron en una feroz pero corta pelea a puñetazos. El teniente, totalmente sorprendido, lanzó un par de golpes contra Jones. Acertó el primero, pero el golpe no causó mayor efecto en Indiana, quien estaba acostumbrado a recibir castigo por parte de rivales más altos y fuertes que aquel engreído teniente nazi. El alemán falló el segundo puñetazo y recibió una serie de cuatro certeros golpes por parte de Indiana, que lo tumbaron, desmadejado por completo. En tanto, Sallah había embestido al cabo. El cuerpo corpulento del cairota empujó contra una pared al cabo. La embestida resultó tan efectiva que el desconcertado alemán quedó sin resuello y sucumbió fácilmente ante un furibundo puñetazo del egipcio. Sin perder tiempo, Indiana desenfundó su revólver y de un certero disparo acabó con el soldado que entraba en ese preciso momento. Sallah ayudó a Erin a ponerse de pie y recogiendo sus cosas, salieron apresuradamente a la calle. Indiana se dirigió a la teniente inglesa y le dijo:
“Excelente comedia querida. No creí que pudieras fingir una caída con tanta naturalidad. ¡Los distrajiste a la perfección!”
Una pequeña multitud de personas se agolpaba fuera de la casa, atraída por el escándalo. Abriéndose paso a empujones, Indiana se dirigió al Kubelwagen. Apenas hubieron montando salieron rápidamente por las estrechas callejuelas, rumbo al este. Se dirigían atropelladamente, esquivando baches, tenderetes y marroquíes, rogando silenciosamente no encontrarse con ninguna patrulla.
Al dar vuelta en un recodo se encontraron en una plaza, abierta y sin tenderetes. En el centro mismo de la plaza había una pequeña fuente y tras ella, un tanque alemán. Se trataba de un Panzer IV, totalmente armado y con su tripulación completa. Conteniendo una maldición, Indiana apretó completamente el pedal del freno. El Kubelwagen gimió ruidosamente, las llantas chirriaron en el empedrado y el auto patinó y se detuvo, cayendo en un bache algo profundo. La prisa por ponerlo en reversa, impidió momentáneamente a Indiana encontrar el cambio correcto y el automóvil empezó a patinar sin salir del bache. En aquel preciso instante, el comandante del tanque se percataba de aquellos tres extraños dentro de un vehículo del Ejercito Alemán y gritó:
“Dort anhalten! Nicht bewegen!” (¡Alto ahí! ¡No se muevan!)
Indiana hizo caso omiso a la advertencia y siguió operando frenéticamente la palanca de cambios. El oficial realizó un disparo de advertencia con su pistola, que rebotó sobre el capo del vehículo. Sallah se agachó asustado y Erin exclamó, aterrada:
“¡Por todos los cielos, Jones! ¡Apresúrate! ¡El tanque nos va a tener a tiro en unos segundos!”
A los oídos de Indiana llegó el inconfundible chirrido de la torreta del tanque, que giraba para apuntarles con su poderoso cañón de 75 mm. Indiana levantó brevemente la mirada y vio como aquel comandante gesticulaba y profería maldiciones, apresurando al artillero a disparar contra el indefenso Kubelwagen. La torreta giraba potentemente y cuando faltaban unos pocos grados para que el cañón apuntara correctamente, Indiana logró poner el vehículo en reversa. El Kubelwagen derrapó un poco al salir del bache. Indiana realizó una maniobra y enfiló la trompa del auto rumbo a la callejuela por la que acaban de entrar. A toda velocidad el auto se precipitó a la entrada de la calleja. Apenas habían avanzado un poco dentro del aquel callejón cuando un potente estruendo llenó el lugar. Cascotes, polvo y pedazos de madera volaron en todas direcciones. El Panzer había disparado el cañón, acertando en el edificio que tenían al lado derecho. Jones viró bruscamente hacia la izquierda, alejándose de los escombros que caían. Hasta ellos llegó el sonido del tanque al ponerse en movimiento. Sallah exclamó, aterrorizado:
“¡De prisa Indy! ¡El tanque viene hacia nosotros!”
Erin no parecía asustada y más bien opinó:
“¡No creo que ese monstro de acero quepa por este callejón!”
“¡Yo no estaría tan seguro de eso, querida!” – respondió Jones al tiempo que trataba de llevar en zig-zag al Kubelwagen.
Erin giró la cabeza hacia la entrada del callejón y sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando el Panzer entró en la callejuela, derribando sin mayor problema lo que quedaba del edificio que había recibido el primer disparo. La poca gente que estaba en la callejuela corrió a ponerse a cubierto, esquivando los disparos de la ametralladora frontal del Panzer. El Kubelwagen avanzaba en un continuo zig-zag, arrollando a su paso tenderetes y puestos ambulantes, que sus vendedores habían abandonado aterrorizados por la presencia destructora de aquel tanque. En medio del barullo, alcanzaron a oír unos frenéticos silbatazos. Asombrada, Erin preguntó:
“Y esos pitidos… ¿Qué significan?”
“¡Que se armó la fiesta mayor, teniente! ¡Los chicos del tanque han dado la alarma sobre nosotros! ¡Dentro de unos minutos, todos los alemanes de Casablanca estarán sobre nosotros!” – contestó Indiana, al tiempo que esquivaba un puesto callejero.
Erin enmudeció y totalmente pálida, se dejo caer en el asiento. Sallah balbuceaba:
“¡Estamos perdidos!”
“¡No si puedo alejarme de ese maldito tanque!” – respondió Jones.
En aquel preciso momento el cañón de 75mm disparó nuevamente. El tiro dio en el edificio de la izquierda, obligando a Indiana a girar hacia la derecha. Jones condujo el auto por una callejuela aún más estrecha y oscura que la que acaban de dejar. La penumbra del lugar impedía ver adecuadamente el camino y de un momento a otro el Kubelwagen se topó de frente con unas tablas de madera que cerraban el callejón. Indiana apretó aún más el acelerador y el carro embistió aquellas maderas, destrozándolas. Sallah dijo rápidamente:
“Indy… ¿Leíste el letrero?”
“¿Cuál letrero, compañero?”
“El que había a la entrada. Decía que el paso por aquí esta prohibi…”
Sallah no terminó la frase. El suelo sobre el que corrían cedió inesperadamente y el automóvil se precipitó a una profunda zanja. Los tres ocupantes quedaron momentáneamente aturdidos por el golpe. Habían caído a una especie de túnel, una alcantarilla vieja, quizás. Recomponiéndose rápidamente, Indiana se dio cuenta que el Panzer los había alcanzado. El tanque bloqueaba por completo la entrada y se disponía a disparar de nuevo el cañón. A empujones hizo que sus compañeros abandonaran el vehículo. El vehículo impedía avanzar hacia la izquierda y se vieron forzados a moverse hacia el túnel que tenían a la derecha. Sin perder tiempo Jones corrió a meterse en aquel hueco, seguido por los otros dos. Apenas habían avanzado unos pocos metros dentro de aquel túnel cuando el Kubelwagen voló hecho pedazos, alcanzado de lleno por el disparo del tanque. Siguieron avanzando en la oscuridad de aquel túnel, pero sabían que dentro de unos segundos, las tropas de infantería alemana infestarían aquel lugar, buscándolos. Indiana se resistía a creer que estaban perdidos y con una calma pasmosa saco un encendedor, que llevaba grabado un trébol de cuatro hojas, e iluminó momentáneamente la oscuridad que los envolvía. Estaban en un túnel abovedado, de ladrillo. La escasa altura del techo los obligaba a permanecer encorvados. La voz de Sallah se dejó escuchar:
“¿Dónde nos metimos, Indy?”
“Estamos en una alcantarilla. Parece que está sin uso. Creo que si seguimos el túnel es muy posible que salgamos cerca del desierto.” – contestó Indiana al tiempo que se disponía a seguir adelante.
“¿Y en qué dirección debemos ir, mayor?” – esta vez fue Erin la que habló, desde algún lugar en la penumbra, ya que Indiana había apagado el mechero.
“¡En cualquiera que nos aleje de los alemanes, teniente!”
Los tres dieron un salto cuando una cuarta voz, con un marcado acento inglés, dijo:
“Pues en ese caso será mejor que me sigan. Estas alcantarillas se convierten en un verdadero laberinto y es muy fácil perderse en ellas.”
Apresuradamente Jones volvió a encender el mechero y desde una pared vio surgir una cara masculina. Se trataba de un hombre de unos 25 años, quien les hizo un guiño. Aquel desconocido les hizo señas para que entraran por la portezuela que estaba hábilmente disimulada en la pared. Los tres compañeros entraron a una estancia aún más oscura que la anterior. Oyeron como su salvador cerraba el portillo de acceso y después se ponía a la cabeza del grupo. En ese momento, al otro lado de la puerta oyeron algunas frases en alemán, dado que la infantería había empezado a explorar el túnel. El desconocido les indicó, con voz apenas audible:
“Síganme de la forma más silenciosa que puedan, por favor.”
Y poniéndose a la cabeza del grupo se dirigió confiadamente hacia una oscuridad cada vez más profunda. Cuando del todo ya no se veía absolutamente nada, encendió una lamparilla y los tres siguieron con más confianza a aquel hombre. Dieron varios giros, se metieron a lugares húmedos, algunos atestados de ratas y otros animalejos igualmente repulsivos. Pasaron por lugares donde el aire apestaba horrendamente y luego de muchas vueltas alcanzaron una especie de cuarto bastante amplio e iluminado por varias lamparillas eléctricas y algunas de querosén. Dentro de aquella estancia había otros cinco hombres. Indiana notó inmediatamente que vestían el uniforme británico característico de las “Ratas del Desierto”. El hombre que los guiaba les indicó con un ademán que aguardaran donde estaban y se dirigió hacia el grupo de hombres, que aparentemente no habían notado su llegada. Sin embargo uno de esos hombres, que se tocaba con una boina de color negro, habló sin volverse hacia ellos:
“Parece que volviste acompañado, Davis.”
“Así es capitán. Me encontré a estos tres escapando de los alemanes.” – respondió Davis al tiempo que se servía un poco de agua. Dio un sorbo al liquido y continuo diciendo – “Si los alemanes los buscan es porque algo les han hecho que los ha puesto de mal humor.”
El hombre de la boina negra dejó escapar una risotada y se volvió hacia los recién llegados. Era un hombre de unos 45 años, fornido y cuyo rasgo más característico era el espeso bigote tipo imperial que se unía a unas frondosas patillas. El hombre estrechó la mano a Jones al tiempo que decía:
“Capitán John Price, de la 7ª División Acorazada del Ejército Británico, a sus puñeteras ordenes.”
Indiana sonrió abiertamente y respondió:
“Soy el mayor Jones, del ejercito de los Estados Unidos. ¡Un gusto conocerlo capitán!”
Los otros dos se presentaron a su vez. Price los invitó a refrescarse con un poco de agua y momentos después Indiana le contaba la razón por la cual los alemanes los perseguían. Price les contó que estaban en Casablanca con órdenes de sabotear el cuartel general alemán, destruir el depósito principal de combustible y también la central de comunicaciones, dado que Montgomery estaba decidido a expulsar a los alemanes de Marruecos y con ello liberar por completo al norte de África de la presencia alemana. Jones se mostró sorprendido de que un grupo tan pequeño pudiera llevar a cabo una operación de semejante envergadura. Price contestó:
“Ese es el problema con ustedes los yanquis. Creen que solo enviando centenares de centenares de tropas es posible algo así. Pero están equivocados. El Ejercito Británico ha puesto en marcha una nueva modalidad de operaciones. Las llevaran a cabo grupos pequeños, como este, pero con hombres altamente especializados. Somos parte de un nuevo cuerpo llamado Special Air Services. El SAS se está especializando en operaciones de todo tipo, en cualquier parte del mundo. Sabemos que un grupo pequeño es difícil de detectar y esa es precisamente nuestra ventaja.”
“Impresionante, capitán. ¡Muy impresionante!” – fue la respuesta llena de admiración de Indiana.
“¿Verdad que si?” – Price sonrió y soltó la pulla – “Me pregunto cuánto tiempo les tomará a los yanquis imitarnos en esto…”
“No lo dude que muy poco tiempo, señor.” – Indiana sonrió a su vez al decir esto.
Un hombre alto, fornido y de pelo y barba asombrosamente rojos se aproximó a Price y dijo:
“Estamos listos, señor. Dentro de unos minutos será el momento de prender la mecha.”
“De acuerdo, McGregor. Verifiquen que los transportes estén listos. Apenas empiecen las explosiones, Casablanca será el peor lugar del mundo para quedarse a dormir.” – Miró a los tres recién llegados y dijo al pelirrojo – “Será mejor que hagas lugar para tres pasajeros de última hora. ¡Por nada del mundo voy a dejar atrás a estos tres infortunados!”
“¡Si señor!” – fue la breve respuesta de McGregor antes de girar y desaparecer por uno de los oscuros túneles que salían de aquel cuarto.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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2:11 AM - Oct 21, 2012 #12

Momentos después el grupo de soldados británicos, Indiana, Erin y Sallah salía por una escotilla en una callejuela muy apartada del centro de Casablanca. Las explosiones preparadas por Price y su grupo habían causado tal conmoción que un convoy de vehículos alemanes estuvo a punto de arrollarlos. Pese a eso los nazis siguieron a toda prisa hacia el cuartel general, que según McGregor sería en ese momento un puñado de piedras y madera quemada. Llegaron a un establo donde pacían inquietamente un grupo de camellos. Bajo un gran manteado había un par de SDKFZ 250, que aquellos británicos habían escamoteado a los alemanes. Eran vehículos semi oruga, blindados, artillados y destinados al transporte de tropas. Montaron en los vehículos y salieron a buena velocidad, rumbo al este, en dirección al desierto. Price, McGregor, Davis, Jones, Sallah y Erin ocupaban el primer vehículo, que marcaba el paso. En el segundo vehículo viajaban los otros tres soldados y transportaban parte de lo que había quedado del equipo de demolición. Los dos semi orugas habían alcanzado uno de los barrios más alejados de Casablanca y estaban a unos cuantos centenares de metros de la muralla Este, que marcaba el límite de la ciudad y tras la cual se apreciaba el vasto desierto.
Repentinamente se oyó el feroz e inconfundible tableteo de una ametralladora MG42. Las balas rebotaron en el blindaje de ambos vehículos y sus choferes apretaron el acelerador. Un proyectil silbó en el aire y el segundo semi oruga estalló en una violenta llamarada. Los ocupantes del primer semi oruga comprendieron que solo un tanque podía ser el causante de aquella explosión. Davis se asomó por la mirilla de la puerta trasera y gritó:
“Por todos los demonios… ¡Es un Panzer!”
“¿Qué está esperando, Davis? Mueva el culo, súbase a la torreta y dispárele.” – Exclamó Price.
“Es una anti-áerea de 20mm. No le hará ni cosquillas al tanque.” – respondió Davis.
“Pues hágale cosquillas un buen rato, a ver si con la risa nos deja de perseguir.” – La voz de Price tenía un inconfundible tono sarcástico.
Jones se asomó a su vez, aprovechando que Davis armaba el cañón de 20mm que llevaba aquel carro y dio un respingo al reconocer que se trataba del mismo Panzer que los había acosado minutos antes. Con su ironía característica dijo:
“Se trata de nuestros amigos de hace un rato. Tal parece que estos jerries no nos van a dejar tranquilos con facilidad.”
“¿Les tiramos unas granadas, Indy?” – dijo Sallah tomando una granada de una bolsa.
“Por Dios, Sallah. Atacar con eso al Panzer es lo mismo que tirarte malvaviscos a ti.”
Un nuevo estruendo llenó el aire y la tierra tembló bajo el vehículo. La hábil conducción de Price y su experiencia en esos lances le ayudaron a esquivar la explosión del proyectil. El vehículo crujió y siguió corriendo lo mejor que podía rumbo al desierto. Sin embargo Price grito:
“¡Dejen la cháchara! ¡Necesito que alguien se cargue ese tanque o estamos listos!”
Davis empezó a disparar el 20mm contra el tanque. Pero el blindaje del Panzer era demasiado fuerte y los constantes brincos que daba el semi oruga impedían impactos realmente dañinos. Indiana sacó un par de minas de una bolsa y gritó a Price:
“Capitán, necesito que haga un giro, disminuya la velocidad y me deje bajarme de este armatoste. Pero haga que el Panzer lo persiga. Yo me encargaré del resto.”
“Está usted tan loco como todos los yanquis, mayor. ¿Cómo demonios cree que puede enfrentarse a un Panzer con un látigo y un Webley?” – respondió Price sin dejar de dar bandazos con aquel crujiente vehículo.
“Confíe en mi, capitán. Necesito que haga lo que le dije. ¡Es una orden!”
“¡Si, señor!” – gritó Price.
Dio un bandazo a la izquierda, giró violentamente y se metió tras una choza. Indiana aprovechó el momento y abriendo la puerta saltó a tierra. Rodó en el polvo, se puso rápidamente de pie y corrió a verificar el avance del tanque. Tal y como sospechaba, el Panzer se negó a abandonar la persecución del semi oruga y se enfiló rumbo a la choza, siguiendo al otro carro. Indiana calculó la ruta del tanque y colocó ambas minas de tal forma que explotaran causando el máximo daño en el mismo punto de la oruga del tanque. Apenas le dio tiempo de colocar los explosivos y cuando se dio cuenta tenía al Panzer frente a él. El artillero vio a Indiana y abrió fuego con la ametralladora coaxial. Sin embargo Jones se había escabullido rápidamente y buscó la protección de las gruesas paredes de ladrillo de la choza. El tanque pasó junto a la casucha, más interesado en perseguir al semi oruga y tal como había previsto Indiana, el chofer no se percató de la trampa y pasó sobre el par de minas. La explosión reventó una de las orugas del tanque, que se atascó en la arena y no pudo seguir avanzando. El semi oruga continúo dando un rodeo y volvió a aproximarse al Panzer. Pero aquella máquina infernal no estaba indefensa. No podía moverse, pero las ametralladoras y el cañón eran perfectamente funcionales. Una feroz lluvia de plomo hizo que el semi oruga tuviera que alejarse del sitio.
Desde su escondite Indiana se dio cuenta que la escotilla de la torreta se abría y el comandante del tanque se asomaba en su búsqueda. Sin pensarlo dos veces Indiana efectuó un disparo de advertencia con su Webley. Sorprendido, el nazi volvió a encerrarse en las entrañas de aquella fiera de acero. La ametralladora lateral empezó a disparar contra Jones. Las balas fueron desmoronando poco a poco los fuertes ladrillos y el temor empezó a apoderarse de Indiana. Estaba atrapado. Si abandonaba su escondite, sería un blanco fácil para el artillero alemán. Si se quedaba allí, la lluvia de balas tarde o temprano lo alcanzaría. Se arrastró hacia un lugar más seguro y trato de protegerse con algunos cacharros que encontró dentro de la arruinada choza. Una bala perforó por completo la pared y rebotó muy cerca de la pierna de Indiana, quien se hizo un ovillo y se arrinconó aún más. Sin embargo el torrente de balazos paró en ese momento. Afuera se oyó una explosión y luego comenzó un griterío infernal donde se mezclaban frases en inglés, árabe y alemán. Se escuchó un estruendo de balazos y otro par de explosiones apagadas y se hizo el silencio. Jones salió de su refugio a tiempo de ver como Davis, Price y Sallah se alejaban del Panzer humeante. Era claro que aquellos hombres habían aprovechado la situación para aproximarse al tanque. Forzaron la escotilla con una carga de demolición y luego habían lanzado granadas al interior del tanque. El semi oruga se acercó rápidamente a ellos y McGregor, quien ahora conducía el vehículo, los arengó diciendo:
“Dense prisa. Se acercan otro par de Panzers y al menos media compañía de Infantería.”
Sin perder tiempo abordaron el acorazado y emprendieron la huida. Alcanzaron el desierto con relativa facilidad. Nuevas explosiones empezaron a levantar nubes de arena alrededor del semi oruga. Erin se asomó por la mirilla de atrás y asustada gritó:
“¡Nos persiguen tres tanques!”
Con una calma inaudita, Price consultó su reloj y se limitó a indicarle a McGregor que acelerara rumbo sudeste. Luego volvió a mirar el reloj y dijo:
“Tranquila teniente. La ayuda llegará del cielo, en pocos segundos.”
“Capitán, espero que no se equivoque. No creo en los ángeles de la guarda, pero la ayuda de estos seres nos caería de maravillas en este momento.” – respondió Erin sujetándose con firmeza, porque los virajes de McGregor y las cada vez más cercanas explosiones, amenazaban con tirarla a suelo de aquel carro.
Una serie de extraños y potentes rugidos de motores llenaron el aire en aquel anochecer en el desierto marroquí. Price sacó brevemente la cabeza, oteo el cielo y con una sonrisa exclamó:
“Aquí llegan sus ángeles, señorita.” – y abrió la portezuela trasera.
Los demás vieron pasar volando rumbo a Casablanca a una escuadrilla de cazas SpitFire y varios bombarderos Havilland Mosquito. Un par de cazas abrieron fuego contra los tanques y las tropas alemanas que perseguían al semi oruga. Los tanques continuaron avanzando, mientras que los soldados emprendieron una retirada, hacia el muro, en busca de protección. Un Mosquito efectuó una pasada y soltó un par de bombas. Dos de los tres tanques fueron alcanzados de lleno por los misiles británicos y explotaron en medio de impresionantes llamaradas. El tercer tanque empezó a virar rumbo a la ciudad. El Mosquito volvió a pasar sobre el tanque y arrojó una única bomba. El impacto no fue de lleno, pero la potencia de la explosión averió el tanque. Jones vio como los tripulantes del tanque lo abandonaban y corrían hacia Casablanca. No pudo ver más. El semi oruga giró tras una duna y la vista de Casablanca desapareció, casi por completo. Ahora lo único que veían de la ciudad eran los edificios más altos, la corona de la muralla y algunos de los minaretes de las mezquitas de la ciudad. Poco a poco, todas aquellas edificaciones fueron desapareciendo en el horizonte, ocultándose en la distancia y en la oscuridad de la noche, que al fin había terminado de caer sobre Marruecos. McGregor redujo la velocidad a una marcha más civilizada y todos suspiraron aliviados. El sonido de más motores llego hasta ellos. Motores inconfundiblemente británicos. Sallah se volvió hacía Indiana y preguntó:
“¿Quién vendrá ahora, Indy…?”
Fue Price el que contestó:
“La Séptima Acorazada Británica, amigo.” – Consultó el reloj otra vez y con una sonrisa de satisfacción continuo diciendo – “Y justo a la hora que tenían que llegar. Debo reconocer que Monty, con todo y sus estupideces, es un cabrón increíblemente puntual. ¡Como un buen inglés!”
Indiana se echó el polvoriento sombrero hacia atrás, se rascó la cabeza y respondió:
“Querrá usted decir: ¡Como un buen malnacido inglés, capitán!” – y sonrió al tiempo que tendía la mano a Price en señal de agradecimiento.
Price apretó firmemente la mano de Jones y respondió:
“¿Ah oído usted, sargento Davis? Este puñetero yanqui empieza a hablar como debe ser.”
En medio de la noche y momentáneamente por encima del rugido de aquel motor alemán, se oyó la carcajada de los ocupantes del semi oruga.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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4:01 AM - Mar 17, 2013 #13

:Dooku Lazaro! Levantate y anda!

:lol: :lol: :lol:

Martes 28 de setiembre de 1943. Jerusalén. Ruinas del antiguo cuartel romano. Horas de la mañana.

El calor y el polvo típicos de aquella región palestina envolvían por completo a tres figuras que exploraban los derruidos pasajes de lo que cientos de años atrás había sido un cuartel fortificado, sede de la autoridad de la Roma Imperial en Jerusalén. Dos hombres y una mujer buscaban afanosamente la forma de entrar a los niveles inferiores de aquel cuartel abandonado. Jones tenía un mapa de cómo había sido aquella fortaleza en sus mejores tiempos. Pero la destrucción sistemática a la que aquel fuerte había sido sometido durante cientos de años, hacían difícil orientarse con total certeza. Tras un par de horas de búsqueda encontraron un pasadizo que los llevaba bajo tierra, indudablemente a las mazmorras de aquella fortaleza. Sallah había preparado varias antorchas para la expedición, cuerdas, agua y varias herramientas. Cuidadosamente empezaron a bajar por aquellos túneles oscuros, cubiertos de polvo, llenos de rocas y que servían de vivienda a multitud de animalejos repulsivos. Se abrían paso a través de las tupidas telarañas y con las antorchas ahuyentaban aquellos insectos que se comportaban de forma agresiva. Eventualmente tenían que remover algunos escombros, descansaban un rato y luego seguían internándose cada vez más profundamente en aquella galería de calabozos. Llegaron finalmente ante una oxidada lámina de hierro. Indudablemente era una puerta. Jones se dio cuenta de que aquella puerta no formaba parte de la construcción original hecha por los romanos. Usando barras y tras una larga lucha contra el tenaz metal, algunos golpes y varios juramentos, el trío de exploradores logró abrir aquel pesado portal. Tras el portalón se abría una amplia galería circular, con varias columnas toscamente talladas que sostenían un techo de piedra. Un par de vasijas estaban montadas sobre unos pedestales a ambos lados de la entrada. Sallah examinó el contenido de uno de aquellos recipientes y se sorprendió al darse cuenta que era una especie de aceite. De la base de los pedestales nacían un par de canales que recorrían la estancia y se juntaban en algún punto en la oscuridad. Erin comprendió de inmediato la función de las vasijas, los canales y el aceite. Cuidadosamente vertió el contenido de una de aquellas vasijas en el canal que comenzaba en su base. El líquido corrió fácilmente por el canal. Sallah hizo lo mismo con la otra vasija. Cuidadosamente, Erin encendió con su antorcha el aceite que tenia a sus pies. La llamarada recorrió grácilmente la estancia, rodeando el lugar, por delante de las columnas, formando un anillo de fuego que iluminaba el sitio. Vieron entonces que en el centro del lugar había una especie de portillo, similar a una tapa de alcantarilla. En el centro, una especie de engranaje. Y alrededor una serie de grabados, en hebreo antiguo.
Sallah dijo, suavemente:
“Caramba, que lugar más tétrico es este. Busquemos la tercera llave y veamos cómo se abre esta portilla.”
Jones estudiaba aquellos símbolos, pero muchos de aquellos caracteres carecían de significado para él. Hizo una señal a Erin y cuando la tuvo cerca le dijo:
“Me parece que esta es su especialidad, teniente. Lenguas hebreas antiguas.”
Erin se agachó y estudio un momento aquellos signos. Sonrió y declaró:
“No es precisamente hebreo, sino más bien una mezcla entre arameo, hebreo y árabe. Estos símbolos tienen trazos donde se mezclan caracteres de esos tres alfabetos. Voy a ver si puedo leer lo que dice…” – y la teniente se concentró en aquellos garabatos ininteligibles. Después de un rato y ayudándose con una libreta y un lápiz, donde había estado tomando apuntes, se volvió hacia sus compañeros y explicó- “Esto son más bien instrucciones de cómo armar la llave y abrir esta cerradura.”
La joven se puso de pie, pues estaba sentada en el suelo, y acercándose a una de las paredes, señaló un grupo de barras de bronce, de distintos tamaños. Las barras parecían adheridas a la pared y guardaban una lejana semejanza a las tuberías de agua que se usaban actualmente. Cada barra estaba fijada a la pared por dos puntos y todas tenían un diámetro similar. Lo que las diferenciaba era el largo. Erin pareció dudar y volviéndose a sus amigos, les dijo:
“En resumen, lo que hay que hacer es unir las dos piezas que ya tenemos y usando una de estas barras activar la cerradura que debe estar…” – caminó hasta la tapa emportada en el suelo y revisó su superficie. Indiana se apresuró a facilitarle la escobilla que llevaba con él. La mujer limpió el polvo acumulado durante centurias y dejó al descubierto una especie de grabado. Sonrió y continuó diciendo – “Esta debe ser la cerradura. Hay que limpiarla adecuadamente.”
Entre Jones y Sallah y en pocos minutos despejaron la suciedad de aquella talla. Luego Indiana tomó el disco de bronce y lo engastó en el cilindro de jade. Ambas piezas calzaban perfectamente. Jones ofreció el artilugio a Bellamy, quien cuidadosamente lo colocó sobre la cerradura. El disco, que parecía un engranaje, se adaptó exactamente a la talla que había en aquel portillo. Sallah había traído uno de aquellos barrotes de bronce y se aprestaba a usarlo como palanca cuando Erin lo atajó diciendo:
“No tan rápido, amigo. Ahora viene lo complejo. Hay que usar la barra perfecta. Una demasiado corta no dará el apoyo requerido para mover el engranaje. Entonces, como se emplearía más fuerza de la necesaria se rompería la llave. Y una demasiado larga, por ser más pesada de lo necesario, romperá el mástil de jade, inutilizando la llave por completo.”
“En el nombre de… ¡Menudo rompecabezas es este! Eso significa que solo tenemos una opción… ¿Cuántas barras hay?” – dijo Jones, rascándose la barbilla.
Sallah volvió la cabeza y contó diez y siete barras, incluyendo la que tenía en las manos. Jones se movió hacia las barras y empezó a examinarlas detenidamente. Eran lisas, sin grabados de ningún tipo y sin mayor seña que las diferenciara, salvo su tamaño. Revisó la pared donde estaban engastadas y luego de una minuciosa exploración encontró al pie de cada barra un pequeñísimo número, en griego antiguo. Así pues, cada barra estaba numerada en orden creciente, empezando con el uno en la más pequeña y terminando en el diez y siete en la más grande. Indiana se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, pensativo. Algo le decía que la clave era el número, pero ¿Como saber cual…? Sabía que los griegos veneraban al siete como un número mágico, pero aquello era demasiado general. El número debía ser más relacionado con Hefestos y la armadura de Aquiles. Indiana empezó a murmurar para sí mismo, al tiempo que caminaba de lentamente de un lugar a otro:
“Hefestos… Aquiles… La Armadura de Aquiles… La armadura tenía siete partes: escudo, casco, coraza, dos grebas y dos protectores de brazo… No, demasiado fácil. ¿Cuál era la pieza principal de la armadura..? Obviamente el escudo. Según La Iliada era bellísimo y compuesto por varias capas de distintos materiales… ¡Eso! ¿Cuántas capas tenía el escudo…? ¡Cinco! ¡Eso es! Un número relacionado con la armadura, pero no tan obvio”
Un ligero temblor se apreció en la mano del arqueólogo cuando este removió la quinta barra. Era pesada, si. Pero calculó que aquel peso no sería suficiente para romper la anilla de jade del cuerpo de la llave. Introdujo la barra en el ojo del cilindro, lentamente, hasta llegar al centro de la misma. Levantó la cabeza, miró a sus compañeros, buscando su aprobación. Vio que Sallah asentía con una breve cabezada y Erin lo miraba fijamente. Bellamy preguntó:
“¿Estás seguro de esa pieza?”
“No completamente, pero creo que es la mejor elección. Apelemos a la suerte”
Y acto seguido empezó a aplicar presión y a girar la llave. El conjunto de piezas se movió un poco, chirriando suavemente. Se oyó un breve “clic” y dejó de moverse. Jones sintió que había llegado al tope y que estaba girando la llave en sentido contrario. Empezó a girarla en el otro sentido y en medio de chirridos, se dio cuenta que los engranajes funcionaban. Sentía que un mecanismo se movía bajo aquella tapa. Tres piezas metálicas empezaron a moverse en la portezuela, recogiéndose dentro de los bordes de la misma. Al cabo de un rato aquellos soportes se habían ocultado por completo, liberando la portezuela. Un nuevo “clic” le indicó a Indiana que había terminado de abrir aquella puerta. Usando una barra que Sallah le facilitaba, no tuvo mayor problema para abrir la escotilla. Una breve nubecilla de aire y vapor escapó por aquel conducto, apestosa a viejo y a materia orgánica en descomposición. Jones retrocedió rápidamente, apartando la antorcha y exclamando:
“¡Cuidado! Ese túnel está lleno de metano. Una chispa y prenderá fuego.”
Sallah retrocedió hacia la salida, espantado. Erin sin embargo, se aproximó cautelosamente al borde. Tapándose la boca y la nariz con un pañuelo oteo el interior de la cavidad. Vio una especie de escalera que descendía y se perdía en lo oscuro. El suelo del fondo no se divisaba. Se volvió hacía Jones y con una mirada extraña, le preguntó:
“¿Qué tan profundo será…?”
“Ni idea.” – Respondió Jones, quien se acercó a la orilla y escudriño la oscuridad. Tomó un fragmento de roca, de buen tamaño y lo lanzó al fondo, aguzando el oído. No tardó en escuchar el conocido “plop” de la piedra al chocar con el fondo. Jones levantó la mirada y dijo: “Tal vez unos diez o quince metros de profundidad. Bajar no es tanto problema. Lo que me preocupa es el metano del fondo.”
“Creo que sé cómo resolver eso.” – Bellamy tomó una de las antorchas y se aproximó al hoyo. Jones la atajó diciendo: “Encender el metano es demasiado peligroso, puede producirse una explosión que nos entierre vivos.”
Erin lo miró torcidamente y dijo:
“¿Titubea estando tan cerca, doctor Jones? Esa no es su reputación.” Y lanzó la antorcha al hueco.
Una feroz llamarada surgió de aquella boca en el suelo de la caverna, haciendo que Indiana y Bellamy corrieran rumbo a la salida. Sallah se refugiaba tras el portalón de hierro, tembloroso y con el rostro congestionado.
Las entrañas de la tierra parecieron estremecerse y un pronunciado temblor estremeció el lugar, pero no se produjo ninguna explosión. Cuando la conmoción terminó Erin avanzó a paso decidido hacia la portilla y lanzó otra antorcha hacia el fondo. Esta vez no se levantó ninguna llamarada y la teniente, que parecía cercana a un trance murmuró:
“Der Atem des Hephaistos...“ (El aliento de Hefestos…)
Jones escucho aquellas palabras y preguntó:
“¿El aliento de Hefestos? ¿Qué significa eso? ¿Y por qué lo dijiste en alemán?”
Bellamy parpadeó como saliendo de un sueño. Miró torvamente a Indiana y se giró lentamente para encararlo. Jones dio un paso atrás. Bellamy le apuntaba con una pistola.
“Ich denke, es ist Zeit, die Pantomime lassen, Dr. Jones” (Creo que es hora de dejar la pantomima, doctor Jones)
En aquel preciso instante todas las piezas ocuparon su lugar en el rompecabezas mental que Indiana había formado durante aquella misión. Una búsqueda de un objeto mitológico, pretendido por los alemanes y que él debía recuperar antes que su oponente, de apellido…
“¿Así que tu eres Jung?” – Jones movió se movió otro par de pasos para atrás.
“Erika Jung, Curadora del Museo Viena, Capitán del Ejército Alemán y miembro del partido Nazi” – La sonrisa que esbozaba aquella mujer era a partes iguales aterradora y encantadora.
“Claro, debí suponerlo más antes. Con razón Jung no aparecía nunca y los nazis siempre nos encontraban con tanta facilidad.”
“Es verdad doctor Jones. He sabido jugar mi juego astutamente, pues conozco sus debilidades. Y he sabido aprovecharlas a mi favor.” – la voz de Jung no revelaba ninguna emoción.
“¿Mis debilidades…?”
“Vamos Jones, no seas ingenuo. Tu fama de don Juan es tan grande como tu fama de arqueólogo. Mi comandante lo sabe y sabe por eso que no sospecharías de algo así…” – y movió su cuerpo de forma sugerente, pero sin dejar de apuntar con la pistola – “… hasta que fuera demasiado tarde.”
“¡Otra austriaca embustera!” – cuchicheo Jones.
“Así es Henry. Parece que no aprendiste la lección con Elsa Schneider, ¿Verdad?” – la sonrisa era aún más ancha. – “A ver Jones, dile a Sallah que se aproxime. Aunque lo tengo a tiro, me gustaría poder controlarlo desde más cerca.”
Indiana hizo una seña a Sallah, que se adelantó con los brazos en alto y se detuvo cuando estuvo junto a Jones, apenas medio paso detrás de él. Jung habló nuevamente, al tiempo que bajaba la pistola:
“Sin embargo… No creo que sea necesaria la violencia. Lo que buscamos está por encima de nosotros y nuestras rivalidades políticas y militares y es importante que no caiga en malas manos.”
“¿Qué está diciendo, Indy? Me confunde.”
Jones miró brevemente a Sallah sin ninguna respuesta a aquella pregunta y dirigiendo la mirada a la mujer preguntó:
“A ver, explíquese. ¿Qué significa todo esto? ¿Y qué quiere de nosotros?”
“No comparto el interés de Hitler en esta armadura. Durante años la he estudiado, buscando pistas sobre su ubicación y reuniendo todos los datos que he podido. No pienso permitir que una pieza arqueológica de tan alto valor caiga en manos de un loco que está bañando en sangre a Europa. Podemos encontrar la armadura y ponerla a salvo de Hitler. Pero para eso debemos ayudarnos mutuamente.”
Jones dio un bufido burlón y preguntó:
“¿Y acaso creer que vamos a confiar en usted luego de que tan abiertamente nos engaño tanto tiempo y hasta ahora?”
“Permítame darle una muestra de mi sinceridad, herr professor” – y Jung puso la pistola en el suelo y la empujó con el pie en dirección a Indiana.- “Como ve estoy desarmada. Y tengo información que puedo compartir, sobre lo que nos espera.”
“¿Qué tipo de información, Erika?” – la voz de Indiana sonaba agria, al tiempo que le indicaba a Sallah que recogiera el arma.
“El aliento de Hefestos es un obstáculo que había que superar. Pero hay otros más: El Soplo de Hades, La Prueba de Poseidón y finalmente La Furia de Zeus.”
“¿Que significa todo eso, Indy?” – Sallah estaba más pálido que nunca y con los ojos muy abiertos. Todo aquello sonaba terrible, amenazador y mortal.
“Creo que son obstáculos que debemos superar, conforme vayamos acercándonos a la Armadura. Suenan terribles. El Aliento de Hefestos fue uno de ellos: fuego. Si estoy en lo cierto Hades estará relacionado a la oscuridad y las profundidades, Poseidón al agua y Zeus a los rayos”
Erika Jung sonrió abiertamente y dijo:
“Es correcto, herr professor. Ciertamente su fama lo precede.”
Y sin decir palabra más, empezó a descender por la escala metálica enclavada en la pared de aquel túnel vertical. Jones y Sallah se miraron entre asombrados, preocupados y enojados, pero al momento siguieron a la mujer en aquel descenso a la oscuridad del subterráneo.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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4:56 AM - May 21, 2013 #14

La gruta era cada vez más oscura, pero al mismo tiempo más alta y más ancha. Caminaban percibiendo como la inclinación del suelo los llevaba más profundamente a cada paso que daban. La antorcha de Sallah era la única fuente de luz que tenían con ellos. Por esta razón se veían obligados a caminar bastante cerca entre sí y cautelosamente. La gruta empezaba a descender más empinadamente y a encogerse alarmantemente. Atrás habían dejado una amplia galería y ahora bajaban por un estrecho túnel, que tenia cantidad de recodos. Justamente al tomar un recodo muy pronunciado se encontraron con que el túnel terminaba abruptamente. Sallah avanzó con la luz y tras una roca grande encontró una oquedad en el suelo. Una ráfaga de brisa soplaba suave e intermitentemente por aquel boquete y la llama de la antorcha bailó al estimulo del aire en movimiento. Indiana se acercó y examinó cuidadosamente el hueco, para luego declarar:
“Creo que tendremos que bajar por aquí. Parece que podemos deslizarnos fácilmente, aunque es mejor no arriesgarse. Usaremos una cuerda.” – Se volvió a Sallah y le advirtió – “Ten cuidado con la antorcha, si el viento nos la apaga, tendremos un problema realmente serio.”
“Indy, oye…” – respondió el cairota – “Suena como agua…”
Indiana se dio cuenta entonces del rumor que subía del hueco. Un ruido inconfundible de agua en movimiento.
“¡Aja!” – Exclamó al tiempo que palmeaba afectuosamente al árabe en el hombro – “Tienes buen oído, amigo. Efectivamente, hay una corriente de agua subterránea. Eso es lo que causa el viento que nos llega. Esperemos que la cosa no sea un torrente demasiado fuerte.”
Entre Indiana y Sallah amarraron una cuerda a la roca y dejaron caer libremente el extremo suelto por la oquedad. Indiana tomó un pedrusco de regular tamaño y lo dejó caer por el hueco. Se oyó como rebotaba varias veces y finalmente chocaba contra el suelo. Jones calculo que tendrían que bajar no más de ocho metros. Se aproximó al hueco, tomó la cuerda con ambas manos y se adentro en aquella chimenea. Conforme descendía sentía como la brisa aumentaba gradualmente su potencia. El descenso no fue tan difícil, la chimenea tenía un ángulo que facilitaba la bajada, aunque había partes muy resbalosas y cantidad de rocas sueltas. Llegó al fondo, sin mayor problema y miró hacia arriba. La tenue lucecita de la antorcha apenas iluminaba la cara regordeta de su amigo. Indiana gritó:
“¡Estoy abajo! ¡Es el turno de Jung!”
Erika Jung palideció brevemente, pero con mano firme asió la cuerda y empezó el descenso. Momentos después, llegaba al fondo y en la oscuridad sintió que la mano de Jones le tomaba un brazo y la arrastraba hacia un rincón. El tirón fue firme y sin ninguna delicadeza, pero tampoco tenía intención de lastimarla. Jung sabía que Indiana estaba disgustado con ella y prefirió no decir nada al respecto. Se limitó a decir:
“Estoy bien, profesor. Que baje Sallah”
Jones ignoró aquel comentario y gritando de nuevo dijo:
“La mujer está aquí. ¡Baja tú Sallah! ¡Tira la antorcha primero!”
Como una estrella fugaz, la antorcha describió un trazo de luz antes de apagarse y caer al suelo. Jones, atento al ruido del golpe, la localizó sin problema y usando el encendedor la volvió a prender. La llama de la antorcha bailó alocadamente en medio de aquella brisa intermitente, pero resistió. La luz permitió ver que la galería donde estaban seguía descendiendo. El lugar estaba lleno de estalactitas, estalagmitas y gruesas columnas, convirtiendo la estancia en una suerte de laberinto. Pero si lo que Indiana sospechaba era lo correcto, para orientarse debían seguir el origen de la brisa. El aire forzosamente tenía que entrar por algún lugar, al igual que el agua, que ahora se oía correr con toda claridad. Así pues, avanzando en contra del viento saldrían del lugar.
Sallah se reunió con ellos, sudoroso y tembloroso. Indiana sonrió levemente ante la mirada asustada de su amigo. Sabía que Sallah temía a la oscuridad y las alturas. Afectuosamente le palmeó de nuevo el hombro al tiempo que le preguntaba:
“¿Estás bien, amigo?”
“Podría estar mejor, pero si, estoy bien, Indy. ¿Por dónde vamos?”
Indiana verificó de donde soplaba la brisa y calándose el sombrero indicó una ruta, sin decir mayor palabra y dando el primer paso en la dirección que señalaba.
Avanzaban cautelosamente entre aquel extraño laberinto de formas rocosas. Indiana había ideado una estrategia para mantener la antorcha ardiendo y defendiéndola al mismo tiempo de las cada vez más fuertes ráfagas de viento. Se aproximaba a una columna, verificaba de donde soplaba el viento, esperaba que la ráfaga menguara y avanzaban rápidamente hasta otra columna. De esta forma, aunque lentamente, se aseguraban de que la antorcha les diera luz para poder ver el camino. Sin embargo, la fuerza del viento había crecido tanto que la antorcha apenas iluminaba unos pocos pasos del camino. Y entre más fuerte era el viento, más fuerte se volvía el ruido del agua.
“Oye Indy…” – La voz de Sallah resonó extrañamente en aquella caverna – “¿Estás seguro de que este es el camino correcto?”
“Seguro del todo no, pero creo que vamos en la ruta más adecuada. Si estoy en lo cierto no tardaremos en encontrar la corriente de agua.” – Indiana pareció meditar un momento y luego dijo –“¡Eh, Jung! ¿Está segura del orden de los obstáculos? Nos dirigimos al agua, al reto de Poseidón. Deberíamos estarnos enfrentando al de Hades.”
“¡Ni idea, Jones! No tengo certeza del orden de los obstáculos, solo sé que ahí están.”
“Dichosa y útil ayuda, ¿eh?” – la voz de Indiana tenía un tono sarcástico imposible de ignorar.
“¿Qué hacemos entonces, Indy?” – se escuchó en la voz temblorosa de Sallah
“Seguir adelante. Iremos improvisando.” – dijo Jones con total seguridad.
“Tal y como acostumbras hacerlo siempre, viejo amigo.” – rio Sallah, tranquilizado ante la confianza del arqueólogo.
En la cara de Jones apareció una leve sonrisa torcida y aprovechando una pausa en el viento avanzó al siguiente refugio, una gruesa estalagmita que había varios pasos al frente. Los otros dos lo siguieron resueltamente. De esta forma avanzaron varios minutos.
La voz de Erika resonó en la oscuridad:
“Creo ver una luz allá adelante.”
Sallah miró en la dirección que señalaba la mujer, pero no vio nada.
Indiana apartó la antorcha, dándosela al cairota y efectivamente, vio una tenue lucecita ondulante, adelante en el camino que seguían y por encima de sus cabezas. Satisfecho exclamó:
“¡Vamos por buen camino entonces! ¡Avanza hacia allá, Sallah!” – dijo señalando la borrosa fuente de luz.
Sallah avanzó con la antorcha, tal y como había visto a Indiana con anterioridad. Avanzaban ahora ascendiendo. De repente el flujo del viento cesó por completo, lo cual aprovecharon para avanzar más rápidamente. Sin embargo llegaron a un lugar donde el suelo de la caverna se convertía en un estrechísimo puente natural, que unía dos niveles distintos de aquella caverna. Al fondo de aquel precipicio subterráneo se oía el ruido de una corriente de agua, que fluía fuertemente, arremolinándose y embistiendo furiosamente contra el cañón subterráneo que la aprisionaba. Sallah se aproximó al borde del abismo y alumbró. Sin embargo la profundidad era tal que no pudo ver nada. Levantó la antorcha y vio como aquel puente se curvaba en múltiples partes. Dirigió la mirada hacia Jones, que parecía preocupado por el hecho de tener que cruzar aquel puente, que se adivinaba difícil y traicionero. Erika se aproximó también y con voz despectiva dijo:
“Parece que este es el Soplo de Hades. Vaya reto… Creí que sería algo mucho peor”
El viento volvió a soplar, con una fuerza monstruosa, que apagó la antorcha como si fuera una candela y estuvo a punto de arrebatarle el sombrero a Indiana, que se limitó a sentenciar en la oscuridad que ahora los envolvía:
“¿Decía usted, Jung…?”
“Y ahora… ¿Qué hacemos Indy?” – la voz asustada de Sallah se escuchó en aquella oscuridad – “La antorcha no aguantará este viento.”
“Ya lo sé… Tendremos que pasar a oscuras.”
“¡Esta loco usted, Jones!¡Sin luz, tratar de atravesar ese puente es correr el riesgo de despeñarse!” – Jung parecía a punto de caer presa del pánico.
“Mantengamos la calma. Tengo una idea que puede resultar.” – la voz de Jones sonaba extrañamente calmada en medio de aquel vendaval infernal. – “No se muevan de sus lugares.”
A tientas, Jones se dirigió hacia el sitio donde estaba Sallah y dijo:
“Tranquilo amigo. Necesito la última cuerda que traes.”
Entre los dos y con gran esfuerzo, localizaron un lugar donde atar un extremo de la cuerda. Luego Jones se amarró a la cintura el otro extremo. Como el viento era muy fuerte se quitó el sombrero y lo guardó en su bolso. Indiana se puso en cuatro patas y tanteando encontró la entrada al puente. Se tumbó por completo y arrastrándose empezó a avanzar por aquel pasaje infernal. El viento soplaba tan fuertemente que Jones estaba seguro que de haber intentado pasar de pie, habría perdido el equilibrio y caído al abismo. El puente se estrechaba a ratos tan peligrosamente que incluso en aquella posición era difícil de cruzar. De cuando en cuando, Indiana levantaba la cabeza y localizaba la tenue lucecita que le anunciaba una salida. Era difícil verla, porque los ojos lagrimeaban a causa del feroz ataque del viento y del polvo que aquel arrastraba consigo. Poco a poco Jones avanzó por aquel puente y al cabo de un buen tiempo se encontró del otro lado. Curiosamente de aquel lado el viento no golpeaba con tanta fuerza y con ayuda del encendedor se dio cuenta de que efectivamente había cruzado el puente y esquivado el abismo. Se puso de pie y grito en dirección a sus acompañantes:
“¡Ya cruce! Que pase ahora Jung, guiándose por la cuerda. Con cuidado y reptando boca abajo.”
Erika se tendió de bruces y empezó a cruzar, tal y como había oído decir a Jones. La mujer avanzó varios metros y de un momento a otro gritó:
“¡No veo nada! ¿Cómo sé que voy en la dirección correcta?”
“Trata de ver la luz que señalaste desde el otro lado. La cuerda te sirve para no caer al barranco.” – fue la respuesta de Indiana.
Minutos más tarde Erika Jung estaba junto a Indiana, sucia y temblorosa, pero indemne. Jones volvió a gritar:
“¡Es tu turno, Sallah!”
El árabe rezó mentalmente una oración a Allah, pidió su protección, mandó un beso a sus hijos y un abrazo a Fallah su esposa y encomendando su alma, se aprestó a cruzar. Al rato estaba del otro lado. El abrazo con que Indiana lo recibió, lo reanimó por completo. Con mano temblorosa volvió a encender la antorcha y aunque tenía la boca totalmente seca, pudo decir:
“Muy bien. Ya estamos de este lado. ¿Y ahora…?”
Indiana sacudió su ropa, sacó el sombrero, le dio forma y poniéndoselo contestó:
“Ahora a buscar La Prueba de Poseidón.”
Y los tres empezaron a subir por la galería donde estaban, hacia la luz que habían visto y que con cada paso que daban se hacía más brillante y definida.
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Lord Tyranus
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Lord Tyranus
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Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

1:11 AM - Jun 01, 2013 #15

Habían llegado al origen de la luz. Se trataba de una extraña cascada subterránea, bastante caudalosa. El agua que caía formaba una laguna de aguas agitadas, de forma alargada y que en su extremo más alejado se despeñaba ruidosamente, dando origen al rio subterráneo que habían descubierto desde que bajaron al nivel previo de aquella caverna. Jones dedujo que la luz se debía a que en aquel punto un rio que corría por la superficie se adentraba bajo tierra. Observó que había gran cantidad de piedra caliza, lo cual facilitaba la formación de aquella impresionante galería subterránea. Si sus cálculos eran correctos habían viajado entre 4 y 6 kilómetros bajo tierra. Dedujo también que debía ser pasado el medio día. Algo le decía que debían apresurarse y cierta extraña inquietud empezaba a apoderarse del normalmente calmado profesor. Hizo una seña a Sallah, quien se aproximó rápidamente y dijo:
“Este sitio es formidable, Indy. No sé porqué, pero me recuerda una especie de mezquita subterránea.”
“Ja, entonces eso sería el rosetón.” – Indiana señalo la entrada de agua y luego la laguna de agua negra y continuó diciendo – “A que eso sería el estanque de purificación.”
Sallah dejó escapar una risotada y dirigiéndose al agua exclamó:
“Tal vez, pero lo cierto es que si se puede beber sería bueno echar un trago.”
Los tres se aproximaron cautelosamente al agua. La probaron y dándose cuenta que era apta para beber, dieron algunos tragos y aprovecharon para llenar las cantimploras, que ya estaban vacías.
Erika empezó a otear el lugar, no había más túneles, ni tenía idea de por donde continuar. Aquel lugar no tenía salida. Confundida ante la calma de Jones y su amigo preguntó:
“¿Y bien…? ¿Alguna idea de por dónde debemos seguir? ¡Este lugar parece que no tiene salida!”
Jones se echó el sombrero para atrás, se rascó distraídamente la frente y ajustándose el sombrero respondió:
“Si estamos en el lugar correcto, esto es…” – con un amplio gesto del brazo abarcó toda la estancia- “… La Prueba de Poseidón: ¡agua!”
“De acuerdo, pero ¿Cómo encontramos la ruta a seguir?” – intervino nuevamente Jung.
“Es obvio, hay que meterse al agua.” – la voz de Sallah sonó extrañamente firme al decir eso.
Una mirada de pavor apareció en los ojos de la mujer, cuando vio que Jones asentía ante la propuesta de Sallah con un breve movimiento de cabeza. Entonces dijo:
“¿Meternos al agua en una cueva, sin equipo adecuado? ¡De verdad que ustedes están locos!”
“Me parece que no hay otra alternativa.” – dijo Indiana al tiempo que se despojaba de la jacket de cuero.
“Indy, tengo un presentimiento… Sígueme.” – Sallah sujetó por el brazo y cuchicheo aquellas palabras cerca del oído de Jones.
Sin decir palabra y volviendo a ponerse la jacket, Indiana caminó tras su amigo, que a paso firme se dirigía a la cascada. Llegaron a la pared desde la cual, en lo alto, nacía la catarata. La caída de agua bañaba buena parte de aquella pared, lisa y negra. Con cuidado y aprovechando la luz adicional de la antorcha, entre los dos examinaron aquella pared. Se percataron entonces que la pared estaba algo inclinada hacia adentro, hacia la estancia que tenían tras ellos. Levantaron la vista y notaron como la caída de agua parecía cortarse y seguir unos cuantos metros por encima de donde ellos estaban, como si en aquel lugar hubiera un escalón que hacia rebotar el agua. Ambos hombres intercambiaron una leve sonrisa. Aquello era una especie de cornisa, oculta por las sombras de la galería. Si eso era correcto debían encontrar la forma de subir a ella. Se separaron y empezaron a recorrer el lugar, buscando un sitio que les permitiera subir al siguiente nivel de aquella caverna. No tardaron mucho en encontrar el sitio donde nacía un sendero que los llevaría a la cornisa.
Los tres exploradores empezaron a subir por aquella senda, húmeda y extremadamente resbalosa. Notaron que el estrecho pasadizo se inclinaba peligrosamente hacia la laguna, pero afortunadamente consiguieron llegar a lo alto sin mayores problemas. Nuevamente de aproximaron a la caída de agua. Se percataron que el agua no caída pegándose completamente a la pared y que entre la roca y el agua quedaba un espacio suficiente para pasar. Jones se adelantó y al contacto con el agua fría exclamó:
“¡Odio mojarme!” – y dando un bufido se adentro tras la cascada. La oscuridad lo envolvió por completo. Cautelosamente, Jones empezó a palpar la pared conforme se adentraba tras el torrente de agua. Su mano encontró un lugar vacio en aquella pared fría y húmeda. Cuidadosamente introdujo su cuerpo en aquella oquedad. Se dio cuenta que había entrado a un pasaje oculto tras la catarata. El aire se agitaba violentamente en aquel pasadizo, pero calculó que podía hacer un poco de luz con su encendedor. La tenue lucecita de la pequeña llama fue suficiente para que notara que el sendero continuaba en un túnel estrecho, oscuro y en cuyo suelo corría una pequeña corriente de agua. Guardó su encendedor y volvió junto a sus amigos, totalmente empapado. Les dijo:
“Muy bien, creo que encontré la salida. Hay que apagar la antorcha y cuidar que no se moje, porque la vamos a necesitar.”
Sin decir palabra, Sallah, ayudándose de una funda de cuero muy resistente, apagó la antorcha y la cubrió con la misma funda. La tenue luz que penetraba fue suficiente para que los tres encontraran el camino. Jones les explicó a gritos como localizar la entrada al túnel y volvió a meterse tras la catarata. Sallah le siguió resueltamente y por último Erika. Cuando Jung se reunió con sus acompañantes, se percató que ambos habían seguido el túnel, sin esperarla a la entrada. Refunfuñando y apresurando el paso, los alcanzó con un poco de esfuerzo.
El túnel bajaba lentamente. Era algo estrecho, pero son altura suficiente para permanecer erguidos y aunque a ratos las paredes se acercaban inquietantemente, había suficiente espacio para caminar con relativa holgura. El piso estaba resbaloso, por la corriente de agua que bajaba por el túnel. Al cabo de unos minutos salieron a otra cornisa. Habían llegado a un salón más pequeño que el anterior, de menor altura. Parecía que estaban a un nivel más bajo que en la estancia previa. La corriente de agua había formado en aquel salón otra laguna, de aguas calmadas. Advirtieron que en un extremo del aquella galería estaba el desaguadero de aquella nueva laguna. Una serie de oquedades en el techo de la caverna dejaban entrar suficiente luz como para iluminar tenuemente toda la estancia. Erika señalo aquellos agujeros y preguntó:
“¿Qué son…?”
Jones miró hacia arriba y estudió la disposición de aquellos agujeros con ojo experto. Pareció meditar un momento y luego respondió:
“Pozos. Si no me equivoco, estamos en las afueras de Jerusalén. Sobre nosotros está un antiguo albergue de caravanas.”
Erika arqueó las cejas, impresionada ante la seguridad con que Indiana los posicionaba. Miró alrededor y se dio cuenta que Sallah alumbraba en distintas direcciones con la antorcha y su rostro se cubría cada vez más de una expresión de preocupación. Erika pareció comprender y con la mirada interrogó a Jones, quien también revisaba el lugar en distintas direcciones. Indiana entendió el significado de aquella mirada y se limitó a decir:
“Correcto. No hay como bajar desde aquí. Vamos a tener que saltar al agua.”
“Está bien, Indy. Déjame ir primero esta vez” – Sallah se aproximó a Indiana, le entregó la antorcha, ajustó sus ropas y se lanzó resueltamente al agua.
El salto no era demasiado alto y Sallah entró limpiamente al agua. Emergió casi de inmediato y sonriendo exclamó:
“El agua esta deliciosa. Hay una ligera corriente, posiblemente por causa del desagüe. Pero no veo mayor peligro. Voy a explorar un poco. Espérenme ahí…”
Y con unas brazadas agiles Sallah empezó a nadar alrededor, cuidando de no acercarse mucho al desaguadero de la laguna. Encontró una especie de plataforma y la usó para salir del agua. Desde ahí podía ver perfectamente a Indiana y a Jung. Usando las manos como bocina les gritó:
“¡Aquí hay espacio, pueden bajar!”
Erika saltó y empezó a nadar hacia el árabe. Indiana la siguió inmediatamente. En poco tiempo estaban los tres, buscando como salir de aquella estancia. Un poco más arriba encontraron un nuevo túnel pero a los pocos metros se dieron cuenta que no llevaba a ninguna parte. Volvieron a la laguna. Nuevamente parecían estar atrapados en un lugar sin salida. El desagüe no podía ser la salida, se notaba claramente que era una caída larga y muy escarpada. Sallah preguntó distraídamente:
“Caramba… ¿Dónde estamos ahora?”
Indiana no contestó, se limitaba a pasearse por la orilla de la plataforma, mesándose la barbilla. Al cabo de un momento su rostro se iluminó con una sonrisa y exclamó:
“Lo tengo. Esta es la verdadera Prueba de Poseidón. ¡La salida de este lugar está bajo el agua!”
“¿Estás seguro, Indy?” – Sallah abrió mucho los ojos al decir eso.
“No completamente pero sí bastante seguro. ¿Notaste cierta corriente extraña bajo el agua al nadar hacia acá?” – Jones miró fijamente al cairota.
“Tienes razón… Sentí una corriente extraña en aquel lugar.” - y señalo en dirección opuesta a la plataforma donde estaban parados- ”Algo así como un remolino muy suave”
Y nuevamente Sallah se lanzó al agua confiadamente. Empezó a bracear hacia el lugar que decía y se zambulló grácilmente en un punto determinado.
Jung se aproximó a Jones y le dijo:
“¡Vaya! Parece que Sallah es un excelente nadador. ¡Estoy sorprendida!”
Jones la miró brevemente y luego respondió:
“Yo también, conozco a Sallah desde hace años y hasta ahora me doy cuenta de esa habilidad.”
Al cabo de un momento Sallah emergió jadeando y empezó a bracear hacia la plataforma. Salió del agua y cuando se hubo repuesto les dijo a los otros dos:
“Efectivamente. Ahí hay un túnel sumergido. Lo cruce apenas a tiempo. Del otro lado hay…” – los ojos de Sallah estaban muy abiertos – “¡Tienen que verlo!”
Momentos más tarde Indiana y Erika nadaban tras Sallah. Llegaron a un punto donde se sentía una leve succión bajo el agua. Sallah les dijo:
“Aquí es. La entrada al túnel está a poco más de dos metros bajo el agua. Tomen bastante aire y sigan recto. No es difícil llegar al otro lado. No hay obstáculos, pero hay que rendir el aire.”
Y tomando una gran bocanada de aire, Sallah desapareció bajo el agua.
Jones lo siguió inmediatamente. Erika se quedó un momento y dijo para sí misma:
“Verdammt Zeit, um diese Mission zu akzeptieren!” (Maldita sea la hora en que acepté esta misión)
Hizo varias inhalaciones profundas y reteniendo el aire y maldiciendo internamente, se zambulló. Encontró el túnel con alguna facilidad y empezó a patalear rítmicamente dentro de aquel pasadizo oscuro. La leve corriente le ayudaba en el avance. Unas pocas veces rozó el techo del pasaje y corrigió la profundidad a la que nadaba. Empezó a sentir como el aire se acababa en sus pulmones, pero justo antes de entrar en pánico una luz llenó el agua. La luz venía de arriba y no lo dudo en seguirla. Emergió justo cuando la carga de oxigeno de sus pulmones se agotaba. El jadeo y el juramento emergieron junto a ella. Cuando sus ojos se acostumbraron a la extraña luz, vio un par de figuras en una orilla, justo encima y delante de ella. Braceo pesadamente hacia ellas y un par de manos firmes la ayudaron a salir del agua. Cuando se hubo recuperado de aquel esfuerzo dirigió una mirada al lugar donde se hallaba. Totalmente pasmada, su boca se abrió completamente y dejo escapar un profundo y largo “¡Ohhhhhhhhhhhhh!”
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

3:34 AM - Jul 07, 2013 #16

Había llegado a una cueva sumamente extraña. El lugar guardaba una similitud increíble con una construcción abovedada, espaciosa y con una altura muy apreciable. En el techo se habían hecho varias perforaciones, por la que penetraba una luz natural que formaba haces de luz, los cuales iluminaban de forma dispar la estancia, manteniendo una penumbra uniforme, pero que permitia, cuando los ojos se acostumbraban a ella, apreciar el entorno del lugar.
Justo delante del sitio donde habían salido del agua empezaba un camino, recubierto de lajas y adornado a ambos lados con estatuas a tamaño natural, que recordaban dioses o guerreros de la antigüedad. Ahí estaban, de un lado del camino, Zeus, Ares, Atenea, Apolo y varios otros dioses. Frente a ellos Odiseo, Héctor, Ayante y otros más, héroes, tanto griegos como troyanos. Erika no pudo dejar de sorprenderse ante el detalle de aquellas esculturas. Se dio cuenta que frente a los héroes griegos habían situado dioses que, según el canto de Homero, habían favorecido a estos. Y frente a los héroes troyanos se hallaban alineados los olímpicos que los habían apoyado en la guerra contra las demás polis griegas.
El camino recorrida la estancia y se dirigían en línea recta hacia un portal de clara construcción griega, con columnas y un dosel de piedra. Los tres aventureros empezaron a recorrerlo lentamente, admirando aquellas esculturas, que aún en medio de aquella penumbra, mostraban una grandeza y un detalle admirable. La voz de Sallah, nerviosa y apenas audible, llegó hasta Indiana:
“Indy… ¿Qué es este lugar?”
Jones de tomó un tiempo antes de contestar. Su rostro reflejaba una emoción profunda y una satisfacción enorme. Sallah comprendió, a la vista de aquella expresión de embelesamiento que cubría el rostro de su amigo, que acababan de llegar a un lugar mítico, oculto entre historias y leyendas. Indiana empezó a hablar:
“Diría que hemos encontrado el templo perdido de Aquiles. Dicen las leyendas que los griegos, principalmente los mirmidones de la región de Ftía, luego de la Guerra de Troya empezaron a considerar a Aquiles como un semidiós e incluso como un dios menor. Según se dice, un grupo de mirmidones liderados por un hombre llamado Pomponeo de Tesalia, erigieron en secreto un templo…”
“… destinado a albergar los restos mortales del héroe…” – Erika parecía igualmente extasiada.
“… y atesorar su fabulosa armadura. El templo fue construido más allá de los límites del mundo griego, en medio del desierto y en un sitio donde solo los hombres más bravos se animarían a llegar…”
“… para alejar a los hombres indignos, de los fabulosos poderes de la armadura más perfecta, confeccionada en la fragua del dios Hefestos.” – Erika terminó el breve relato.
“Entonces es cierto… ¿Esa armadura es mágica?” – Sallah parecía contagiarse del momento místico que abrazaban sus dos compañeros de expedición.
Jones pestañeo varias veces y como si saliera de un sueño sentenció:
“La magia, los dioses griegos y todo eso son solo leyendas. Historias folclóricas de pueblos antiguos. Los hombres siempre han perseguido el poder. Y aquellos que han sido reconocidos por el poder que demostraron se vuelven héroes. Todo héroe adquiere, conforme pasa el tiempo, algunas características particulares, algunas veces sobrenaturales, que le destacan sobre los demás. El resto de los hombres ambiciosos, que buscan el poder, muchas veces imitan a héroes previos. En el caso de Hitler, cree ciegamente que una antigua y perdida armadura de hierro y bronce posee poderes sobrenaturales y que usándola ganará una guerra que tarde o temprano va a perder.”
“Entonces... Si todo es falso… ¿Para que la mandaron a ella? ¿Para que venimos hasta aquí…?” – la voz de Sallah sonaba extrañamente desalentada y curiosa al mismo tiempo.
“Por el poder que tienen los símbolos” – Erika contestó adelantándose a la respuesta de Indiana – “La gente sigue, respeta y cree en los símbolos. ¿Cuánta gente está dispuesta a morir por una Cruz, una Estrella de David o una Luna Creciente? Los alemanes están dispuestos a pelear, sufrir y morir en una guerra donde se les ha prometido un reino que durará mil años. Hitler les ha asegurado la gloria para ellos y sus hijos. Alemania, humillada tras la Gran Guerra, ha elegido seguir a un hombrecito que sabe muy bien como emplear símbolos para generar orgullo y pasión. Puede que la armadura no sea mágica. Pero si los alemanes ven a su caudillo dueño de esa reliquia, no dudaran en volverse más fieramente contra los Aliados”
“Entonces no podemos permitir que esa armadura llegue a manos de los nazis. ¿Es así Indy?”
“Así ha sido desde el principio, mi querido Sallah” – Indiana contestó al cairota, pero su mirada de acero estaba clavada sobre la mujer que tenía enfrente. Ella sintió aquella mirada dura y cargada de desconfianza, pero se limitó a ignorarla y girando hacia el portal dijo:
“Basta de filosofía. Si estamos en lo justo, la armadura debe estar tras ese portal. Vamos.”
Y empezó a caminar resueltamente hacia las columnas que marcaban la salida de aquel recinto abovedado y cubierto de sombras.
Jones apoyó una mano en el hombro de Sallah, deteniéndolo un momento y dejando que la mujer se adelantara unos cuantos pasos. Luego se aproximó al oído de su amigo y muy quedamente le dijo:
“Será mejor que estemos aún más despiertos. Sospecho que vamos hacia una trampa enorme.”
“¿La cólera de Zeus…?” – el color pareció huir del rostro del árabe.
“Peor aún… Las intrigas de los nazis. Me parece estúpido que la dejaran venir hasta acá, sin mayor ayuda. La armadura es un botín demasiado grande para una sola persona. Si estoy en lo cierto, apenas lleguemos con la armadura a un sitio adecuado…”
“… vamos a tener una charla con más nazis. ¿Es lo que temes Indy?”
Indiana sonrió agriamente y contestó:
“Es justamente lo que espero que pase, Sallah”
“Entonces… ¿Por qué seguimos con esto? ¿No sería más seguro olvidarnos de todo esto, dejar esa maldita armadura y salir de aquí?”
“Ya es demasiado tarde, Sallah. Ella sabe dónde está la armadura. Si la dejamos Jung volverá con los nazis y la perderemos del todo. Tenemos que sacarla de aquí y luego improvisar para retenerla y evitar que los nazis se hagan con la armadura.”
La cara regordeta del egipcio se iluminó con una breve sonrisa y aseguró:
“¡Tal y como hicimos con El Arca, allá en Tanis!”
“¡Exacto, amigo!”
Luego la voz de Indiana se convirtió en un murmullo casi inaudible y empezó a caminar tras la mujer, que los aguardaba al pie mismo del portal. Pero aún así Sallah estaba seguro que lo había oído decir:
“Fortuna y gloria pues… ¡Fortuna y gloria!”
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

1:16 AM - Mar 03, 2014 #17

:ij Lazaro, levantate y anda...

Tenía tiempo sin darle avances a esta historia, sin embargo aquí les dejo. Ojala les guste.
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Cruzaron el umbral y entraron a una cámara completamente a oscuras. Sallah preparó la antorcha y aquella llama fue suficiente para mostrar que estaban al pie de una escalinata de piedra, a cuyos lados se levantaban paredes formadas por macizos bloques de piedra. Cerca de la entrada encontraron varias antorchas. Probaron algunas hasta que finalmente los tres tenían una luz cada uno. Sin embargo la luz de aquellas tres antorcha apenas iluminaba la densa oscuridad del lugar y no permitía distinguir el final de la escalinata. Jones vio como Jung avanzaba hacia la primera grada y pisaba el primer escalón. Se oyó un extraño crujido, en lo alto del oscuro techo se apreciaron unos fugaces y extraños destellos, semejantes a chispas y luego un sonido chirriante llenó el lugar. Indiana tomó a la mujer por el brazo y tiro de ella hacia atrás, hacia la entrada del sitio. Frente a ellos, un poco por encima de sus cabezas y justo sobre el primer trecho de gradas, dos pesadas planchas de metal chocaron ruidosamente entre sí. El sonido fue ensordecedor y el aire del lugar pareció vibrar frenéticamente al compás del estruendo producido. Pasado un instante, durante el cual las planchas de metal volvieron a chocar entre ellas produciendo nuevos pero cada vez más débiles estruendos, la trampa quedó inmóvil. Unos momentos después un nuevo chirrido metálico lleno la oscuridad y pudieron atisbar como las planchas se elevaban hacia el techo. Sallah abrió y cerró varias veces la boca, pues el ruido le había taponeado los oídos. Luego se acercó a Indiana y pregunto:
“¿Qué diantres fue eso, Indy?”
“La Furia de Zeus, ni más ni menos. Una trampa mortal que imita el sonido del trueno.”
“¿Trampa mortal…?” – intervino despectivamente Jung – “Pero si esas placas estaban por encima de nuestras cabezas y jamás nos hubieran golpeado directamente.”
Jones la miró brevemente, desaprobando claramente la opinión de aquella austriaca y respondió:
“Tal vez por la altura no nos hubieran alcanzado, pero estoy seguro que la onda sonora nos hubiera lastimado permanentemente los oídos de haber permanecido bajo la trampa.” – iluminó hacia el techo y observo atentamente antes de continuar diciendo – “Creo que esto es solo un aviso y más adelante este pasadizo se pondrá realmente mortífero”
“¡Caramba Indy! ¿Cómo haremos para subir?”
“Descubriendo como se activa la trampa. Creo que se pone a funcionar en los escalones.”
“En los escalones… ¿Está seguro, Jones?” – pregunto Jung.
“Bastante. No pasó nada hasta que usted puso un pie en la escalinata”
Y cuidadosamente se aproximó a los escalones. Eran de piedra pulida, parecida al mármol. Cada nivel de escalones estaba compuesto por un grupo de cinco bloques, todos del mismo tamaño y sin ningún elemento que los distinguiera entre sí. Jones se volvió hacia la mujer y preguntó:
“¿Dónde fue que pusiste el pie?”
“Creo que fue en el centro”
Jones examinó cautelosamente el bloque central y sus bloques laterales. Se dio cuenta que los tres bloques centrales estaban algo flojos, mientras que los dos laterales estaban firmemente colocados. Revisó con cuidado el siguiente nivel y encontró la misma configuración en los bloques que lo componían. El tercer nivel tenía las mismas características. Igualmente el cuarto escalón. Pero no pudo alcanzar el quinto nivel sin comprometer el equilibrio. Y pegándose a la pared derecha empezó a subir los escalones. Tuvo que pegar la espalda a la pared y subir de lado, porque los bloques eran tan estrechos que subir de frente resultaba demasiado incomodo. Advirtió entonces que la pared tenía una leve pendiente que lo forzaba a inclinar peligrosamente el cuerpo hacia adelante. Sin embargo, avanzando lentamente logró llegar al cuarto nivel. Ahí se dio cuenta que agacharse para comprobar los siguientes escalones era imposible. Retrocedió unos cuantos escalones y desde ahí pudo comprobar la fila de bloques del quinto escalón. La configuración de los bloques cambiaba desde ese punto. Ahora los bloques sólidos estaban en el centro uno y justo al lado izquierdo de este, el otro.
Sin embargo, sonrió para sí mismo y dijo a sus acompañantes:
“Tal y como lo sospeché. Es una trampa activada por el peso. Tengo una corazonada y creo que ya sé cómo funciona esto. Síganme cuidadosamente y pisen donde pise yo. Esto es importante, repito: Pisen… exactamente… donde… pise… yo. Iremos poco a poco y uno tras otro, de forma tal que ustedes puedan ver el recorrido. ¿Estamos de acuerdo?” – los otros dos asintieron en silencio y Jones continuó diciendo – “Yo iré de primero, Jung detrás de mí y Sallah de último.”
El ascenso fue lento. Pero tal y como Jones había previsto, cada cuatro escalones cambiaba la configuración de los bloques. Al rato se dieron cuenta que el techo del pasadizo estaba ahora alarmantemente mucho más bajo y que si por error se activaban otro par de planchas, estas los aplastarían al atraparlos. Sallah se estremeció involuntariamente al darse cuenta de ello y advirtió entonces porque su amigo lo había dejado de último. Si Jung activaba una de aquellas trampas, el podría evitar que escapara hacia abajo. Morirían los tres, pero eso significaba que nadie más sabría donde encontrar la fabulosa armadura que buscaban.
Unos momentos después estaban cerca de terminar el ascenso por aquella endemoniada escalinata de piedra. Vieron el hueco de una puerta y la oscuridad que había tras ella. Estaban parados en los bloques centrales lo que les daba cierta comodidad lejos de las paredes en ángulo. Indiana exploraba los bloques tratando de establecer la siguiente configuración. Quedó perplejo al darse cuenta que los cinco bloques estaban flojos. Eso solo podía significar que había que saltar aquel escalón. El desconcierto aumentó al darse cuenta que la siguiente grada también estaba dispuesta para disparar la trampa con cualquier bloque. El tercer escalón tenía únicamente un bloque sólido, el del centro y el cuarto nivel tenía nuevamente todos los bloques en posición de disparo. Subir dos escalones con un solo paso no era mayor problema, pero tres… ya eso estaba más allá de las capacidades físicas de cualquiera de ellos. Obviamente podían tomar impulso desde los escalones previos, pero tenían que ser muy exactos para apoyarse directamente en el único bloque seguro que quedaba y el impulso los podía hacer perder el equilibrio y trastabillar activando la trampa. Parecía entonces que la solución de aquel último tramo era saltar y volver a saltar trasponiendo la puerta. Aquello no parecía tan difícil después de todo. ¿Pero que había tras la puerta? ¿Alguna otra trampa tal vez o una superficie segura a la que acceder y alejarse de aquel endiablado y laberintico mecanismo? Pese a lo intrincado del ascenso, Jones no pudo menos que maravillarse ante el ingenio que había dado forma a aquel engendro. Un astuto sistema de engranajes, movido por pesos y contrapesos debía activar cada sección de las mortíferas planchas. Todo ello activado por otro hábil mecanismo diseñado para sostener las piedras y que se activara únicamente con el peso adecuado. Pero lo suyo era el estudió de los tiempos pasados, no la ingeniería mecánica y sus vericuetos. Algunos conocidos de la Universidad estarían dispuestos a estudiar aquel endemoniado artefacto, pero a Jones lo único que le interesaba era salir de allí rápidamente. Se volvió hacia Jung, le pidió la antorcha y sin decir más la arrojo hacia adelante. La antorcha chisporroteo brevemente al chocar contra el suelo, pero se mantuvo encendida. La luz de la tea iluminó suavemente el lugar donde había caído. Y entonces la vieron… La Armadura de Aquiles estaba en la siguiente instancia. Reluciente pese al polvo y la suciedad que la cubrían. Hermosamente labrada y decorada con complicados dibujos y relieves. Más bella de lo que cualquiera de ellos tres podían imaginarla.
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Dargas
Primer Teniente
Dargas
Primer Teniente
Joined: 7:59 PM - Dec 11, 2006

4:04 PM - Mar 03, 2014 #18

Excelente!!!! Mano conde, al chile deberias pensar en mandar a revisar con un escritor este trabajo y el anterior y pensar en ofrecerlas para impresion traducidas al ingles.

Yo creo que podrian salir como novelas facil facil!
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

3:59 AM - Mar 18, 2014 #19

La vista de la armadura despertó en los tres una extraña sensación de vitalidad. Indiana se impulsó con facilidad y de un salto logró llegar a la losa adecuada y de allí se lanzó hacia la recamara de la armadura. Jung hizo lo mismo, un poco menos ágilmente, pero logró llegar hasta la meta. Sallah imitó a Jones y se impulsó fuertemente hacia arriba y adelante. Sin embargo trastabilló al tocar la losa y se apoyó sin querer en una de las piedras que activaban la trampa. Resbaló y cayó de bruces sobre la escalinata. Se oyó el espeluznante chirrido y se vio como un enorme bloque de piedra caída a plomo sobre el infortunado árabe, quien se limitó a encogerse aún más sobre las piedras, encomendando su alma a Allah. Sin embargo el bloque no cayó del todo y se detuvo a unos pocos centímetros sobre el cuerpo del aterrado cairota, quien desesperadamente trataba de ganar la recamara. Gritando extendió las manos hacia Indiana, quien las tomó rápidamente y con un halón firme empezó a arrastrar a Sallah hacia la seguridad de la recamara. Pero Sallah era un hombre corpulento y Jones sintió que le faltaban fuerzas para izar al egipcio. El bloque tronó y descendió otro par de centímetros. Jones grito a Jung, para que le ayudara y entre ambos lograron poner a Sallah a salvo, con el tiempo justo, porque apenas un par de segundos después el bloque terminó de desplomarse y cerró por completo aquella entrada. Sallah se puso de pie temblorosamente y ambos hombres se abrazaron fuertemente. Jones palmeó afectuosamente la espalda del árabe al tiempo que preguntaba:
“¿Estás bien? ¿Te lastimaste de alguna manera?”
“No te preocupes, Indy. Apenas un par de golpes en las rodillas y los codos. Nada serio” –Sallah miró la entrada cerrada y con voz quejumbrosa – “¡Maldición Indy! Ahora sí que estamos atrapados. Ese maldito bloque debe pesar por lo menos una tonelada. ¿Cómo vamos a salir de aquí?”
“Ni idea, pero ya veremos…” – Jones se volvió lentamente dejando que su atención se fijara poderosamente en la armadura que había en el centro de la recamara.
Estaba colocada en una especie de columnata, de forma tal que casco, coraza y escudo daban la impresión de estar sobre un hombre. Jones, Jung y Sallah se aproximaron lentamente a aquel tesoro, admirando el detalle de los grabados, la belleza del escudo, la espada poderosa y las hermosas grebas de bronce. Todo aquello era un trabajo fuerte y al mismo tiempo increíblemente detallado y delicado en sus acabados. Indiana sintió una especie de descarga eléctrica cuando paso suavemente su mano sobre la coraza. Sabía que era una sensación imaginada, pero no podía ser de otra forma. Allí estaba él, acariciando nerviosamente la armadura que había pertenecido a uno de los guerreros más notables del mundo clásico. Desvió la mirada hacia Jung y se sorprendió ante la expresión indescifrable de la mujer. Una expresión que mostraba alegría, sorpresa y locura a partes iguales. Había visto centenares de veces esa expresión en incontables personas que le habían acompañado en toda clase de aventuras para encontrar los más legendarios objetos de la Historia. Esa era la expresión que se apoderaba del rostro de la gente cuando finalmente se encontraban frente a frente con objetos que tenían un lugar importante y místico en la Historia. Invariablemente esa expresión dejaba al descubierto la verdadera naturaleza de las personas que perseguian las reliquias por motivos ajenos al conocimiento o deseo de recuperarlas y ponerlas al alcance de los demás. Era la expresión de uno de los sentimientos más viles del ser humano: la codicia. Se estremeció involuntariamente cuando aquella expresión en el rostro de la mujer le recordó la cara de su más enconado rival: René Emile Belloq. La ambición de Belloq le había costado la vida años atrás y Jones se estremeció nuevamente al darse cuenta del odio y la satisfacción que en ese momento le causaba el recuerdo de la horripilante muerte de su némesis. Se dió cuenta que la codicia despertaba en él esos sentimientos mezquinos y se apresuro a desecharlos. Sallah desempaquetó el enorme bulto de lona que había llevado consigo para envolver la armadura. Entre los tres y cuidadosamente, empacaron en aquella lona la valiosa armadura. Indiana dejó escapar un breve suspiro de satisfacción. Ya tenían la armadura en su poder. Pese al tamaño de las piezas, resultaba ser más liviana de lo esperado. Ahora solo tenían que encontrar una salida.
La voz alarmada de Erika Jung llegó a los oídos de ambos hombres:
“Profesor Jones, tenemos un nuevo problema”
Jones se volvió desconcertado hacia la mujer, que se limitaba a señalar el suelo. Indiana observó con atención y se dio cuenta que parte del piso humeaba tenuemente y había incontables puntitos de luz en el piso. Comprendió que el suelo era en realidad madera, totalmente seca tras cientos de años de estar ahí. La antorcha que habían lanzado había prendido parte del maderaje y el fuego, sin levantar llama, se extendía por las piezas de madera.
“¿Qué es esto?” – preguntó Jung sin comprender.
“El piso se está carbonizando poco a poco y no tenemos como apagarlo.” – aclaró Jones.
“Caramba…” – Sallah no pareció asustado, pero si intrigado al preguntar – “¿Que habrá debajo?”
Si decir mayor cosa, Jones removió algunas piezas de la parte más carbonizada y vio como los pedazos de carbón caían y se perdían de vista en un pozo oscuro. Retrocedió hacia la pared, alejándose del boquete que había abierto. La carbonización avanzaba ahora más rápidamente y momentos después una llama pequeña y humeante surgía de los bordes del boquete. La calma se convirtió en desasosiego cuando las llamas aumentaron de tamaño y el piso empezó a arder a mayor velocidad. Y el pánico apareció cuando, seguido de un crujido de madera, parte del piso empezó a caer hacia el pozo que había bajo la recamara.
“¡Rápido! ¡Tenemos que salir de aquí!” – exclamó Jones y se lanzó contra el bloque de piedra que los encerraba en la recamara. Ni el esfuerzo combinado de los tres alcanzó para mover la roca, que pese a la fuerza y el empuje de tres personas, se negó a moverse ni un milímetro de su lugar.
“¡Tiene que haber otra salida!” – gritó Sallah y empezó a toser a causa del humo que poco a poco llenaba la estancia. Las llamas iluminaban ahora la estancia y permitían ver con mayor detalle las paredes de la recamara. Era una estancia circular, cuyo techo estaba tan alto que no se percibía aún. Las paredes estaban profusamente ornamentadas con toda suerte de bajorrelieves. Jones recorrió la estancia estudiando rápidamente aquellas tallas en piedra. Se dio cuenta que estas cubrían todo el contorno de la recamara. Tras la columnata donde reposaba la armadura había una especie de tallas que recordaban una escalera. Jones vio que aquellos salientes eran lo suficientemente grandes como para poder trepar por ellos. Sin pensarlo dos veces empezó a subir, alejándose de las llamas que amenazaban con atraparlos en un rincón. Vio que aquellos peldaños seguían hacia arriba hasta perderse en la oscuridad. Sin bajar, dio una indicación a los otros dos:
“Creo que podemos escapar por aquí. Sallah toma la armadura y sígueme. Jung, esta vez usted será la última.”
Sin chistar, Sallah se echó el paquete a la espalda y alcanzó a Jones el escudo. Ambos hombres empezaron a trepar y al momento los seguía la mujer. El humo que subía desde el suelo les llenaba los ojos de lágrimas y la tos empezó a molestarlos. Pero siguieron subiendo poco a poco, alejándose del piso en llamas. El espanto les cubrió el rostro cuando en medio de un horrible crujido el piso cedió y cayó en llamas hacia las profundidades de aquel pozo. Las llamas se extinguieron y la oscuridad llenó por completo aquella gigantesca chimenea. Si otra opción, empezaron a subir, cuidadosamente. Muchos minutos después, justo cuando las fuerzas estaban por acabarse, Jones vislumbró un haz de luz y sintió una brisa refrescante en el rostro. Aquello renovó como por arte de magia sus fuerzas y con renovado vigor continuó trepando. Finalmente alcanzaron la cima de aquel pozo y salieron a una cueva, que por una pequeña y estrecha boca los dejó salir al desierto, justo para contemplar como el Sol se ponía sobre Palestina.
Consiguieron un poco de leña y usando el pedernal que Jones portaba en su bolso, encendieron una fogata y se dedicaron a esperar el amanecer. No sabían dónde estaban, pero era claro que se encontraban no muy lejos de Jerusalén. Esperarían a la mañana antes de ponerse en camino. De momento no había más que hacer. Con hambre y sed trataron de dormir. Jones dejó que Sallah durmiera un rato y él aprovecharía para vigilar a Jung y de paso estudiar el fabuloso tesoro que habían recuperado de un lugar casi mágico y terriblemente mortal.
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Dargas
Primer Teniente
Dargas
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Joined: 7:59 PM - Dec 11, 2006

8:09 PM - Mar 28, 2014 #20

And THEEEENNN???????
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

6:30 PM - Apr 15, 2014 #21

Then...

Martes 5 de octubre de 1943. En algún lugar del Mediterráneo. Poco después del amanecer.

El calor típico de aquel mar empezaba a manifestarse, pese a la suave y constante brisa que soplaba. Dos hombres se encontraban a la sombra de un toldo, tras al puente de mando de un viejo y destartalado carguero chipriota. Tomaban un escueto desayuno y comentaban rápidamente el itinerario que habían seguido hasta ese punto del mar. Al día siguiente de haber salido de la caverna con la armadura, tuvieron la inmensa suerte de ser recogidos por una caravana de comerciantes de sal, que los habían ayudado a volver a Jerusalén. De ahí viajaron en un camión hasta llegar al puerto de Haifa. Partieron en una barca pesquera hasta la isla de Chipre y ahí habían abordado el carguero donde estaban, que según el trato con el capitán, los llevaría bordeando el mar Adriático y de allí a Malta, donde Indiana Jones arreglaría un vuelo hasta Londres. El capitán de aquel carguero era un chipriota de regular edad, alto, de piel tostada por el Sol, cabello ensortijado y entrecano, marcadas arrugas, flaco, pero de fuerte contextura y con una cicatriz que le recorría el lado izquierdo del rostro desde la frente hasta el nacimiento del labio superior. Aquella marca le daba un aire tenebroso, más si se tomaba en cuenta que el ojo izquierdo estaba dañado y se percibía como un glóbulo entre grisáceo y blanquecino. Sin embargo, pese a su tétrico aspecto aquel hombre resultaba ser un buen conversador y una persona de modales apacibles. Tenía alguna educación y de dirigía a sus pasajeros con cierto respeto, sobre todo si se tomaba en cuenta la buena cantidad de dinero que le habían ofrecido por llevarlos hasta Malta. Sin embargo Sallah desconfiaba del capitán y no perdía momento para hacerle saber a Jones de su indisposición contra aquel hombre. Jones siempre preguntaba:
“¿Pero por qué desconfías tanto del capitán?” y sonreía ante la consabida respuesta.
“Ya sabes Indy… ¡Los tuertos no son hombres de fiar!”
Indiana miró distraídamente al mar, hacia la estela que dejaba la nave. Sintió un extraño cambio en la forma que sentía la brisa y aguzó sus sentidos de orientación. Habían estado navegando de forma tal que la costa siempre había estado visible, lo que le permitía a Jones tener una idea aproximada del lugar donde estaban. Sin embargo ese día navegaban a mar abierto y no se vislumbraban costas ni islas por ninguna parte. Algo en la posición del Sol llamó la atención de Indiana y habló suavemente con su amigo:
“Esto no me está gustando, Sallah. Me parece que navegamos rumbo al norte y deberíamos estar haciéndolo rumbo al oeste.”
“¿Estás seguro? ¿Para donde vamos entonces?”
“Tendría que ver una carta de navegación para confirmarlo, pero me parece que estamos por entrar al mar Egeo. Y no es allí donde necesitamos ir.”
Ambos hombres se levantaron tranquilamente de sus sillas y se dirigieron al camarote que compartían. Jones buscó entre sus cosas y entregó a Sallah su Browning P35, indicándole que la escondiera entre sus ropas y que estuviera alerta. Volvieron a la cubierta del carguero y se encaminaron al puente. Un chipriota bajo y regordete, con cara de pocas pulgas, les impidió la entrada. Sallah empezó a discutir con aquel hombrecillo, dejándole en claro que tenían que hablar con el capitán. Sin embargo el marinero se negaba una y otra vez y empezó a gritar. Al momento Jones y Sallah estaban rodeados por media docena de marineros, todos armados con palos y cuchillos y que les miraban de forma torva. Si bien era cierto que ninguno de aquellos marineros portaba armas de fuego, Jones sabía que amenazarlos con sus pistolas era lo peor que podían hacer. Tomó por el brazo a Sallah y con un movimiento de cabeza le indicó que mejor bajaran a cubierta. Descendieron la escalera, seguidos por los marineros y al pisar la cubierta se encontraron con el capitán, dos marineros más y la inquietante presencia de Erika Jung, que vestía una especie de uniforme color kaki, con insignias alemanas. El capitán y sus acompañantes estaban armados con unas inconfundibles MP40 y les apuntaban resueltamente con ellas. Jung dijo:
“Buenos días Herr Professor. Parece que tenemos un cambio en la ruta, que espero no lo incomode demasiado.”
“Debí deshacerme de usted cuando tuve la oportunidad, Erika.” – la voz de Jones no demostraba demasiada sorpresa ante aquella situación.
“Es su debilidad, doctor Jones.” – Jung avanzó hasta Indiana y cuidadosamente le despojó del revólver, al tiempo que otro marinero registraba a Sallah y encontraba la pistola que escondida entre sus amplias ropas - “Usted es demasiado… caballero. Y a ratos demasiado incauto, cuando cree que al hacer las cosas a su manera todo estará bien.”
Jung se refería obviamente al trato que él había cerrado con el capitán. Jones miró al chipriota, quien le sostenía la mirada sin ninguna emoción en el impasible rostro y le dijo:
“Creí que teníamos un trato, capitán El-Mejdki.”
El hombre le contestó, con una leve sonrisa:
“No se lo tome como algo personal, pero negocios son negocios. Efectivamente teníamos un trato, señor. Hasta que hoy en la madrugada, ella me hizo una propuesta por tres veces lo que acordamos y algunas extras muy interesantes y placenteras.”
Erika Jung se sonrojo levemente ante aquel comentario y dio una orden:
“Amárrenlos a ese mástil.”
“¿No sería mejor deshacernos de ellos de una buena vez? Aquí el mar es profundo y unas buenas cadenas garantizarían que nadie los encontrará jamás.” – interpeló El-Mejdki.
“No veo necesidad de tirarlos por la borda. Al menos no por el momento y mientras no causen mayores problemas.” – Erika miró directamente a Jones al decir esto.
“Como guste, señora.” – y el capitán se alejó de aquel trío, riendo a carcajada limpia.
Dos marineros amarraron fuertemente a Jones y a Sallah. Uno se alejó y el otro permaneció vigilándolos. Jones, pese a lo comprometida de la situación dejó escapar una risotada cargada de resignación cuando Sallah le dijo:
“Te lo dije Indy…¡No hay que confiar en los tuertos!”
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

7:41 PM - May 11, 2014 #22

El encuentro se produjo poco después del medio día, cerca de unos islotes del archipiélago griego. El carguero intentó esquivar los dos barcos de guerra alemanes que tenia al frente. Se trataban de un destructor y una lancha torpedera, muy rápida y maniobrable. El carguero intentó varios trucos para evitar a las naves alemanas, empezando por elevar un ajado pabellón con el emblema nazi. Cuando esta táctica demostró ser ineficaz, el carguero trato de dar marcha atrás, pero la veloz torpedera lo interceptaba hábilmente cada vez que alteraba su rumbo. Aquel juego al gato y el ratón no se prolongó demasiado. El destructor disparó un proyectil, que cayó en el mar alarmantemente cerca de estribor del carguero, salpicando fuertemente en agua salada a todos los que estaban en el puente. Mientras tanto la torpedera bloqueaba babor y sus ametralladoras realizaron algunos impactos en el costado de la nave, sin causar mayor daño estructural, pero anulando todo intento de resistencia por parte de la tripulación. La torpedera enfiló directamente hacia el carguero, desplegando todo su armamento y en una trayectoria que no dejaba a dudar de cuáles eran sus intenciones.
La vieja nave redujo la velocidad rápidamente y en el lugar adecuado soltó ambas anclas, quedando dispuesta para el abordaje. La lancha torpedera se aproximó a una velocidad adecuada y su piloto la acercó perfectamente al lado del carguero. Marineros alemanes, armados convenientemente, subieron por la escala de cuerda y tomaron posiciones a bordo de la cubierta. Erika Jung miraba a aquellos hombres altivamente y con cierto desprecio. Estaba apenas a un par de pasos del mástil donde sus dos prisioneros aún permanecían atados. Frente a ellos, los marinos chipriotas habían colocado una voluminosa caja de madera, cerrada con clavos y asegurada con varias cadenas y candados. Jones miró apesumbradamente aquella caja. Más allá del desencanto que sentía por la forma en que todo estaba por terminar, lo consumía el hecho de que aquella reliquia correría un destino desalentador, sobre el cual él no tenía en ese momento forma de influir. No tenía ni la más remota idea de que planeaban hacer sus captores con aquel fantástico tesoro. Pese a todo, sonrió amargamente al escuchar que Sallah decía quedamente:
“Tranquilo, amigo. Podría ser peor. Lo realmente bueno es que aún estemos vivos.”
Jones asintió con un movimiento de cabeza. Sallah tenía razón. Estaban vivos y eso aún les permitía una diminuta esperanza. Pese a todo, bendijo el momento en que contrató a El-Mejdki, pero sin decirle en qué consistía el cargamento que debían transportar. La negociación había sido rápida, un viejo conocido le había presentado al capitán. Un breve regateo, donde Jones debió ofrecer todo el dinero que aún portaban más una fuerte suma adicional había terminado de convencer al chipriota de llevar a tres pasajeros y una caja de madera hasta Malta… Sin hacer preguntas. Y a condición de evitar en lo posible a la Armada Alemana. Si aquellos piratas chipriotas se daban cuenta de que era lo que transportaban, ningún trato hubiera garantizado la vida de los tres una vez que se hicieran mar adentro. Al menos en eso, pensó Jones, no había fallado. Posó los cansados ojos en los soldados que tenía frente a él. No parecían darle importancia ni a él ni a Sallah. Incluso no parecían interesados en la caja que contenía la armadura. Le pareció que la atención de aquellos marinos de la Armada Alemanda estaba sobre los tripulantes chipriotas, pero especialmente sobre Erika Jung. Un capitán alemán grito:
“Achtung! Oberst Adressierung!” (¡Atención! ¡Coronel abordando!)
Los alemanes inmediatamente se pusieron en posición de firmes, pero sin descuidar la vigilancia.
Un hombre de elevada estatura apareció en la cubierta, luego de subir ágilmente la escala de cuerda desde la lancha. Se había colocado de espaldas a los demás, se quitó el quepis, acomodo cuidadosamente el cabello y se volvió a colocar la prenda sobre su cabeza. Siempre de espaldas, encendió un cigarrillo y lanzó una bocanada de humo antes de volverse hacia los tripulantes y los marinos que le aguardaban en cubierta. Un sonoro “Heil Hitler” surgió de las gargantas de los alemanes, al que aquel oficial de aspecto pulcro y porte severo contesto de igual forma. Se encaminó directamente hacia Erika, quien al reconocerlo dio un nervioso paso hacia atrás.
Paul Von Saalfeld se plantó frente a ella y habló directamente:
“Ah! Frau Jung. Ich sehe die Mission erfolgreich abgeschlossen.” (Ah! Señorita Jung. Veo que completó la misión de forma satisfactoria.)
La voz de Erika tembló levemente al responder:
“Danke Colonel. Das Objekt wurde gewonnen, wie wir erwartet haben. Ich ging zu liefern ...” (Gracias señor Coronel. El objeto fue recuperado tal y como lo esperábamos. Me dirigía a entregarlo...) – Erika no terminó la frase. El Coronel levantó la mano y con aquel gesto firme la obligó a callar. La mujer tembló cuando oyó que Von Saalfeld decía:
“Es ist eine Schande, was diese an Ludwig Krumm und nicht zu mir, als wir ursprünglich vereinbart hatten, dass” (Es una lástima que pensara en entregar esto a Ludwig Krumm y no a mi persona, como originalmente habíamos acordado).
El coronel dio unos pasos alrededor de la mujer, que se había petrificado en el lugar donde permanecía de pie. Sonreía levemente al tiempo que fumaba su cigarrillo con evidente satisfacción. Arrojó la colilla a la cubierta y la aplastó con la punta de su lustrosa bota. Soltando la última bocanada de humo, encaró a la mujer. Le tomó la barbilla con la mano y levantándole el rostro le dijo unas cuantas palabras, en tono bajo, solo para ella. Cuando hubo terminado soltó el rostro de la mujer, que había adquirido una palidez mortal y mostraba una expresión de profundo terror. Aquello contrastaba con el porte del coronel. Nada en su actitud parecía amenazante y aquel hombre se conducía con unos modales propios de un aristócrata. Se volvió hacia el capitán alemán que comandaba el grupo de abordaje, le hizo una seña y esperó a que se aproximara. Cuando estuvo cerca, se inclinó un poco y habló al oído del oficial, que sonrió brevemente antes de volverse y ordenar enérgicamente:
“Colonel will diese Frau, an Bord des Zerstörers genommen werden. Enge und des Hochverrats angeklagt.” (El coronel quiere que esta mujer sea llevada a bordo del destructor. Confinada y acusada de traición.)
Dos soldados se aproximaron a Erika y la acompañaron resueltamente hasta la escala de cuerda que conducía a la lancha. Antes de bajar, Erika se volvió hacia Jones y Sallah. Tenía el rostro demudado y temblaba levemente. Sin embargo logró sonreír tristemente y agitó la mano, al tiempo que decía con claridad:
“Auf Wiedersehen, Henry. Es war ein Vergnügen, Sie zu treffen, tut mir leid, dass die Dinge nicht wie erwartet.”( Adiós, Henry. Fue un placer conocerte, lástima que las cosas no salieron como esperaba.)
Saludo a Sallah con una breve inclinación de cabeza y empezó a descender la escala.
Sallah parecía asustado y sorprendido a partes iguales por aquello. No comprendía el alemán y por lo tanto ignoraba que había pasado. Únicamente sabía que las cosas se le habían ido de las manos a Erika Jung y que ahora estaban a merced de aquel coronel alemán, que les miraba fijamente, como si hasta ahora se diera cuenta de que ambos estaban allí, amarrados a aquel mástil.
El coronel se dirigió hacia ellos, caminando lentamente. La sonrisa había desaparecido de su rostro, que ahora mostraba una expresión de curiosidad ante aquel par de prisioneros. Examinó cuidadosamente el rostro de Sallah, sonrió con cierta amabilidad y luego volcó su atención en el otro hombre. En un impecable inglés le habló:
“Supongo que usted es Henry. ¿Inglés de casualidad?”
Indiana sonrió levemente antes de responder:
“Americano más bien.”
El coronel sonrió abiertamente antes de continuar diciendo:
“¿Y se puede saber que hacen un americano y un árabe en medio del océano en compañía de una austriaca desleal?”
“Es una historia interesante, coronel. Así que trataré de resumírsela de forma que su interés sea satisfecho.”
Indiana le expuso toda la historia, guardándose de decirle que era un mayor del Ejército de los Estados Unidos. Le contó con suficiente detalle como Erika Jung les había engañado y como habían llegado hasta ese punto. Sallah escuchaba atentamente, sorprendido de oír a Indiana contar todo aquello. Sabía del odio casi visceral que sentía su amigo por los nazis y por eso le sorprendía ver a Jones tan comunicativo con aquel alemán. Poco le tomó al cairota darse cuenta que decir buena parte de la verdad era la única oportunidad que tenían de salir con vida de aquella situación complicada. Entre tanto el coronel había encendido otro cigarrillo y escuchaba con interés el relato del profesor. Cuando Jones concluyó su historia, el alemán continuó otro rato fumando en silencio. Repitió el ritual de apagar la colilla con la punta de la bota y luego ordenó:
“Lösen!” (Desatenlos)
Tanto Jones como Sallah parecieron perplejos cuando un soldado les liberó de sus ataduras. Von Saalfeld se encaminó hacia los dos prisioneros y le dijo:
“Será mejor que me acompañen un momento.”
Sin otra opción que obedecer, tanto Jones como Sallah siguieron al coronel, quien caminó hasta el dosel tras el puente y sentándose en una silla, los invitó a hacer lo mismo.
El gesto del alemán era severo y empezó diciendo:
“Jamás pensé en tener el placer de conocer al célebre Indiana Jones, eminente profesor de Arqueología y actualmente mayor del Ejército de Estados Unidos de América” – El coronel hizo una pausa al ver que Indiana se removía nerviosamente en su silla y sonrió enigmáticamente antes de continuar hablando – “¿O acaso creyó usted qué desconozco sobre usted y su situación? Las fuentes de inteligencia alemanas son tan buenas como las aliadas, doctor Jones. Sé perfectamente quien es usted. Sé bastante de su carrera como recuperador de reliquias. Y créame cuando le digo que es famoso por sus hallazgos en el campo. Lamentablemente también es conocido por su odio hacia mi partido y por aquel particular incidente en Tanis.”
Jones se retrepo incómodamente en la silla y logró esbozar una delgada sonrisa antes de contestar:
“Debe saber usted que lo que Hitler pretendía con el Arca de la Alianza, no podía yo permitirlo de ninguna manera.”
La mirada de acero del alemán no se despegó de Jones. Sallah vio como aquel coronel encendía un nuevo cigarrillo y ordenaba a su capitán que se aproximara. El oficial se inclinó y Von Saalfeld le dijo algunas cosas al oído. El coronel continuó fumando en silencio un rato. Al momento el capitán había regresado acompañado por uno de los marineros chipriotas, que llevaba una amplia fuente con algunas viandas. El chipriota sirvió la mesa ante la cual estaban sentados aquellos tres hombres y se alejó, para volver al poco tiempo con un jarrón lleno de bebida. Von Saalfeld apagó nuevamente su cigarrillo y dijo:
“Creo que es hora de tomar un breve almuerzo. Y me gustaría que ustedes me acompañaran, caballeros.”
Tanto Jones como Sallah estaban desconcertados ante aquella actitud. Indiana se mostraba abiertamente receloso, dado que nunca había aprendido a confiar en un nazi. Y allí tenía frente a él a un alemán que personificaba exactamente al típico nazi que él había aprendido a aborrecer.
Los tres comieron en silencio un buen rato, hasta que Indiana preguntó:
“Muy bien coronel, basta de pantomimas. ¿Qué quiere usted de nosotros?”
Paul Von Saalfeld terminó de masticar el bocado que tenía en la boca, tomo un trago de la bebida y educadamente se limpió la boca con una servilleta antes de contestar:
“Su confianza, primero que nada. Luego podremos llegar a un arreglo que para usted y para mi será excelente, herr professor.”
Jones sonrió despectivamente antes de responder:
“Ja, que yo confié en un nazi es como pedirle al Sol que salga por el oeste. ¡Imposible!”
“Y no lo culpo, herr Jones, no lo culpo. Pero le pido que primero me vea como un hombre, luego como un alemán, después como un soldado y de último como un miembro del partido Nacional Socialista.” – el coronel se recostó en el respaldo de la silla, evaluando el impacto que aquellas palabras parecían haber causado en el arqueólogo. Sacó el paquete de cigarrillos, se dispuso a sacar uno y finalmente no lo encendió, dejándolo sobre la mesa, antes de continuar diciendo:
“Entiendo que los Aliados tienen una opinión muy clara acerca de nosotros. Su propaganda nos presenta como diablos que queremos la ruina de Europa, que saqueamos cada ciudad que tomamos, que ejecutamos a nuestros oponentes sin mayor miramiento, que estamos exterminando a los judíos… Y no puedo dejar de reconocer que es cierto. La culpa de todo esto, en parte, la tienen los mismos aliados que luego de la Gran Guerra nos humillaron en los acuerdos del Tratado de Versalles. De ese entonces a la fecha el orgullo alemán se ha recuperado poco a poco. Somos una nación brutal con nuestros enemigos, porque ellos nos trataron brutalmente una vez terminada la Gran Guerra. Pero también es cierto que no todos los alemanes somos así. Muchos miembros del Partido estamos contra Hitler y su cámara de oficiales. Nos damos cuenta de que esta guerra la perderá Alemania tarde o temprano. No porque los Aliados tengan mejores soldados o mejor equipo, simplemente nos superan en número. Además ni Alemania ni nadie puede sostener una guerra de tres frentes. Y la verdad es que los rusos, los británicos y ustedes nos están cercando cada vez más. La caída de la mitad de Italia es una muestra de que nos estamos debilitando día a día y que la derrota llegará en algún momento. Y sabe Dios qué no quiero que mi pueblo vuelva a ser humillado de aquella forma nuevamente. Por eso le pido que me escuche atentamente, herr Jones. Lo que hay en esa caja es un intento desesperado de Hitler por ilusionar aún más al pueblo alemán. Esa armadura no es más que un montón de piezas viejas de metal, que supuestamente pertenecieron a un guerrero mítico. La verdad no la sé y en cierto modo tampoco me importa. Lo único que me interesa es que Hitler no la llegue a tener. Así no podrá ilusionar a miles de jóvenes que le creerán sus desvaíros y morirán por él en el frente. Necesito que usted se lleve esa reliquia lejos de las manos alemanas. Que la ponga a salvo, hasta que esta guerra termine y sea el momento de llevarla a un museo, donde realmente debe estar. No a Berlín, a atizar la locura de un cabo y llevar a la muerte a miles de personas por seguir una idea descabellada. ¿Puedo confiar en usted, herr professor?”
Indiana se levantó despacio, sin apartar la mirada de aquel hombre que ahora encendía con total tranquilidad el cigarrillo que había dejado momentos atrás. Se mesó lentamente los cabellos, como si tratara de acomodar las ideas que bullían en su cerebro. Lo que aquel alemán le estaba planteando era sencillamente imposible. Miró a Sallah, quien se mostraba igualmente sorprendido y abría los ojos desmesuradamente, señal de que la duda lo consumía interiormente. Aquel árabe debía estar pensando que aquel coronel estaba loco o les estaba tendiendo una trampa.
Von Saalfeld los miraba alternativamente al tiempo que con pasmosa calma disfrutaba de su cigarrillo. Al no obtener respuesta, carraspeo ligeramente y continúo hablando:
“Sé que lo que les acabo de decir es inesperado. Pero les pido que confíen en mi.”
“¿Y cómo espera que le creamos, coronel? Entienda que para nosotros tampoco es fácil aceptar todo lo que nos dice. Hemos sido engañados varias veces estas últimas semanas.”
“Los entiendo perfectamente. Esperen aquí a que yo regrese.” – Von Saalfeld se levantó de su asiento, se aproximó al soldado que había estado montando guardia a una distancia adecuada y le dijo unas cuantas palabras. El coronel se retiró y el soldado los apuntó con su MP40. Jones volvió a sentarse y escuchó que Sallah le preguntaba:
“¿Qué clase de locura es esta, Indy?”
“No lo sé, amigo mío. De momento solo nos queda esperar.”
Media hora después el coronel regresó junto a ellos, acompañado por el capitán El-Mejdki, quien sonreía muy abiertamente. El capitán alemán gritaba órdenes y los demás soldados alemanes se aprestaban a regresar a la lancha torpedera, que había regresado de dejar a Erika en el destructor. Impasible y parado cerca de la barandilla de la borda, Von Saalfeld observaba como sus hombres regresaban a la lancha. Solo quedaban él, el capitán y un soldado. El coronel se dirigió hacia Jones. Lo tomó del brazo y lo llevó hasta el lugar donde habían estado atados. Con un gesto de la mano señaló la caja de madera que continuaba en su lugar. Una rápida mirada convenció a Indiana de que se trataba de la misma caja. Los clavos, las cadenas y los candados eran los mismos. Jones se aproximó a la caja y buscó un clavo en particular. Él personalmente lo había clavado, de una forma predeterminada y comprobó que se trataba del mismo clavo. Aquello le bastó para confirmar que la caja no había sido abierta y que por lo tanto su contenido estaba intacto. Desconcertado se volvió hacía Von Saalfeld, quien sonreía suavemente. El alemán se despidió:
“Hasta la vista, doctor Jones. Ha sido un placer conocerlo.”
El capitán alemán empezó a bajar la escalera de cuerdas y justo cuando Von Saalfeld se disponía a bajar, Indiana se adelantó y tomándolo por un brazo le preguntó:
“Perdone la pregunta, pero… ¿Qué va a pasar con Erika?”
El alemán le indicó al soldado que quedaba que bajara a la lancha y luego respondió:
“El Reich tiene un castigo para los traidores. Una caída corta y una parada muy brusca, si me entiende usted.”
Una mueca de espanto cruzó fugazmente por el rostro de Indiana y fue inmediatamente sustituida por un gesto de compasión. Levantó el rostro hacia el coronel y antes de que pudiera decir nada, el alemán le habló:
“Erika Jung es brillante, pero increíblemente codiciosa. Desde hace bastante tiempo sé que está haciendo negocios oscuros con posesiones y artículos valiosos que el Reich ha recuperado o capturado. Desde hace meses hemos interceptado sus contactos y suplantado a algunos de ellos. Uno de sus principales compradores, Ludwig Krumm, ha venido colaborando conmigo a cambio de cierta inmunidad. Fue fácil interceptar los mensajes que Jung le enviaba a Krumm sobre la armadura. Krumm la quería para su colección privada. Sin embargo, el resultado final no fue el que Jung esperaba.”
“A decir verdad, tampoco era el final que yo esperaba, coronel. Únicamente lamento lo que le espera a Jung, quien pese a todo, es una persona sobresaliente en su campo. Lástima que sea tratada como una traidora y que le espere la horca.”
El gesto de Von Saalfeld fue sombrío al responder:
“Yo mismo merezco ese final, herr professor. Solo espero que la guerra termine pronto y que la justicia aliada sea considerada con este soldado, que únicamente ha cumplido órdenes. Afortunadamente he sabido mantenerme alejado de los saqueos y más lejos aún de los campos de prisioneros.”
Jones le miró compasivamente un instante y luego le tendió la mano, diciendo:
“Viel Glück, Sir.” (Buena suerte, señor.)
El alemán pareció dudarlo una fracción de segundo antes de estrechar fuertemente aquella mano y responder:
“Viel Glück, Herr Professor.”
Y sonriendo tristemente Paul Von Saalfeld bajó hasta la lancha. Unos minutos más tarde tanto la lancha como el destructor maniobraban alejándose del carguero chipriota.
Empezaba el ocaso cuando un sonriente capitán El-Mejdki, se dirigió hacia Jones y le habló:
“Espero que todo este en paz entre nosotros. Tengo ordenes de llevarlos a donde sea que me indiquen, así como un salvoconducto que nos dará paso franco a cualquier lugar del Mediterráneo.”
Sallah encaró al chipriota y tomándolo por el cuello exclamó:
“¡Rata de cañería! ¡Debería tirarte por la borda ahora mismo!”
Jones, soltando una carcajada detuvo a su amigo, que se disponía a cumplir la amenza:
“Tranquilo Sallah. No creo que este bribón intente una nueva jugarreta.” – palmeo afectuosamente al cairota en la espalda, quien de inmediato soltó al asustado tuerto. Jones se dirigió al chipriota diciendo – “¿Qué acuerdo hiciste con el coronel?”
“Me pagó en oro por llevarlos a donde sea. ¡Cinco barras de oro, cada una de dos kilos de peso!”
Tanto Jones como Sallah se sorprendieron ante aquella confesión. Sin embargo Jones preguntó de nuevo, con renovada desconfianza:
“¿Sabes lo que hay en esa caja?”
“Si señor. El coronel me lo dijo. Un montón de piezas de metal que son únicamente valiosas para usted y el museo que se las quiera comprar, pero que jamás valdrán tanto como una sola pieza de oro como las que ahora tengo.”
Jones procuró no sonreír antes de contestar:
“Muy bien. Entonces tengo tu palabra de que nos llevaras a Malta, tal y como negociamos al principio. Y asumo que mi deuda esta saldada.”
“De acuerdo, profesor. Iremos a Malta. Llegaremos pasado mañana al mediodía, si Allah no dispone otra cosa.”
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
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4:29 AM - Jun 18, 2014 #23

Viernes 5 de noviembre de 1943. Barnett College, Fairfield, Nueva York. Al mediodía.

El decano Marcus Brody seguía los pasos del conserje hacia la recepción de la Facultad de Antropología y Arqueología. Al llegar se dio cuenta que dos hombres, con uniformes del Servicio Postal de EEUU aguardaban al lado de una gran caja de madera. Uno de los hombres le saludo cortésmente y le tendió una tableta con un recibo por la entrega de la caja. Brody firmó el documento e inmediatamente ordenó al conserje que trasladara la caja a la bodega principal. La llegada de aquel enorme envío lo desconcertaba por completo. No esperaba recibir nada para esa semana y menos una caja tan voluminosa.
El conserje y dos voluntarios trasladaron en una carretilla la caja hasta la bodega principal. Marcus pidió al conserje que removiera la tapa. Con la ayuda de una barra de hierro, el hombre removió fácilmente la tapa y dejó al descubierto el contenido de la caja. Envueltas en tela y en medio de abundante papel periódico estaban las piezas de una fabulosa armadura. El conserje encontró un sobre manila, cuidadosamente sellado y dirigido al Profesor Brody. Entregó el sobre a Marcus y se quedó a la espera de nuevas indicaciones. Brody tomó el sobre y de inmediato reconoció la caligrafía de Indiana Jones. Con una leve sonrisa, abrió el sobre del que extrajo varias hojas de papel, escritas a mano. Tomó la primera hoja y leyó uno de los primeros párrafos de la carta que contenía. La expresión de sorpresa que cubrió el rostro del viejo profesor no pasó inadvertida para el conserje, quien preguntó:
“¿Necesita mi ayuda con el contenido, profesor Brody?”
Marcus se tomó un par de segundos antes de responder, totalmente distraído en la lectura de la carta:
“Ah… No… No lo creo Charlie. Yo me haré cargo de aquí en adelante. Puedes retirarte. Este… Muchísimas gracias por tu ayuda, Charlie.”
Charlie se encogió de hombros, inclinó la cabeza en gesto de despedida y encendiendo un cigarrillo salió de la bodega, cerrando la puerta tras el.
Brody contempló al hombre al salir y nerviosamente volvió a empezar la lectura de aquella carta.

“Estimado Marcus.

He tenido la inmensa fortuna de dar con esta reliquia. La armadura que ves ahora, es la mítica armadura de Aquiles. En las próximas hojas te contaré detalladamente cómo esta reliquia terminó en mi poder. En esta primera hoja quiero hacerte una advertencia sobre esta armadura: Hitler está tras ella.
No tienes idea de todo lo que pasé para apoderarme de ella. Y ahora que la tengo, te la confío por completo. Ocúltala como mejor puedas, hasta que tengamos plena certeza de que los nazis han desistido de su búsqueda. Dejar esta armadura aquí en Europa es muchísimo más peligroso. Por eso he pensado que lo más seguro es enviártela para que la custodies. Sé que te estoy poniendo en un riesgo a ti y a la Universidad, pero la verdad no veo otra salida. Aunque hice un trato con un caballero alemán, he pensado que lo mejor es no correr riesgos y tener esta reliquia fuera del alcance de Hitler. Apelo a tu experiencia como Curador del Museo Nacional, convencido que sabrás poner a buen resguardo esta fantástica adquisición. Discutiremos mis honorarios cuando regrese a América.
Saludos desde Lisboa.

Indiana Jones.”

Marcus sonrió nerviosamente al terminar la primera hoja. Se sentó tras el escritorio que había en un rincón y empezó a leer cuidadosamente el relato que su amigo le hacía sobre el hallazgo de la fabulosa armadura. Varios minutos más tarde, se dirigió a la caja y desenvolvió una de las piezas. Resultó ser el casco. Embelesado contemplo aquella pieza de la armadura y casi con reverencia examinó cada uno de los complicados grabados que ornaban aquel casco. Una a una fue sacando las demás piezas y cada pieza lo sorprendía aún más que la anterior. Finalmente sacó el escudo. La emoción que sentía fue tanta que una lágrima corrió tímidamente por su cara. Brody volvió a centrar su atención en el casco. Durante unos momentos le dio varias vueltas en las manos, volviendo a admirar el hermoso grabado. Lentamente y al borde de un éxtasis, se puso el mítico casco. Hasta ese momento su cerebro buscaba afanosamente un método para cumplir la petición de Indiana: esconder la armadura. Coincidió el momento de ponerse el casco con el nacimiento de una idea. Una amplia sonrisa iluminó el rostro del viejo profesor al tiempo que decía para si mismo:
“Ya sé donde esconderla. Estoy seguro que estarás de acuerdo conmigo, Indy.”



Martes, 17 de junio de 2014. Museo Metropolitano de Nueva York. Horas de la mañana.

Una mujer de unos cuarenta años, acompañada por un jovencito de casi quince años, caminaba con paso seguro hacia el imponente salón donde empezaba la exposición de arte griego y romano del Museo. Estudiantes y turistas, de muchas partes del mundo, se arremolinaban en la estancia, siguiendo a sus respectivos guías, quienes en diversos idiomas daban explicaciones a sus respectivos grupos.
Pero la mujer y el muchacho no prestaban mayor atención al resto de la exposición. Su interés estaba fijo en una pieza en particular. Casi con reverencia, la mujer guió al muchacho hasta una imponente urna de vidrio, dentro de la cual, una estatua estaba recubierta con una fastuosa armadura de bronce. La estatua mostraba una actitud vigilante y a un lado, apoyado en una columnata, estaba un enorme escudo, igualmente ornamentado. Las piezas habían sido cuidadosamente pulidas y brillaban agradablemente bajo la adecuada luz de una serie de bombillas halógenas. El chico miraba con verdadero asombro aquella antiquísima armadura y dirigió a la mujer unas pocas palabras:
“¿Estás segura de que es esta, mamá?”
La sonrisa iluminó el rostro de la mujer, quien tomó de la mano al chico y lo guió hasta un pedestal, donde una gastada placa de metal declaraba:
“Armadura griega. Periodo arcaico.
Por lo ornamentada y su fina fabricación, se cree que perteneció a algún general o caudillo griego. Destaca el escudo, que muestra claros signos de haber sido usado en combate múltiples veces. Data aproximadamente entre los años 1300 a.C. a 1100 a.C. Fue encontrada en Palestina, a mediados de la década de 1940. Permaneció como parte de la colección griega del Barnett College, hasta 1993, cuando fue traspasada a este Museo. Su descubridor fue un profesor del Barnett College de nombre Henry Walton Jones, conocido popularmente como Indiana Jones.”

El chico sonrió abiertamente y volviéndose hacia su madre preguntó:
“¿Entonces es verdad que el…?”
“Si Henry. El fue tu bisabuelo. Y pocas personas saben que realmente esta es la armadura de Aquiles.” – dijo guiñándole un ojo.
“¿Y eso porqué, mamá?” – el chico pregunto en voz queda.
“Realmente no lo sé. Digamos que es un secreto de la familia. Mi abuelo dio órdenes de mantenerla oculta.” – La mujer pareció perpleja durante un par de segundo antes de continuar hablando – “Y hasta la fecha sigue siendo así.”
“Pero la armadura aquí está a la vista de todo el mundo. ¿Es extraño verdad?”
“Si, bastante extraño. Mi padre tampoco supo darme una explicación cuando le pregunté. Pero es curioso, aquí a la vista de todo el mundo desde hace décadas y nadie se ha dado cuenta que Indiana Jones encontró la Armadura de Aquiles.”
El chico dejó escapar una risita antes de decir:
“Escondida a plena vista. Que paradójico, mamá. ¿De verdad fue idea de mi bisabuelo?“
“Realmente el encontró la armadura. Lo de ‘esconderla’ de esta forma parece que fue idea de un amigo, a petición de mi abuelo.”
“Un amigo realmente listo entonces.”
“Eso parece. ¿Quieres comer algo?”
“No aún. Ya que estamos aquí… ¿Podemos ir a ver la exposición egipcia?”
La mujer acarició levemente el pelo del muchacho antes de contestar:
“Te gusta eso, ¿verdad?” – El chico asintió y la mujer siguió diciendo – “El antiguo Egipto era el tema favorito de tu bisabuelo. Tal vez tengamos a otro arqueólogo en la familia.”
El chico dejo escapar una carcajada y respondió:
“Parece que me viene de familia. Henry ‘Indiana’ Woods.”


FIN.

:ij Ya era hora
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Dargas
Primer Teniente
Dargas
Primer Teniente
Joined: 7:59 PM - Dec 11, 2006

10:55 PM - Jun 18, 2014 #24

Genial!!!

Ya puedo Editarlo en un solo archivo y leermelo completo!

Gracias Javi de verdad!


Luego te paso feedback.
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Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Lord Tyranus
Sargento de Tercera
Joined: 6:05 PM - Dec 28, 2006

12:57 AM - Jul 08, 2014 #25

Como quieras manillo.
Un feedback tuyo nunca está de más.
Gracias por las buenas vibras y el interes mostrado.
Y principalmente por la paciencia para esperar cada entrega. :thumb
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